#SimoneDeBeauvoir “Más que una esperanza, una convicción”

    Damian Martin

    Damian Martin

    Redactor at Corriendo La Voz
    Periodista. Futbolero y amante de lo que aprecio. Colaborador sección Cultura.
    Damian Martin

    Mientras más mujeres continúan alzando la voz y reclamando por sus vidas, sus derechos y la libertad de vivir plenamente, repasamos a Simone de Beauvoir. Predecesora de lo que se denomina feminismo. Yo simplemente le diría mujer libre y segura de sí misma, aunque insisten en seguir buscando un segmento donde guardarla.

    Aún recuerdo la primera vez que escuché ese nombre. No fue en una clase de la facultad, ni por medio de algún autor que utilizó citas suyas. Fue en la casa de un amigo con algunas cervezas y una charla con su novia que se interrumpió por el ladrido de su ovejera alemana. “Simone, anda para afuera”, exclamó Flavia. “Lindo perro”, acoté yo. “Es hembra”, me dijo entre risas. “Es un nombre francés”, aclaró ante mi cara de desconcierto. “La nombré así por una filósofa. Es una de mis favoritas”, concluyó para dar por terminada la explicación.

    También conservo en la retina el momento exacto en el que se arrimó a la biblioteca de algarrobo, algo desgastada y algo pálida pero con aspecto de firmeza, y comenzó a sacar libros hasta dar con uno en particular: El segundo sexo. Desde ese día y hasta hoy, supe que esa autora no iba a ser una más. Menos aún, después de la riquísima introducción que Flavia me dio de ella. Ahí también conocí a Jean Paul Sartre.

    Mientras seguimos debatiendo sobre el acoso y el menosprecio hacia las mujeres, el simple hecho de leerla me da la pauta de cuánto ha influenciado a millones de mujeres. Y basta con ver el documental No se nace mujer”, para entender que no hace falta ir a una universidad, una facultad o ser un erudito para entender la magnitud y lo adelantada a su tiempo que se encontraba semejante autora.

    Si hay algo que me atrapa de esta francesa nacida en París un 9 de enero de 1908, es su intensa actividad a lo largo de toda su vida. Ya sea para amar, para escribir o para hablar sobre el existencialismo, no dudó en dejar el alma. Proveniente de una familia aristocrática que fue estafada y devenida a menos con el fracaso de los créditos rusos al finalizar la Gran Guerra, tuvo la suerte de no tener que obedecer el mandato y casarse a una edad temprana, tener hijos y dejar que el hombre decida sobre su vida. Estudió, fue una excelente alumna en sus cátedras y ahí conoció a quien sería su compañero a lo largo de toda su vida: Jean Paul Sartre.

    Han pasado algo más de siete años entre aquella tarde en la que oí su nombre por primera vez y en el medio ha ocurrido de todo. Tuve novia, me separé, comencé a estudiar periodismo, me recibí, escribí mi primer cuento, hoy tengo algo más de cuarenta, encontré a un amigo que se deleita y compone música con letras escritas por mí pero hay tres autores que se mantienen intactos a lo largo de todo este recorrido. Ella es uno de ellos. Quizás sea como enunció Borges: “Releer es aún más placentero que leer”. Y razón debe haber en ir descubriendo cosas que habían quedado escondidas en la primera lectura. Simone es una de esas escritoras que releo por placer y además es un apoyo técnico.

    Por momentos me resigno a entender lo retrógrados que somos como sociedad. Las pautas establecidas por Beauvoir en sus cuentos, los personajes creados en base a historias y mujeres reales, de carne, huesos y pelos, con problemas tan cotidianos como cercanos que van desde la falta de deseo sexual a la represión del mismo, la carga de ser quienes lleven durante nueve meses un bebé en su útero, y una sociedad que empuja y las obliga a quedarse en sus casas como un mandamiento establecido por el hombre, el poco valor y reconocimiento a su valor en el campo laboral y la consideración de todos los demás como un sexo débil. ¿Será muy de poco macho decir que me puse a llorar cuando terminé de leer La era de la discreción y pensé en mi madre, en mi tía, en mis abuelas? Ver plasmado de forma concreta y bajo una lírica tan bella los problemas padecidos por una mujer que ha atravesado los cincuenta años me hizo pensar en todo aquello de lo que no hablamos. Y que seguimos callando.

    Simone tenía en claro que ella había logrado su libertad por su propia cuenta. Ella estudió cuando estaba mal visto hacerlo, decidió no tener hijos cuando el mandato social establecía procrear, no puso freno a sus impulsos sexuales, trabajó, escribió y no se quedó con nada en el tintero. Le demostró al, siempre elitista, mundo de los intelectuales que una mujer podía hablar sin tapujos de sus problemas y de la resignación a ser el sexo que no debía opinar, el sexo débil, y el sexo acatador. Aunque este la llevara a pelearse de por vida con Albert Camus. Aunque un filósofo que no traspaso las barreras del pensamiento le diga en la cara a Sartre “ya conozco las partes íntimas de su pareja”. Y sí. Energúmenos hubo siempre, dar cátedras en una de las universidades más prestigiosas de París no te exime de ninguna culpa.

    Si al día de hoy se sigue marcando un tabú y algo místico con respecto al sexo, imagínense lo que habrá sido en aquella época. Ella amó a Sartre y estuvo acompañada por él hasta el final de sus días, pero también tuvo otros amantes. Ella nunca negó su relación casi fraternal con Jean Paul, pero aún así Simone nunca encontró piel a la hora de tener sexo con Jean Paul y quizá haya sucedido lo mismo del otro lado, pero es del lado de ella donde esto se hace explícito mediante cartas y confesiones.

    Cruzó el Atlántico, llegó a Estados Unidos y encontró al escritor Nelson Algren, con quien tuvo varios episodios fogosos y románticos. Y fue ella misma quien le marcó territorio: “Me encantaría poder hacerte la cena y lavar los platos, pero entonces perdería esa esencia rebelde que tanto te gusta”. La relación terminó de quebrarse cuando ella decidió no separarse de Sartre. Y al día de hoy, si un hombre se acuesta con muchas mujeres (incluso siendo desleal) es un auténtico campeón de la vida, mas si eso es realizado por una mujer (aún siendo libre de hacerlo) es considerada una PUTA. Patriarcado en estado puro.

    La esencia básica de Simone y su enseñanza más grande es demostrarle no solamente a los hombres, sino más bien a las mujeres, cómo hacerse mujer. Tener un útero, mamas o menstruar durante cuarenta años de su existencia no implica ser mujer. La palabra va más allá y abarca muchas más libertades, placeres y ocupaciones. Porque aunque siga la tendencia a despreciar y socavar la igualdad de géneros, ser mujer es mucho más que una fotografía sexy. Es dejar en ridículo aquella cita de Pitágoras en donde asegura que “la mujer, al igual que las tinieblas y el caos, provienen de un principio malo”.

    Hablar de Simone de Beauvoir, leerla y analizar su historia es dar por entendido que estamos ante una mujer libre, adelantada y leal a sus sentimientos y a sus anhelos. Es en definitiva entender que, como dijo la protagonista principal de La era de la discreción: “Era más que una esperanza, era una convicción”. Más allá de que a ciento diez años de su nacimiento, y casi setenta de la publicación de las más de mil páginas de El segundo sexo, aún el debate en cuanto al rol social de la mujer y lo que ella representa en la sociedad está en plena vigencia, pero lo realmente importante es la huella que esta autora nos ha dejado, y a la cual no han podido borrar, incluso tratando de recortar sus obras.

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