#Mafalda La chiquita que sabía salir del papel

    Cecilia Chiaramello

    Cecilia Chiaramello

    Comunicadora Social. 25 años. Mi abuela me dijo que no estudie periodismo. No la escuche.
    Hablo sin S porque soy de Santa Fe. Escribo, leo, miro series y tomo tereré porque sino me aburro. No sé esperar los segundos entre capítulos de Netflix. Soy fan de la gente y me río con ruido.
    Cecilia Chiaramello

    Cuando Joaquín inventó a la nena, el mundo ignoraba que ella y él serían leyenda.

    Joaquín Salvador Lavado Tejón dejó de existir el día que Mafalda se escapó de su lápiz.  La nena lo trascendió y lo elevó, lo borró y lo grabó a fuego. Mafalda tiene vida propia más allá de Quino, y él es el papá de Mafalda más allá de lo que haga. Quizás por su vigencia no podemos pensarla en pasado, Mafalda es verbo; todos los tiempos verbales. Hoy, ayer y mañana. Siempre.

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    Quino dibujó el diablo y el ángel de las cabezas de la clase media intelectual argentina en el cuerpo de una niña.  Ella, espejo de esas contradicciones, una enana con la altura ideológica de un gigante, fue reina del doble sentido, princesa de la implicatura, emperatriz del decir no diciendo y del diciendo sin decir. Mafalda fue la apelación permanente, el hartazgo y la lupa examinadora detrás de las grietas de la familia tipo.

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    Mafalda, el personaje, fue pensado para vender electrodomésticos Mansfield de la firma Siam Di Tella (¡qué ironía!) La publicidad nunca funcionó, porque el destino suele ser caprichoso y siempre el azar es la mejor de las suertes. Mafalda, la historieta ícono de la literatura argentina, se publicó de 1964 a 1973 en Primera Plana, en El Mundo y en Siete Días Ilustrados. Sólo 9 años bastaron para edificar y legitimar su permanencia. Así desde hace más de 50 grita con la actualidad de los clásicos: invencibles, eternos, frescos y demoledores.

    ¿Pero… por qué experimentamos esa sensación de realidad al leer esta historieta? ¿Qué tiene este personaje de ficción que sigue interpelándonos?

    mafalda 1El nombre Mafalda es una variante portuguesa de Matilde y deriva del germánico magan-fridguerrera fuerte o la que tiene poder en la batalla. Cualquier coincidencia con la realidad, no es pura coincidencia.

    Esta guerrera sí que supo, literalmente, trascender la tinta y convertirse en un fenómeno social y político. Rompecabezas  de la condición humana, Quino puso en boca de Mafalda interrogantes y sentencias sobre el amor, el odio, los deseos, la injusticia, la verdad, el futuro y  el miedo. La lista podría seguir: el dinero, las frustraciones, la patria, la infancia, la memoria, la familia, la política, la paz. Precisamente eso sucede con la esencia de los clásicos, logran  trascender su época por la vigencia de los temas que abordan. Puede cambiar el contexto de publicación y el de lectura, pero no la condición humana; tenemos el mismo temor desde que el mundo es mundo, y desde que Quino pensó a Mafalda: reconocer nuestra finitud.  

    Tan argentina, tan porteña, tan de San Telmo y a la vez tan internacional, Mafalda fue un verdadero suceso en México, y en países latinoamericanos donde la etiqueta tercermundista categorizaba los temas y las discusiones. Incluso en la España franquista Mafalda intentó burlar la estreches mental de los censores pues el doble sentido nunca fue el arma fuerte de los autoritarios. En Italia, gracias a un memorable prólogo de Umberto Eco, Mafalda fue una estrella de rock.

    Mafalda como experiencia de lectura

    Más allá de las implicancias culturales, de la apropiación  social y política que todos los sectores hicieron de Mafalda, en esta nota proponemos revisitarla y recordar quiénes éramos cuándo la leíamos. ¿Qué soñábamos? ¿Qué queríamos ser? ¿A que olía la felicidad en ese entonces?

    Cuatro mujeres: Ana Prieto, Hinde Pomeraniec, Sol Lauría y Susana Cardozo nos cuentan que hizo Mafalda con ellas, y que hicieron ellas con Mafalda.

    Ana recortaba Mafaldas

    Ana Prieto es periodista freelance. Entre muchos otros trabajos, escribe en revista Ñ y es consultora de la sección en español de IJNet, la Red de Periodistas Internacionales. También  vivió y estudió en muchos lugares. Escribió en muchos lugares más. Y de chica pintaba Mafaldas.

