#Cultura JULIO CORTÁZAR, de la tierra al cielo

    Antonella Liborio

    Antonella Liborio

    Escritora que, al igual que Cortázar, asume el mundo como algo que necesariamente debe ser roto por una pelota o por un beso. Colaboradora sección Cultura y Lado Nerd.
    Antonella Liborio

    El 26 de agosto de 1914 nacía accidentalmente en Bruselas un joven que revolucionaría la historia de la literatura latinoamericana y mundial, un hombre que dedicó su vida a la escritura y a hacer del universo que habitamos un lugar mejor. Falleció el 12 de febrero de 1984 en París y hoy, 34 años después, celebramos su mera existencia porque, aunque vivió 70 años, su obra y su legado son eternos. Una vez más, recordamos con inmenso cariño al gran maestro Julio Florencio Cortázar.

    Revolucionario, pasional y transgresor, el escritor de Bestiario, Final de juego, Los premios y Rayuela, entre otras, se hace presente en cada una de las acciones que emprendemos en nuestra vida cotidiana. Y fue quizá el escritor que más luchó por conectar en una simbiosis brillante la realidad y la fantasía por medio de la literatura.

    Pero no sólo conmemoramos un nuevo aniversario de su fallecimiento sino que también recordamos una de sus grandes obras: 62/ modelo para armar. La novela que se publicó por primera vez en Argentina en 1968 cumple 50 años y constituye un magnífico ejemplo de literatura lúdica y madura. Se trata de un texto que invita al juego y es considerada la obra más experimental del autor debido a la ruptura que plantea con respecto a la tradición literaria. El libro nace, en una primera instancia, a partir del capítulo 62 de Rayuela, en el que aquel personaje intelectual llamado Morelli habla acerca de una novela futura.

     

    “Si escribiera ese libro todo sería como una inquietud, un desasosiego, un desarraigo continuo, un territorio donde la causalidad psicológica cedería desconcertada.”

    De este modo, 34 años después del fallecimiento de Julio y 50 años después de la publicación de 62/ modelo para armar, inmortalizamos la figura del escritor argentino que sin lugar a dudas marcó un antes y un después en la historia de la palabra universal.

    PUNTO DE PARTIDA: LA TIERRA

    A los ocho años un médico le sugirió a la mamá de Cortázar que le prohibiera los libros durante cuatro meses, cosa que resultó finalmente imposible. El pequeño Julio corría por su reino, aquel jardín trasero de la casa de Banfield, y a su corta edad, leía y escribía demasiado. En la escuela se destacó como un alumno brillante y sus amigos solían definirlo como el mejor compañero de la clase.

    Luego hizo el Profesorado de Letras en la Escuela Normal Mariano Acosta y ejerció la docencia en el interior de la Provincia de Buenos Aires, en Boedo y Chivilcoy. A pesar de haber nacido en medio del pleno estallido de la Primera Guerra Mundial, el compromiso político de Cortázar arroja la imagen de un hombre absolutamente pacifista y solidario. Colaboró con la defensa de los derechos humanos en distintas partes del mundo y denunció con firmeza los crímenes de la dictadura militar argentina de 1976.

    En el transcurso de su vida amó profundamente a las mujeres y repudió cualquier tipo de machismo y violencia contra el género femenino. Adoraba a los gatos y era fanático de las historias de vampiros, del boxeo y de la música jazz. Desde pequeño supo que su visión de la vida cotidiana y de lo fantástico era distinta a la de los demás. Sin embargo, no se conformó con ver un poco más allá sino que arrojó la piedrita sobre la rayuela de tiza e intentó compartir con sus lectores ese otro lado de las cosas que sólo el arte es capaz de visibilizar.

    PUNTO DE LLEGADA: EL CIELO

    Cortázar buscó traducir su propio sentimiento de la existencia al lenguaje poético y en libros como Rayuela instauró una especie de democracia que rompió con las tradiciones literarias preexistentes. En principio, les brindó a los lectores diferentes opciones. Aquellos que transitan las páginas de la novela pueden elegir distintos modos de abordar la historia sin necesidad de atenerse a la linealidad narrativa clásica. Así, los lectores abandonamos la actitud pasiva para entrar en el ámbito de la acción, muchas veces revolucionario y siempre fundamental. Y en este sentido, el padre de los cronopios puso de manifiesto a través de la ficción, a través de la novela, una profunda necesidad de libertad. Y no es casual que los principales lectores de Rayuela hayan sido y probablemente sigan siendo los jóvenes. Julio Cortázar peleó por construir un lugar más justo y deseó con todas sus fuerzas abrir las puertas de ese cielo para él y fundamentalmente, para otros.

    Mirando a través de una ventana, en alguna parte de Ciudad de México, Gabriel García Márquez dijo que era el hombre el más alto que se podía imaginar. Sentado en algún café cercano, Carlos Fuentes aseguró que aquel muchacho le dio sentido a la modernidad, haciéndola crítica e inclusiva, jamás satisfecha o exclusiva. Desde suelo peruano, Mario Vargas Llosa afirmo haberlo visto detectar lo insólito en lo sólito, lo absurdo en lo lógico, la excepción en la regla y lo prodigioso en lo banal y agregó que nadie dignificó tan literariamente lo previsible, lo convencional y lo pedestre de la vida humana como él lo hizo. En algún sitio de Buenos Aires, Alejandra Pizarnik encendió un cigarrillo y escribió la carta que enviaría a una amiga: no dejes de decirle que el mero hecho de que él, Julio, exista en este mundo, es una razón para no tirarse por la ventana. Todos ellos, grandes escritores y amigos, y nosotros, fieles lectores, acariciamos a Julio Cortázar en un nuevo aniversario y agradecemos por tanto al eterno maestro.

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