#BobMarley El profeta de Kingston

Damian Martin

Damian Martin

Redactor at Corriendo La Voz
Periodista. Futbolero y amante de lo que aprecio. Colaborador sección Cultura.
Damian Martin

La temperatura empezó a refrescar y el cielo se fue poniendo totalmente oscuro para dar paso al brillo intenso de la luna que comparte el firmamento con algunas nubes que se dispersan a su libre antojo. Un silencio cómplice se esparce por todo Kingston. Una tranquilidad ensayada que da un respiro luego de un día de interminable guerra civil que pone en aprietos a cualquier ciudadano de Jamaica. El cantante y sus compañeros de banda se toman unos minutos para tomar un refresco e ir exponiendo sus sensaciones previas al enorme y heroico recital que están por dar. Las risas quedarán heladas cuando levanten sus ojos y vean a esos hombres dentro de la casa, apuntando y disparando sin mediar palabras.

Bob Marley deja caer el pomelo rosado que estaba comiendo, su cuerpo se paraliza y lo único que siente es un ardor que nace en su pecho y termina volviéndose intenso y desgarrador en su brazo izquierdo. Su amigo y mánager Don Taylor se abalanza sobre él y recibe cinco disparos en su abdomen.

 El cantante no puede distinguir mucho. Solamente escucha varios gritos, chillidos y sollozos a lo largo de toda la casa. Su vista se nubla, sus piernas se vencen, se desploma sobre el piso y siente como la sangre tibia penetra en su ropa. Hace un último intento y escapa hacia el parque, son apenas cuatro metros pero las detonaciones de las ametralladoras y los insultos de los atacantes llevan al extremo y multiplican por diez la adrenalina. Finalmente termina cayendo entre unos arbustos y cierra sus ojos. Sueña con un cielo azul, una pradera verde y una guitarra que jamás rompe cuerdas.

Al despertar, siente como aquella quemazón se transforma en un dolor agudo. Se entera que su esposa Rita ha recibido un balazo en medio de la cabeza. La bala quedó alojada entre el cráneo y el cuero cabelludo. Don perdió mucha sangre y tiene un proyectil incrustado en la base de la columna vertebral. Los que no fueron afectados por la pólvora fueron sometidos al horror de un intento de masacre. Larga en llanto y pregunta cuántas muertes ha dejado aquel atentado. Su llanto se hace aún mayor cuando le responden que milagrosamente no hay ningún fallecido. “Es un milagro de Jah. Es una bendición de Haile Selassie”, exclama en forma de alabanza.

Es un 4 de diciembre en Jamaica, la situación política y social sigue crispada, los dos bandos que se disputan el poder (el Partido Nacional Popular dirigido por el socialista Michael Manley y el Partido Laborista Jamaiquino) se juegan las últimas cartas para hacerse del gobierno. Y eso incluye utilizar el nombre del artista más influyente de la historia de esa histórica colonia británica. Un hombre que ha traspasado el arte, la política y los derechos humanos. Es el hombre que le demostró a su pueblo que los que sueñan despiertos viven cubiertos por una ilusión y despiertan en medio del sueño.

Corre el año 1976 y Bob Marley se encuentra en la cresta de su carrera. Su Jamaica se encuentra en una cresta pero de violencia y una escalada bélica civil producto de las esquirlas de la Guerra Fría. La Unión Soviética y la CIA se disputan el control de una isla que no les aporta mucho excepto una excelente ubicación estratégica muy cercana a Bahía de Cochinillos y a Miami.

El cantante sabe que su país lo necesita más que nunca. Se fuma un cigarrillo de marihuana, se encomienda a Jah, venda sus heridas, toma su guitarra Gibson Les Paul y sube al escenario del Parque de Héroes Nacionales. Es un 5 de diciembre de 1976 y el público enardecido espera por aquel profeta musical que les trae algo de alivio. Durante algo más de noventa minutos de recital no hay partidos políticos, no existe el fuego enemigo y la buena vibración transmitida por la música de Robert Nesta Marley y los Wailers acapara la atención de todo Kingston.

