#Cine Las margaritas: locura feminista subversiva

Gabriela Krause
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Periodista | Escritora | Editora de Géneros y Breve Eternidad | Poeta | Feminista. Contacto: genero@corriendolavoz.com.ar / breveeternidad@corriendolavoz.com.ar
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En Sedmikrásky (1966)de Vera Chytilová, pasan cosas todo el tiempo y no pasa ninguna. Es una película fundamentalmente feminista, delirante, surrealista, con toques cómicos, eróticos y una fuerte crítica a la sociedad checa de 1966.

Contextualizando

En el año 1968, Vera Chytilová (República Checa, 2 de febrero de 1929 – Praga, 12 de marzo de 2014) fue prohibida por el gobierno comunista de Checoslovaquia hasta 1975. Ha sido una de las más importantes pioneras y referentes de la vanguardia Checa, nombrada Nueva ola checoslovaca. Es considerada una de las directoras más importantes del cine checo. Dato importante, considerando que una directora mujer incluso hoy, siglo XXI, tiene que luchar cuesta arriba para lograr un lugar significativo para su nombre.

Las Margaritas

Las Margaritas está protagonizada por Marie I y Marie II (Jitka Cerhová e Ivana Karbanová), que actúan como dos jóvenes mujeres con tiempo libre de sobra, que sentadas tomando sol llegan a la conclusión de que el mundo está corrompido.

“Si en este mundo todo está corrompido… estaremos corrompidas nosotras también”.

A partir de esta certeza que alcanzan en bikini, se activa un engranaje donde escena tras escena asistimos, como espectadores, a un collage de escenas presumiblemente inconexas pero que esconden una fuerte carga de rebeldía, aburrimiento y existencialismo. Las Marie’s están constantemente en búsqueda de algo, aún cuando no lo sepan ni sepan qué es: engañan a hombres maduros para comer gratuitamente y después subirlos a un tren hacia cualquier lado, viendo cómo se van; escriben y dibujan las paredes de su casa; asisten a un restaurante donde rompen con todo lo establecido hasta ser echadas y destrozan por completo, devorando todo, un banquete preparado para asistentes que desconocen y al que por supuesto no fueron invitadas.

Se la pasan comiendo. Se la pasan rebelándose contra todo. Y todo tiene un tinte erótico muy destacable, si tenemos en cuenta que hay una sola escena que pueda calificarse como sexual. Toda su interacción es erótica. Sus cuerpos, su forma de hablar y de pararse frente a la vida, inconformes, incoherentes. Son eróticas pero no sexuales. Es un logro destacable justamente por esto: sin llevarnos a sexualizar a las Marías, nos obliga a acumular una carga erótica totalmente implícita y despreocupada.

Más allá del bien y del mal

Marie I y Marie II se la pasan riendo a carcajadas, y sus carcajadas son pegadizas. Están, definitivamente, más allá del bien y el mal. Lo más atractivo de su forma de vivir ese mundo corrupto al que deciden amalgamarse es que pocas veces se frenan a preguntar qué hay más allá. Y cuando lo hacen, reconocen que no necesitan ser felices sino actuar como tales. Están más allá de todo: de las imposiciones sociales, de la moral, de la corrección política. Son como quieren ser y así se comportan, sin importar si sus acciones afectan a su entorno. Hoy, tal vez, algunas y algunos dirán que son malas. En realidad, son honestas y consecuentes con lo que llevan en su interior. En definitiva, el bien y el mal no son más que conceptos, moldes para personas y acciones. Y las Marías, desde su falta de criterio, entendieron este concepto a la perfección y lo encarnaron con una gracia magistral.

Si tenemos en cuenta la coyuntura política en la que se realizó el film, podemos encontrarnos con que la despreocupación y la falta de moral y de sentido en la coherencia temporal y espacial es una clara postura en contra de todo lo burocrático que era el gobierno de ese entonces. Para los hombres de traje y corbata que decidían qué podía y qué no hacerse, haber decidido qué hacer con la película habrá sido un enorme dolor de cabeza. La forma o no-forma de todo lo que pasa cuadro tras cuadro es una forma de subversión en si misma, por demás estética.

El erotismo como arma de subversión feminista

El erotismo que se postula todo el tiempo en la película resulta una excelente forma de crítica a un sistema absolutamente conservador, como era la sociedad checa de los sesenta, donde predominaban la etiqueta y el buen comportamiento, como siempre, esencialmente en las mujeres.

Las protagonistas se muestran despreocupadas, liberadas y simbólicamente contrarias a una sociedad más bien estática, muy bien representada en los hombres con los que se juntaban a almorzar, tipos de traje, bigote y con poca predisposición a hacer preguntas de profundidad. El erotismo predomina en todo: el vestuario, la corporalidad, la fonética, la forma de comer con desesperación, incluso la música y los silencios. Todo es erótico, todo es subversivo, todo parece sin sentido pero incita al espectador a repensarse y repensar una vez más la vida en sociedad. Incluso cincuenta años después.

