#LadoNerd DEATH NOTE: el fracaso de un proyecto ambicioso

Florencia Martinez

Florencia Martinez

Colaboradora at Corriendo La Voz
22. Periodista. Estudiante de Comunicación Social en la UNLaM. Amante de la comida. Compradora compulsiva de libros. Eterna cinéfila. Vincent Vega sigue vivo.
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A tan sólo días del estreno de la esperada película, las comparaciones con el anime japonés en el que está basada se hicieron fuertemente presentes. A pesar de fundarse sobre una obra con éxito a nivel internacional, Death Note no parece capaz de estar a la altura. El principal problema: su intento forzado de retomar cuestiones de la versión original que parecen quedar perdidas en la traducción.

En octubre de 2006 llegaba a la pantalla pequeña, de la mano de Tetsuro Araki, lo que pronto se convertiría en uno de los anime más populares de la historia. La célebre ficción, basada en un manga escrito por Tsugumi Ohba e ilustrado por Takeshi Obata, planteaba la dicotomía entre el bien y el mal, a la vez que sumaba a la ecuación elementos fantásticos. Cuando Netflix, que ha arrasado con varios productos reconocidos por su calidad, anunció que realizaría una adaptación de Death Note, la noticia despertó el interés de los fanáticos de la serie alrededor del mundo.

Sin embargo, rápidamente las expectativas dejaron lugar a la crítica. En la medida en que términos como whitewashing (que consiste en la búsqueda de actores blancos para interpretar personajes que no lo son) empezaron a surgir, las esperanzas de un film cercano a sus raíces se extinguieron. Y es por eso mismo que Adam Wingard, el director de la película, explicó que la misma ofrecería una versión completamente nueva de la obra original.

Si se toma esto de tal manera, el espectador del film se ve tentado a percibirlo de una forma diferente, con un ojo menos comparativo y prejuicioso. Aún así, la película vuelve a fallar finalmente por su tendencia a retomar personajes anclados a una forma de ser que sostiene el desarrollo del anime pero no tanto de la película, en lugar de recurrir a su posibilidad de autonomía para distanciarse un poco del original.

Sin más, se destacarán los puntos fundamentales de encuentro entre una versión y la otra, evaluando cuáles son los puntos fuertes y débiles de la película de Wingard. Para quienes aún no hayan visto la adaptación y tengan intenciones de hacerlo, sería prudente abstenerse.

Diferentes puntos de partida

Originalmente, la historia se centra en el brillante estudiante japonés Light Yagami, quien un día ve caer una libreta del cielo de la forma más literal posible, y descubre que se trata de un objeto con poderes sobrenaturales llamado “Death Note”. Cuando interpreta que el cuaderno le permite asesinar a una persona con tan sólo imaginar su rostro y escribir su nombre en él, decide usar tal habilidad para terminar con la vida de reconocidos delincuentes.

En el manga, el protagonista se veía guiado no por un motivo en particular, sino por un retorcido sentido de justicia. Con el pasar de los capítulos, el espectador lograba descubrir que Light (quien empieza a llamarse por el nombre de Kira) es en realidad un muchacho incapaz de establecer relación de empatía con otros sujetos, y tiende a definirlo como un sociópata en la medida en que no muestra ningún tipo de remordimiento o culpa ante sus acciones.

El protagonista se autodenomina Kira para dejar su huella en cada escena del crimen y ocultar su verdadera identidad.

Si bien no parece reconocer los límites entre su capacidad y el modo correcto de actuar, el joven Yagami presenta el verdadero atractivo de la ficción: ¿hasta qué punto la justicia es tal si no funciona por las vías correspondientes? En medio de su frialdad, Light plantea una moral en la que el mundo está podrido, por lo que le resulta lícito matar; se adapta al famoso sentido en el que el fin justifica los medios.

Por otro lado, en la adaptación de Netflix la trama ya no transcurre en Japón sino en la ciudad de Seattle, y el protagonista se encuentra apellidado Turner –interpretado por Nat Wolff. A diferencia de su contrapartida asiática, este personaje cuenta con una razón definida para efectuar justicia por mano propia: un tiempo atrás, un hombre asesinó a su madre.

Nat Wolff, conocido por sus roles en “Bajo la misma estrella” y “Ciudades de Papel”, encarna a Light Turner.

De esta forma, la gran inteligencia y poder deductivo del Light de la serie se ven reemplazados por un simple chico de instituto, no tan destacado ni determinado, que busca satisfacer su necesidad de venganza en lugar de hacer, de la peor manera posible, un mundo mejor.

Mientras que en la original Death Note podemos notar cierto desarrollo del personaje hacia su costado más cínico y oscuro, a medida que la figura de Kira se apropia por completo de él, en el film se empieza en el mismo lugar en el que se termina. La versión norteamericana de este adolescente no deja de ser tal, con los mismos impulsos y tendencias rebeldes que lo caracterizan desde un principio, sin notarse en él una variación en su carácter. Como mucho, se vuelve más imprudente.