 

Al terminar el recital saluda y vuelve a su refugio. La congoja volvió a su pecho al entender que es un refugiado en su propia ciudad. De los paramilitares que prometieron cuidarlo y desaparecieron antes del atentado ahora ha pasado a contar con la protección de rastafaris con machetes. Diferentes ideologías, mismo nivel de violencia. Aún con dolor en todo su cuerpo toma una pelota de fútbol e intenta realizar algunos jueguitos. Aún no sabe que producto de un clavo maldito en medio de un partido de fútbol entre amigos nacerá el cáncer que terminará con sus días un mayo de 1981. Luego vendrán las conjeturas y suspicacias sobre la conspiración de la CIA. La misma que (supuestamente) intentó asesinarlo en su casa de Hope Road 56 un 3 de diciembre. Marley toma una decisión muy profunda. Partirá en un vuelo hacia Londres, previo paso por Estados Unidos, donde se radicará hasta el final de su vida.

 Allí en Londres conocerá a una banda llamada The Clash, unos muchachos que aman la fusión de géneros, la igualdad de clases y que estuvieron presentes peleando contra la policía en el infame White Riot. Es en aquel frío y húmedo clima donde recordará a su gran amigo Peter Tosh, miembro fundador de los Wailing Wailers y aquellas jornadas de aprendizaje constante. Dejará enmarcada aquella invitación a Zimbabwe, siendo el único artista que no era oriundo del continente. Todo un logro para alguien que luchó toda su vida para volver a su raíz de origen. Raíz, ese sentido de pertenencia extraño para un joven nacido de una madre soltera, pobre y amante de la música, que tuvo como procreador a un almirante británico que se casó con su amante para luego embarcarse en un viaje hacia nunca más.

El cantante arma un porro más, lo prende e inhala el humo. Una pequeña nube espesa va flotando por el aire de la habitación, es la mística natural. Sigue rasgando su guitarra, continua componiendo, escribiendo y grabando. Presiente que el final se acerca y que aún le quedan muchas cosas por decir. Es su voz, su sentimiento y su patria en movimiento la que lo llevan a llorar por su pueblo natal. Es su éxodo el que lo obliga a reflejar su dolor, es su religión la que lo empuja a motivar mediante cualquier medio que no implique violencia.

Sale a caminar por un Londres sumergido en una espesa niebla, definitivamente no es humo. Se entretiene viendo a unos niños jugando al fútbol. Comienza a recordar a sus hijos, esos que entre matrimoniales y fuera de este rango alcanzan los veintidós. Sí, dos equipos de once. Si hizo bien o mal, si le falló a Rita o alguna otra mujer será un reclamo que le harán sus hijos o sus esposas. Aún no se imagina que más de cuarenta años después su apellido y su legado musical seguirá siendo un ícono de la revolución pacífica. Junto a Gandhi, Luther King, Rigoberta Menchu. Porque el cantante trascendió todo tipo de fronteras, muchas más de las que imagina ese hombre de sonrisa constante y rastas gruesas.

Sigue su camino de regreso a su hogar y se encuentra con una jam session. No puede evitar a su genio interno y se suma. Entre humo, acordes y risas se pierde durante toda la noche. Amanece abrazado a una guitarra con la sensación de haber compuesto melodías que se han ido. Quizás se fueron a esperarlo para llevárselo en otro momento, el momento en que el cantante deje de serlo para pasar a ser leyenda. Incluso después de haberle disparado a un sheriff.

Marley consigue otro porro y emprende el camino de regreso a su hogar. La banda todavía está viva y lo necesita para seguir haciendo sonar su música. El tiempo terminará por poner las cosas en su lugar, y el tiempo en ese invierno de 1978 sigue siendo indescifrable. Por suerte, la voz y la melodía del cantante son fáciles de identificar. Y lo seguirán siendo aunque él no esté allí para comprobarlo.

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