El origen de los miedos

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Por Alejandra Iriarte
Breve eternidad

El origen de los miedos

El miedo era esa cosa que se le formaba justo atrás de los parpados. En realidad aparecía desde más atrás todavía. De algún lugar entre el fondo de los ojos y las profundidades de su cabeza. En ese espacio oscuro, interior, en su depresión más honda.

Ella era capaz de  sentir como se iba formando, como empezaba a adquirir materialidad, espesor, tamaño. A veces incluso olores y colores. Se formaba siempre de la misma manera, aunque cuando salía al exterior adquiría distintas y extrañas manifestaciones.

Tantas veces había tenido esa sensación que ya se había vuelto parte de su vida. Era algo tan normal como menstruar. Aunque, se lamentaba, no era tan regular como la menstruación. No podía prever cuando sucedería, ni como. Para conservar el paralelismo, digamos que no podía comprar toallitas cada 29 días y simplemente esperar a que suceda.

Con el miedo era más difícil organizarse. Si bien los síntomas eran siempre los mismos, se presentaba de diversas maneras y en  distintas circunstancias.  No dependía de nada, ni de nadie; o al menos eso creía, ya que no había sido capaz de encontrar un patrón. Todo siempre cambiaba.   

Simplemente comenzaba a formarse. Justo detrás de sus ojos. Y ella no tenía otra alternativa que dejar que fluya, que se forme, se desarrolle, y salga a través de sus cavidades oculares. Siempre impaciente por conocer la manera en que se manifestaría.

Tampoco era como llorar. No eran lágrimas. Se trataba de otra cosa. Algo que solo a ella le sucedía.

Por eso, esa tarde cuando conoció a Lucía, y sintió como comenzaba a formarse esa cosa atrás de sus ojos, decidió contárselo todo. Sabía que no iba a poder controlarlo. El miedo estaba ahí, y era tan fuerte que no tenía otra opción que exponérselo.

Todo pasó en pocos minutos. Lucía hablaba, ella la escuchaba, entendía las palabras, el énfasis y el orden que les estaba dando. Comprendía que la estaba invitando a salir. Sentía la conexión, incluso percibía los miedos de ella. Al mismo tiempo que tenía plena consciencia de que en cualquier momento algo saldría de sus ojos. No podía saber exactamente qué, porque cada miedo tenía una forma diferente, pero sentía perfectamente cómo se formaba. Los síntomas eran los de siempre, era inminente su aparición.

Nunca entendió como pudieron pasar tantas ideas por su cabeza en tan pocos minutos. Eran tantas cosas las que pasaban. Lucía hablaba, ella la escuchaba; oía cada palabra que le decía. Percibía su ritmo, su candencia, su entonación. Percibía las pausas, los nervios y los miedos de Lucía. 

Al mismo tiempo que su miedo se formaba, y ella pensaba como se lo explicaría.

Fueron los minutos más largos de su vida. No lograba encontrar las palabras.  Lucía no lo hacía más fácil, no dejaba de hablar. Se notaba que lo llevaba planeado durante mucho tiempo. El encuentro y la invitación no eran improvisados. Usaba las palabras correctas, adornaba las frases.

Pretendía ocultar sus miedos tras palabras, expresiones y gestos muchas veces ensayados. Actuaba sus miedos.

Finalmente  hizo una pausa.

Ella intentó hablar, anticiparle lo que estaba a punto de suceder. Pero en el momento en que abrió su boca dejando salir un primer –eee…- de sus ojos brotaron unos miedos de colores, que comenzaron a salir por ambos ojos y cubrirlo todo.

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