    “Mi primer recuerdo de Mafalda es pintar Mafaldas. Todavía no sabía leer, y mi hermana mayor tenía una hilera de esos libritos a blanco y negro que, intuía, no eran libros para colorear. Pero me inquietaba que a veces los personajes no tuvieran boca. Cuando mi hermana estaba en el colegio, me escabullía en su cuarto, tomaba algún volumen, y trazaba curvas cóncavas o convexas con una fibra negra en los rostros de esos niños, dependiendo de si me parecía, por puro capricho, que quedaba mejor una sonrisa o una tristeza. No recuerdo durante cuánto tiempo me dediqué a esa actividad secreta, pero sí recuerdo el día en que mi hermana armó una pelotera familiar porque le había arruinado las Mafaldas.”

    Ana tiene un don

    mafalda 4“Mi segundo recuerdo de Mafalda es mi papá volviendo de un viaje (entonces no vivíamos en Argentina), con un regalo para mí sola: una cajita preciosa con doce ejemplares de Mafalda dentro. Ya sabía leer. No los volví a pintar. Había muchos chistes que no entendía, y muchos otros que sí. Los leía como desbocada, todas las noches antes de dormir y todas las tardes, cuando me aburría. Esos fueron los tiempos en que, sin quererlo, memoricé Mafaldas. Treinta años después, si me decís una viñeta, soy capaz de decirte cómo sigue y cómo termina. No suelo equivocarme.

    Ahora mismo, sin espiar, puedo recitar a Felipe yendo a un examen: “Las monocotiledóneas tienen hojas no pecioladas y sus pétalos y estambres están dispuestos en grupos de dos”. O puedo visualizar a Susanita preguntándole al papá de Mafalda: “¿Arregla el tomacorriente, señor?” Y al padre respondiendo que no, que está llenándolo de azúcar para que se acerquen las hormigas y “Fzzz”, se electrocuten. En fin, el repertorio es infinito.”

    Ana y la magia

    “Pasados los 25 me regalaron el Todo Mafalda; ese librazo que debe pesar más de tres kilos y que incluye entrevistas con Quino y la Mafalda inédita. Empecé de cero. Entendí los chistes que no había entendido en mi infancia y que casi nunca eran realmente graciosos: los de la guerra de Vietnam, el de los “simpáticos inoperantes” de la ONU, el de Manolito yendo a pedirle dinero al presidente del Bank of America. El repertorio sigue siendo infinito. Cada vez que vuelvo a tomar Mafalda, descubro una sutileza que se me escapó, algo nuevo que estalla y me hace reír o me conmueve o me hunde en la desolación, pero que siempre me pone ante la certeza de que Quino creó un clásico. Y no porque sea así de popular, ni porque 50 años después todavía tenga vigencia, sino porque su obra vuelve a escribirse e ilustrarse con cada lectura; porque no se termina nunca. Esa es la magia inexplicable de los clásicos.”

    Mafalda, Hinde y las marcas indelebles

    Hinde es periodista, editora, y autora. Escribe en el diario La Nación, trabaja en la radio Once Diez, y los sábados en el noticiero internacional de la TV Pública. Además es una gran lectora.

    “Crecí con Mafalda y su mirada amarga sobre un mundo que se nos venía encima. Pertenezco a una generación de mujeres que se propuso vivir con la cabeza de Mafalda, pero que seguía siendo tironeada por la Susanita tradicional, por lo que los prejuicios y las ganas de tener una familia se peleaban duro con la promesa intelectual de llevarnos todo por delante.”

    “Pero Mafalda era también Felipe y sus dudas existenciales, que eran también las nuestras. Libertad era nuestras ganas de liberarnos de cualquier opresión y Guille, la pregunta perpetua. Y así también con Manolito (siempre había un Manolito en el grado por entonces) y con los papás de Mafalda y sus tribulaciones de clase media frustrada. Como pocas creaciones, el universo creado por Quino refleja el espíritu social y cultural de mi infancia y es una marca indeleble en nuestra educación sentimental e intelectual.”

    Mafalda y las cosas que no cambian

    15055855_1163139047102688_8374090171460760909_nSol es periodista.  Entre otros trabajos, mostró sus destrezas en el diario El Litoral, en La Estrella de Panamá, y en Connectas/ ICFJ, la Iniciativa para el Periodismo de Investigación en las Américas. Participó (y la rompió) rastreando datos y millones en el caso Panamá Papers.  Además es santafesina y en Santa Fe a la siesta hace mucho calor (no importa cuando leas esto)

    “Cada vez que recuerdo aquellas siestas calurosas de mis 8 o 9 o 10 acompañada con Mafalda, pienso: qué suerte. Pienso pucha, qué privilegio contar con una amiga así a esa edad. Una que nos contagió esas banderas que, como ella, no envejecen: los Beatles, la paz, los derechos humanos y la democracia. Reflexiva, respondona y amiguera con fe en su generación, la niña que se medía con los adultos inundó de aprendizajes nuestras infancias: la injusticia está mal siempre, la televisión te vende como felicidad un juguetito que dura dos días, nadie debería ser obligado a comer lo que no quiere, como la sopa. También: no importan cuán distintos sean tus amigos de vos, importa ese barrio que los une. Aunque sean unos capitalistas de aldea o fundamentalistas casamenteras, lo que importa es el barrio y el mundo y no hacerse mayor para no entrar en ese lugar corrupto y vicioso de los adultos.”

