#Literatura Un relato con estilo Poe

    Damian Martin

    Damian Martin

    Redactor at Corriendo La Voz
    Periodista. Futbolero y amante de lo que aprecio. Colaborador sección Cultura.
    Damian Martin

    Es una noche húmeda y gélida en Richmond. Las maderas del piso se mueven constantemente con la correntada de aire que ingresa por el viejo ventanal. Ese viento refresca aún más la postal del viejo tugurio, además de hacer que la escasa luz emitida por las velas titile de forma histérica. El láudano está llegando a su final y es inevitable, como también lo fueron los fallecimientos de su madre, su madrastra y el de su hermano a causa de tuberculosis, como también son inevitables los finales en sus cuentos. Pero ese color oscuro jamás finaliza en su vida. El joven escritor termina de pensar y sale a enfrentar el frío de la ciudad completamente ebrio.

    No hace mucho que Edgar Allan Poe volvió a recaer en el alcohol.  El frío hace que este recale aún más profundo en su sombría agonía por la culpa. Sus ropas raídas van desgarrando su sonrisa. Sus ojos comienzan a torturarlo con imágenes de su infancia, su aspecto jovial, su prominencia y destreza física para practicar cualquier deporte frente al frágil adulto de ahora. Una lágrima se cae cuando recuerda esas seis millas nadadas a contracorriente en el río James.

    Tropieza con una piedra y su cabeza da directamente con una lápida. Tiene su nombre, una pluma embebida en tinta junto a un libro en blanco y abierto en el final, a un costado hay un anillo de bodas partido a la mitad. Intenta escribir algo y un cuervo de mirada espeluznante comienza a gritarle. Ve como sus propios dientes van cayendo uno por uno. Se despierta con los rayos del sol golpeando su cara y aliviando el frío del cementerio. “Nunca más” se repite una y otra vez. Pero no será la única vez que vuelva a dormir en una necrópolis.

    Se levanta y emprende su recorrido hacia el Southern Literary Messenger de manera pausada y con vergüenza. Ha perdido el control nuevamente, fue capturado por uno de esos demonios que el mismo encierra en sus mágicos y oscuros relatos. Poe todavía no sabe cómo ni ha logrado encarcelar de por vida a clásicos suyos como El gato negro, Corazón delator, El pozo y el péndulo o La caída de la casa Usher.

    Traga saliva antes de patear una pequeña piedra y junta otra lágrima en memoria de su reciente difunto tutor John Allan. Ese mismo que lo ha desheredado de su testamento. El que aún moribundo y postrado en el lecho juntó fuerzas para levantarse e insultarlo. El joven Edgar no le devolvió ni una sola palabra, se las guardó para escribirlas en otro momento. Siente que la resaca martilla su cabeza, frena en un pequeño aljibe y bebe algo de agua. Su reflejo lo asusta y saca rápidamente la vista de ahí. Su padre biológico lo abandonó a su suerte, su padre adoptivo lo condena a ser un vagabundo con buenos modales.

    Al llegar a su oficina se acomoda el pantalón y la chaqueta antes de sentarse a escribir. Agarra su pluma y comienza con sus comentarios y críticas detractoras hacia los escritores del Norte. Oficia de periodista pero no tan romántico. Los envuelve bajo una prosa sutil para terminar desgarrando todos y cada uno de los renglones que le envíen para que reseñe. No le importa el enojo de los demás, él como buen sureño debe disfrutarlo. Le traen un café y no puede evitar perderse en Virginia, su prima y joven esposa, en Baltimore, Muddie Clemms y su pobreza extrema, en todas las mujeres que amó.

    Si hay algo constante en su vida, además del color negro que lo rodea, son los desamores continuos. Uno por rechazo, otro por fallecimiento. “Oh Helen!” exclama en silencio. Helen Stanard fue el primer amor prohibido que terminaría a escondidas y con un final trágico. Cruel ardid del destino que el poeta verá repetirse con frecuencia, o quizás no haya sido un artilugio, si no que el mismo Poe lo escribía antes de vivirlo. De una u otra forma, todo terminará plasmado en varios relatos, en su propia alma, en su voz apagada.

    Una fresca brisa entra por debajo de la puerta y apaga las velas. En ese rincón a oscuras siente como una mano toca su hombro y con un aliento fétido le cuenta cómo narrar un cuento policial. Sonríe y comienza a utilizar el sarcasmo y la intriga para crear al detective Dupin, padre no reconocido de Sherlock Holmes. Toma su abrigo y emprende el viaje hacia la taberna con un talego desbordante de ilusiones.

    En el camino se topa con el muelle y se detiene a contemplarlo. Se vuelve a perder en borrosos y alegres cuadros de su etapa estudiantil. De ser uno de los alumnos más populares a ser un desertor y probable reo del condado. Las deudas del juego, el alcohol y el salvajismo experimentado en la recién inaugurada universidad de Virginia lo obligaron a adoptar un nuevo nombre y alistarse en el ejército. El rechazo por parte de John Allan para cancelar sus deudas no le dio más opción que abandonar la carrera de letras. Su negación a estudiar economía o abogacía propició que la relación, sumado al fallecimiento de su madrastra y las peleas por los amoríos de su padrastro, hicieron que el combate sea escandaloso. El sonido del barco lo vuelve en sí y sigue caminando hasta el tugurio.

    Entra, saluda, se sienta y pide un vino. Revisa sus bolsillos y encuentra apenas 5 dólares. Bebe su vaso, paga en efectivo y parte hacia su morada. Allí entre opio, fantasmas, demonios y sus propios sentimientos comienza a escribir. La pobreza, al igual que la tragedia y las enfermedades serán sus más fieles compañeras. Pero el joven Poe lo desconoce.

    Aún no entiende que él será el responsable de modificar el cuento gótico y  de formar el cuento de terror moderno e inspirar al nuevo policial. De enaltecer a la lírica sombría, melancólica y desgarradora. Hay algo que el joven escritor todavía no sabe y es que toda su obra quedará inmortalizada, aunque el precio haya sido su propia vida condenada a la miseria y a la tristeza.

    Se acuesta en su lecho. Un par de maderas con algo de heno y paja, una pequeña mesa con varias hojas en blanco y una vela que se pierde entre las penumbras de la casa. Poe cierra los ojos y todos los demonios escondidos en él empiezan a aparecer en sus sueños. Mañana, cuando despierte, será un día especial para dejarlos atrapados en un par de renglones, por horas, días, semanas, meses, años, décadas, siglos.

    Será como dejar un manuscrito en una botella y lanzarlo a la deriva. Será escribir su propia historia bajo la piel de otro. Bajo la piel de Cortázar, Borges, Twain, Lovecraft, Bierce, Bradbury, Quiroga, Rimbaud, Conan Doyle, Dostoievski, Manet, Bob Dylan, The Beatles o The Cure. Porque la piel se va renovando, pero la esencia permanece intacta bajo la sombra de un relato. Su relato.

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