La doble moral

También feminista, la crítica a la doble moral de los hombres trajeados no puede dejarse de lado a la hora de analizar la producción audiovisual: cada vez que comen con estos hombres, se destacan fuertemente sus correcciones de todo tipo, desde la ropa, hasta la forma de comer y los modales. Pero están sentados con dos menores de edad. ¿Dónde queda la moral a la hora de buscar un metejón? La de estos hombres se perdió. Y sin retorno.

Así, los mandan en un tren a no se sabe dónde. No importa: los tipos ya están lejos de ellos mismos desde antes.

La convivencia de la insaciabilidad y la falta de deseo

Aunque parezca contradictorio, las protagonistas se ven totalmente carentes de deseos y de sensaciones, pero son insaciables. Parecen estar buscando todo el tiempo sentir algo que no sienten. En este sentido, repiten una rutina cotidiana donde la rebeldía se vuelve habitual y cuando se aburren, redoblan la apuesta. Una y otra vez. Pero así y todo no hacen lo que hacen por deseo. Lo que las mueve es el aburrimiento, la certeza de que deben ser corruptas. Nunca sienten culpa; nunca se preguntan si lo que están haciendo está bien. Se limitan a romper los límites, una y otra vez, y en esa misma ruptura se encuentra la de la intención. Todos y todas hacemos cosas porque debemos, porque queremos o porque lo necesitamos. Ellas hacen las cosas que hacen porque pueden. Y punto. La falta de búsqueda es una búsqueda en si. La falta de profundización de los actos es un grito de desesperación existencial acallado por la nada, por la supuesta falta de coherencia de los actos.

Las margaritas son insaciables con la comida, con el sexo, con la búsqueda inconsciente de placeres. Comen todo lo que pueden, todo el tiempo, pasan horas en la cama, buscan hombres para seducir. Y así y todo, no buscan nada en realidad. Y el erotismo que encierran crece y crece a medida que se las ve actuar. El punto de mayor éxtasis de esto se da cuando una de las margaritas seduce a un tipo, llamándose a si misma Julie, y en su casa se desnuda, lentamente, para terminar yéndose y dejando al tipo ansioso, esperando verla desnudarse, terminar en un acto sensual. Pero también dejan así al espectador. Expectante. Casi caliente. Pero no decepcionado. Simplemente, descolocado.

Las Margaritas y los pecados capitales

Los pecados capitales, supuestamente bíblicos, religiosos, son una buena vara para medir lo que está bien o mal incluso en sociedades laicas, en individuos ateos.

Las Marías, en este caso, son lujuriosas, golosas y perezosas. No trabajan, vaya barbaridad, y se la pasan comiendo tiradas en la cama, seduciendo a cualquier hombre que ven pasar. Esto es subversivo por si solo, incluso cuando no las vemos jamás tener sexo ni seducirse entre ellas. Son pecaminosas. Aparte, no sabemos de dónde sacan la comida ni la plata para mantener un hogar. Eso no lo perdona la sociedad moral.

Destruir para construir

Emblemática es la escena donde las dos margaritas comienzan a jugar con tijeras y distorsionan la realidad, comenzando a cortarse a ellas mismas y creando un collage visual con los elementos de la habitación que las contiene. Esta capacidad de destruir todo lo establecido para construir una nueva noción es algo que permanece en toda la película, tal vez menos evidentemente.

Como unidad, las dos mujeres se la pasan destruyendo y construyendo una visión sobre el mundo que jamás ponen en voz alta, porque en realidad no hay una búsqueda de interpretar nada, simplemente, hay una intención en las acciones que va mucho más allá de la dialéctica.

La destrucción es la construcción de una realidad alternativa, donde las formas y las etiquetas no son más que imposiciones moralistas que se pone como vara de bondad la gente normal, sin notar que en realidad no son más que un velo para tapar todo lo otro: la doble moral acechando, los límites y su ruptura desde la corrección estética y visual.

Locas margaritas

Para el ojo desacostumbrado, las margaritas son dos locas. La película es loca, la directora también está loca. Todo es una locura. Esto demuestra que hay cosas que incluso descontextualizadas siguen generando lo mismo: la subversión de las margaritas no pierde vigencia porque trasciende incluso los límites definidos hoy por hoy, que no son los mismos que hace cincuenta años. Las margaritas nos lleva de viaje por un camino difícil de omitir, donde la comedia, el erotismo y la fuerte crítica silenciosa no nos dejan dormir en paz, hasta que no entendamos que si queremos hacerle frente a la locura sistemática debemos volvernos locas y locos también, rompiendo los límites establecidos y destruyendo lo impuesto para crear una nueva realidad, llena de recortes pegados donde se nos ocurra pegar.

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