    Sol, la amiga de Mafalda

    “Quino logró lo que cualquiera que escribe o crea quiere: que su creación se convierta en vivencia, que su personaje sea real, se vuelva vivencia. ¿Quién no se creía amigo de Mafalda? ¿Quién no habla hoy de ella como si fuera alguien y la misma, más de 50 años después? Por eso, Mafalda sigue siendo esa amiga. Una que puso a pensar a la nena que fui y desafía a la mujer que soy hoy, cuando vuelve para recordarnos qué queríamos, qué soñamos y qué pensamos hacer o qué estamos haciendo para lograr que el mundo que queremos llegue antes.”

    Susana y la súper mujer

    Autora de éxitos televisivos como Tratame bien, Familia en venta, Mentes en shock, Lalola, Media Falta, el inolvidable unitario Locas de Amor, La Leona y Hospital Público entre muchos otros, Susana también se encontró con Mafalda en la infancia.

    “Leí Mafalda de chica. La amaba. Mafalda era el aspiracional… aprendía a pensar con sus dichos y sobre todo a ver todos los temas de otro punto de vista. Todos los personajes de Mafalda te ayudaban a entender los diferentes puntos de vista de otras personas. Mafalda era mi superwoman.”

    “Y lo más loco es que sigue siendo tan actual. En todos los tiempos y todos los mundos posibles… Mafalda es una mujer que se escucha a sí misma y reparte su voz, y pensamiento para el mundo.”

    Susana no quería ser Susanita

    “Detestaba que  Susanita se llamara como yo, no me representaba. Yo siempre fui Mafalda. Siempre fantaseo con Mafalda hoy… ¿cómo sería?

    Veo chicas jóvenes muy Mafaldas. Pero sobre todo mis hijas adolescentes… Tienen una cabeza muy abierta… con posturas muy propias pero súper relajadas … como Mafalda. Ellas no luchan para defender sus ideas. Las dicen y lo viven con mucha potencia… pero sin tensión. Son muy naturales con la vida.”

    Al igual que Susana, también nos preguntamos cómo sería Mafalda hoy. ¿Qué diría de Siria, de los refugiados a mitad de camino en el Mediterráneo? ¿Qué pensaría de la corrupción, de la juventud, del consumismo, de la tecnología? Nosotros también la corporizamos tanto, que olvidamos que es un personaje de historieta.  Nosotros también la hacemos salir del recuadro. Porque nunca estuvo allí enfrascada, porque siempre fue una nena en 3D ¿Será por eso que la queremos tanto?

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    Mafalda continúa representando el barrio y sus estereotipos, la escuela, la vereda, el almacén, la radio, la plaza, las vacaciones en familia, y la certeza de saber que los Beatles era todo lo que estaba bien en esta vida. Encierra en sus hojas la nostalgia por esa niñez tierna, preguntona, y a la vez inquisidora del mundo adulto.

    Desde la narrativa, incluso desde la construcción del personaje, sería más factible (o más cómodo para el lector) encontrar esa energía inconformista en una adolescente. Pero no. Mafalda, es un personaje femenino fuerte. Fuertísimo. Pero es una niña. Es una mujer pequeña en los ’60.  De todos modos,  esa agudeza, ese humor irónico, ácido y frontal, incorporados en la lógica infantil actúan como crítica a un sistema de pensamiento adulto, que aceptaba y cubría de hipocresía la maquinaria que reproducía Susanitas: el marido, la casa, el perro, los hijos, la mesa servida.  Tal vez por eso la queremos más.

    Quino, como ninguno, mostró las frustraciones de ese mundo, de esos hogares emocionalmente inseguros, inmersos en un entorno político donde la vida era lo que pasaba entre Golpe y Golpe, y donde los nenes no querían tomar la sopa. Mafalda es el recuerdo del tiempo donde soñar sí costaba, donde progresar era un acto de rebeldía, donde ser mujer y ocupar lugares de poder era mucho más difícil.

    Sin embargo, y a pesar de esas dificultades Mafalda siempre es un buen lugar al cual volver. El dibujante y su criatura son la nostalgia por ese pasado en el que se creía en un futuro distinto y donde esperábamos libros como regalos de Navidad. Joaquín y Mafalda, nos refrescan la melancolía por el tiempo en el que el universo entero cabía en el barrio. Por eso los queremos. Tanto.

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