Horacio Quiroga: 100 años de los “Cuentos de amor de locura y de muerte”

    Antonella Liborio

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    Escritora que, al igual que Cortázar, asume el mundo como algo que necesariamente debe ser roto por una pelota o por un beso. Colaboradora sección Cultura y Lado Nerd.
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    “Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo el corazón”. Estas palabras publicadas bajo el título “Decálogo del perfecto cuentista”, reflejan a la perfección el espíritu pasional del hombre que las pronunció. Con el torso descubierto y luciendo casi desde siempre una barba tupida y puntiaguda, Horacio Quiroga decidió radicarse en la provincia de Misiones en 1909, a los 32 años de edad. Probablemente, desde el preciso momento en que llegó a este mundo, un 31 de diciembre de 1878, Quiroga supo que había nacido para habitar la selva. En medio del monte misionero, él mismo construyó la casa que le proporcionaría el ambiente soñado para abocarse de lleno a una de sus más grandes pasiones: la literatura.

    Rodeado de vegetación espesa y de animales salvajes, escribía cuentos y los enviaba a Buenos Aires para que salieran en revistas semanales como Caras y Caretas o La novela semanal. En 1917, se publica Cuentos de amor de locura y de muerte, una recopilación de los trabajos aparecidos en diversas revistas a lo largo de la década. Los 11 relatos que conforman el libro atraviesan temáticas que van desde el amor más profundo hasta el horror menos imaginado. Y a fin de cuentas, un siglo después de su primera publicación, esos textos nos siguen interpelando como lectores y también como seres humanos.

    En Cuentos de amor de locura y de muerte, Quiroga desplegó dos modalidades narrativas que lo consagraron como uno de los escritores más importantes del Río de la Plata. Por un lado escribió cuentos como “La meningitis y su sombra” o “A la deriva” donde los hechos se presentan sucesivamente y de manera objetiva. En estos casos, aunque el lector posiblemente anticipe el final, la calidad de la narración sumerge a quienes recorren las líneas en un mundo extraño y cautivador. Por otro lado, el autor creó historias que se caracterizan fundamentalmente por su final impactante. El devenir de las palabras genera cada vez más expectativas y sensaciones de incertidumbre en el lector hasta que emerge de las tinieblas un elemento siniestro que sorprende por lo inesperado.

    “La gallina degollada” y el efecto impacto de Quiroga

    A la luz del movimiento literario conocido como Modernismo y bajo la influencia de Edgar Allan Poe, Horacio Quiroga escribió “La gallina degollada”, un cuento que hace honor al título del libro porque sin duda desborda de amor, de locura y de muerte.

    Un hombre y una mujer recientemente casados deseaban tener un hijo con toda su fuerza. Finalmente el pequeño llegó y el matrimonio creyó haber alcanzado la pura felicidad, sin embargo, al poco tiempo, el niño manifestó los síntomas de una enfermedad irremediable: la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.

    A pesar del infortunio, los enamorados decidieron emprender la búsqueda de otro hijo sin imaginar que la desgracia aún estaba muy lejos de terminar. El segundo pequeño no tardó en evidenciar el idiotismo de su hermano y exactamente lo mismo ocurrió con los mellizos que siguieron. Las culpas y remordimientos pasaron a formar parte de la vida cotidiana de la familia, mientras los cuatro niños permanecían sentados en el jardín cada vez más perdidos, cada vez más muertos y menos atendidos. Un tiempo más tarde, producto de una reconciliación, nació por fin una niña y, para sorpresa del matrimonio, creció al goce de una salud imperturbable. Como consecuencia, sólo dos sentimientos emanaron de los padres: un amor sin límites hacia la pequeña sana y un resentimiento sin vuelta atrás hacia las cuatro pobres criaturas idiotas.

    En este relato, Quiroga, hace énfasis en el constante clima de desprecio y humillación en que se desenvuelven las relaciones familiares. Los personajes que conforman el matrimonio se desviven por quedar exentos de culpa y engendran un sentimiento de odio hacia los cuatro hijos enfermos que conduce a un desenlace lógico, pero al mismo tiempo absolutamente impactante. Los idiotas, que tenían prohibido pasear por otro lugar que no sea el jardín, entran a la cocina y ven a la sirvienta degollando una gallina para el almuerzo. Después de comer, el matrimonio salió a saludar a una vecina y los cuatro chicos quedaron solos, sentados en el mismo banco de siempre, contemplando un cerco. Pero de repente se presentó ante sus ojos la figura de su hermana y entonces: la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana, mientras una creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Minutos después, los hermanos degollaron salvajemente a la niña, tal como hacía un momento la sirvienta lo había hecho con la gallina.

    En “La gallina degollada”, Horacio Quiroga incomoda al lector con un final sumamente cruel pero quizá inevitable: tarde o temprano todo el odio desplegado sobre los hijos enfermos estallaría en una acción concreta. El relato pone en evidencia la capacidad narrativa de un escritor al que jamás le tembló el pulso a la hora de contar historias siniestras y perturbadoras. Quiroga afirmó una vez que cuando escribía sentía que estaba en la piel de uno de los personajes y, tal vez, por eso el final de su vida real se caracterizó por la presencia del elemento trágico fundamental en sus textos: el autor murió en Buenos Aires el 19 de febrero de 1937 tras beber intencionalmente un vaso de cianuro.

    A fin de cuentas, dicen que el arte es la confesión de que la vida no basta y en sus relatos Quiroga demostró que a través de la literatura el ser humano puede otorgarle otro sentido a los problemas de la vida cotidiana. Apelando a la ficción y a narraciones atrapantes, el escritor supo convertir sus tragedias personales en cuentos extraordinarios y puso en evidencia muchos de los dramas que marcaron las décadas de 1910 y 1920. Quizá por eso, cien años después y frente al retorno de los tiempos difíciles, los Cuentos de amor de locura y de muerte se vuelvan cada vez más, una lectura obligada.

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