#Cultura El mundo según Lucrecia Martel: ese lugar que nos atrapa

    Leandro Ojeda

    Leandro Ojeda

    Redactor at Corriendo La Voz
    21 años. Estudiante de comunicación social. Casi cinefilo. Fanático de Boca Juniors y de "el loco" Bielsa. Muerdo las pastillas que no se muerden y trago casi sin masticar los caramelos masticables.
    Leandro Ojeda

    Dos familias que tienen un pasado en común, ven unidos sus recorridos por un suceso en particular. Una mujer que maneja su auto y cree atropellar a alguien se escapa. Dos chicas adolescentes entrecruzan sus experiencias sexuales y religiosas.

    Ninguna de estas historias es en sí misma sorprendente o sobrenatural, ninguna roza lo maravilloso, ninguna está cargada de acción. Quizás todas tengan en común la característica de que pueden pasarle a cualquiera pero, sobretodo, que cada una de ellas formaron y forman parte de la filmografía de la directora argentina Lucrecia Martel.

    Desde el año 2001, con el estreno de su opera prima La ciénaga, la cineasta salteña se abrió camino en la ola del denominado: “nuevo cine argentino”. La crisis impulsó a que los paradigmas a la hora de hacer cine en nuestro país cambiaran. Fue allí, en medio de ese impulso que se catapultó al mundo de la gran pantalla a directores como Adrián Caetano, Pablo Trapero y Damian Szifron y a la mismísima Martel.

    Foto Diario Los Andes

    A lo largo del tiempo y como si no hubiera hecho falta recursos, la industria ofrecía una virtud. Lucrecia le entregó al mundo su impecable y pulida muñeca para retratar con crudeza la realidad del día a día. Pero decir crudeza no implica sangre, ni golpes, y en muchos casos ni siquiera violencia. Implica la desesperante sensación de que la rutina y el entorno en el que se mueven los personajes, no podrá romperse a pesar de nada ni nadie.

    Sus primeras tres películas se lanzaron en un periodo de siete años y están unidas por una forma única de vincular a los protagonistas con su entorno. Las problemáticas son en muchos casos muy generales y bastante comunes, pero puestas en el correr de la trama hacen que los espectadores puedan hundirse y bucear en la cabeza de los personajes, puedan sufrir con ellos, puedan disfrutar, puedan creer o descreer de una realidad que sabe y siente que puede ser suya.

    Los celos, la fe, la envidia, el despertar sexual, la culpa, la justicia divina; apenas una lista de temáticas que atraviesan las películas y mutan con el transcurrir del tiempo. Todas ellas atadas y vinculadas constantemente a un personaje, el mejor desarrollado por esta directora: El territorio. Es que, los lugares en donde suceden las tramas condicionan de forma directa o indirecta el andar de cada reacción y comportamiento, de cada causa con su consecuencia (si es que la tiene).

    Puede costar, puede parecer difícil imaginar que una ciudad o un pueblo hable a través de imágenes, a través de acciones o a través de comportamientos de quienes lo habitan, pero hay cosas que simplemente no pueden explicarse y Lucrecia Martel genera eso, cada película habla, es como si cada una quisiera decir algo y tuviera la boca tapada, entonces se las ingenia para contarnos las cosas de otra manera, para mostrarnos que hay más allá de lo que escuchamos, mas allá de lo que se habla y más allá de lo explícito.

    Martel y el mundo cinematogáfico machista

    El cine es en sí mismo es un arte que no solo retrata fragmentos de la realidad sino que, además, se desprende de ella, y por consecuencia es un apéndice de la cultura, de la forma de pensar y de la forma de organizar la sociedad. Por formar parte de esa sociedad, y por desgracia de lo incuestionable el cine se configuró y se configura mayormente en un mundo de hombres, en donde los grandes reconocimientos y los mayores laureles van para los hombres. En este mundo, Lucrecia Martel forjó sus primeros pasos, apareció y se mantuvo, retrato con crudeza lo que tantos “machos” quisieron hacer y no pudieron, mostró la realidad en la que se crió y la que veía día a día, invitó con el ejemplo a que las directoras dejaran de ocupar el lugar de contadas excepciones y disputen día a día y película a película, las posibilidades de triunfar en una industria tan pequeña y cerrada.

    Martel hace películas que invitan a pensar, crea tramas en las que no pasa nada pero pasa de todo, abunda en realidades que son tan comunes y cotidianas, que terminamos ignorando. Traza una línea entre realidad y ficción que es casi imperceptible. Se aleja con cada segundo de cinta que transcurre de los estereotipos de cine vertiginoso, mientras se hunde cada vez más en la desesperante realidad de saber que, a pesar de todo, el tiempo seguirá transcurriendo.

    La vuelta a la gran pantalla: Zama

    Hoy en día, la industria cinematográfica argentina se encuentra ampliamente más desarrollada que cuando Lucrecia empezó a dirigir, todo el tiempo aparecen películas y cada vez hay más opciones en cartelera. Como toda industria que se agranda, por alguna parte empieza a perder la esencia, pero como un soplo del destino, en 2017 y después de diez años sin dirigir, Martel volvió a la gran pantalla. Esta vez con Zama, una adaptación de la novela de Antonio Di Benedetto,  en la cual se retrata la larga espera de un funcionario de la corona española que se encuentra en América durante el virreinato y desea ser trasladado.

    El filme recibió premios en los festivales de Tokyo, Sevilla y La habana, además de estar nominado en Toronto, Venecia y formar parte de la preselección del premio Oscar a mejor película extranjera.

    Para Lucrecia Martel, el tiempo parece no haber pasado, parece mantenerse intacta y atrapada en el tiempo, con su muñeca impoluta para retratar la realidad, como si fuera parte de una de sus películas y pudiera hacer de este cine, que de a ratos parece perderse en lo distante de las historias, algo tan suyo, tan nuestro.

     

     

     Filmografía

    2001- La ciénaga

    2004- La niña santa

    2008- La mujer sin cabeza

    2017- Zama

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