#Cronica Los Espíritus en Rosario: cada instante es la eternidad

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Leonela Esteve Broun

Leonela Esteve Broun

Redactora at Corriendo La Voz
Estudiante de Letras. Feminista. Melómana. Tengo una frase de Friends para todo.
Leonela Esteve Broun

El sábado por la noche Rosario tuvo una visita de otra dimensión. Con sus camisas estampadas y sus sonidos de western, Los Espíritus hicieron bailar, cantar y saltar a una Sala de las Artes que explotaba de gente. Acá te contamos todos los detalles de un show sobrenatural.

En una noche particularmente templada del invierno rosarino, La Sala de las Artes rebozaba de gente. Muchos jóvenes que se saludaban con la emoción iluminándoles la mirada. Todos sabían que algo mágico estaba por suceder.

Apenas pasada la medianoche, con sus camisas estampadas y un andar humilde, los músicos de Los Espíritus se subieron a las tablas: con Maxi Prietto en voz y guitarra, Santiago Moraes en guitarra acústica y voces, Miguel Mactas en guitarra eléctrica, Martin Fernandez Batmalle en bajo, Pipe Correa en batería y Fernando Barreyro en percusión, abrieron la noche con Mapa vacío. “Una vez yo tuve un sueño en el que me iba volando” cantaba Moraes. El sueño recién empezaba.

Pronto le siguieron Mares, del disco Gratitud, que con raíces profundas en el blues y el funk, pero con la nota característica de la banda, nos hizo vibrar con su bajo irresistible, y Ruso Blanco del EP Guayabo de agua ardiente, que introdujo una nota de misterio al ambiente. La voz arrabalera de Maxi Prietto junto con la sensualidad hipnotizante de las melodías, funcionaron como un hechizo entre la gente que, lentamente, se fue despojando de sus pudores para entregarse a la cadencia irresistible de Los Espíritus.

Era el comienzo del viaje: La Mirada y Perdida en el fuego, dos canciones del último disco de estudio de la banda, Agua ardiente, nos sumergieron por completo en un universo western, que nos hizo pensar al mismo tiempo en el desierto y en el caos agobiante de la ciudad de Buenos Aires. Encuentros en el subte, miradas que se cruzan y el fuego de una mujer que ya no le teme a “sus ganas de cantar”. Postales de una Argentina en la que la inflación no deja de subir y en la que el movimiento feminista marca la agenda política, pero con la marca sublimadora de la música del grupo de La Paternal.

Los tres temas siguientes, Noches de verano, Jesús rima con cruz y El gato, fueron una visita hacia el pasado, hacia el primer LP de la banda, Los espíritus. El ritmo caribeño de El gato tuvo su punto cúlmine en un solo de timbales, de la mano de Barreyro, que puso al público a bailar.

De ahí en adelante, el foco estuvo puesto en las canciones que integran Agua ardiente, cuya presentación es el objetivo de la gira que los trajo a Rosario. Con Las armas las carga el diablo, Jugo, El viento y Luna llena, nos trasladaron a otra dimensión, plagada de ritmos envolventes, solos hipnóticos y distorsión psicodélica. El ambiente, cargado de energía tribal, se fue lentamente tornando cálido, pegajoso e irresistible, y cuando llegó Vamos a la luna, el éxtasis colectivo fue sideral. Los coros espectrales que abren la canción, estremecieron al público que se fue entregando de a poco al vaivén hechizante de la música: “Remen ya / vamos a la luna”.

Luego de una pausa breve, en la que recuperaron fuerzas, Los Espíritus volvieron al escenario, con su calma y discreción habitual, para entregarnos sus hits. La crecida, Las sirenas, Huracanes y El perro viejo hicieron sacudir a una multitud que le rindió tributo a una banda especial, fuera de lo común pero que nos hizo sentir a todos en casa, en ese mundo de melodías ardientes e invocaciones mágicas. Los últimos dos temas, Esa luz y la increíble La rueda que mueve el mundo, demostraron que aunque el mundo capitalista quiere destruir todo (“Pudrimos los mares / pudrimos los ríos”) todavía nos queda el poder redentor de la música, con su fuego inextinguible.

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