Así, se mantiene como el típico adolescente incomprendido y un poco torpe que no encaja del todo en la sociedad y, de esta manera, sólo logra perder una gran cantidad de fuerza como protagonista. Por otra parte, el complejo de dios en Yagami no se ve reflejado en el personaje estereotipado de chico que odia al mundo encarnado por Wolff, ni tampoco su extremo cuidado para con la libreta que ha decidido mantener.

Y es aquí donde la película flaquea más allá de cualquier tipo de comparación con la serie, pues ¿qué clase de persona llevaría tal cuaderno a la escuela y lo leería enfrente de todo el alumnado? Al parecer, la necesidad de introducir al personaje de Mia Sutton, en contrapartida a la inocente y obsesiva Misa Amane del anime, llevó a los guionistas a que ella se involucrara en la historia mediante la falta de reserva de Light y su necesidad de impresionarla.

Mucho más que el interés amoroso

Quizás una de las incorporaciones más interesantes de la versión norteamericana de Death Note sea Mia, la novia de Light. Si bien la diferencia con su original es evidente, ya que no está absolutamente enceguecida por su pareja como sucedía en el anime, también es cierto que logra aportarle a la historia un tinte más oscuro y ese sentido terrorífico de justicia que planteaba el manga japonés.

A pesar de ser introducida también a partir de un estereotipo –en este caso, el de la porrista enojada con la vida-, la muchacha representa con mayor fidelidad al Kira de la serie que el propio Light norteamericano. Interpretada por Margaret Qualley, reconocida por su rol en The Leftovers, la co-protagonista adopta un perfil un tanto psicópata con el desarrollo de la película, lo que ayuda a brindarle un rol atractivo y de vital importancia a lo largo de la misma.

La presencia de la Mia interpretada por Margaret Qualley le concede a la película un aura más oscuro y perverso.

Alejada del carácter espontáneo de Misa, la adaptación de Wingard nos brinda una figura que contribuye a la hora de poner el foco en el dilema fundamental de la trama, aquel que establece el límite entre lo que es justicia y lo que no. Aunque en este caso no se trate de una admiradora de Kira previa a su primer encuentro ni cuente con su propia Death Note, estas cuestiones se dejan de lado por el bien del desarrollo de la historia.

Si por un momento el espectador se olvida del hecho de que Light Yagami no tenía sentimientos hacia Misa ya que sólo parecía tener un profundo amor hacia sí mismo, el romance entre Mia y la interpretación de Nat Wolff ayuda a encarrilar la trama hacia el enfrentamiento con el archienemigo de Light: L.

Un rival acorde pero decepcionante

Podrá tratarse de una gran decepción para la mayoría de quienes vieron la serie, aunque lo cierto es que el némesis de Kira se adapta completamente a esta versión del mismo. En donde el joven Turner es impulsivo y guiado por sus emociones, L –el detective encarnado por Keith Stanfield que se contactará con la policía para ayudarla en la investigación relacionada con los crímenes cometidos- también se presenta por momentos como un hombre caprichoso con un juicio nublado y sin mayores certezas.

A diferencia de su versión japonesa, el L norteamericano resulta por momentos excesivamente temperamental.

Sin embargo, la problemática del manga se mantiene: el protagonista no conoce el nombre de L, y es por eso que no puede terminar con su vida a través de la libreta. A medida que la trama se desenvuelve, la tensión entre ambos individuos se acrecienta en tanto el asesor de la policía –liderada por nadie más y nadie menos que el padre de Light- está absolutamente convencido de que Light es Kira.

En cualquier caso, ambos personajes están cargados por un alto matiz dramático y anímico. Por eso mismo, la lucha intelectual entre ambos retratada por el anime se ve reemplazada por escenas más violentas –como una persecución a mano armada y una agresión en la casa de Light- que no tendrían lugar en la versión original. En todo caso, y para tratarse de un profesional, la forma alterada de ser de L no termina de convencer.

Y, si bien desde la posibilidad de autonomía de la película esta cuestión representa una alternativa interesante de plasmar un nuevo tipo de relación, tanto el constante anclaje con su contrapartida asiática como la conservación de ciertos rasgos -el interés del detective por los dulces y su forma inquieta y ansiosa de ser, por ejemplo- no se condicen con el enfoque de la película.

Cabe mencionar que los mayores momentos de clímax del anime se veían reflejados en los enfrentamientos dialécticos entre Light y L: se trataba de un sociópata y su digno Moriarty, quien tampoco dejaba que su juicio se nublara por sus sentimientos. En la alternativa estadounidense, ambos son más impulsivos que calculadores, y ya no representan una lucha de ingenios y morales sino que están desesperados por ganar la batalla que se ha generado entre los dos.

El gran punto a favor

Uno de los aspectos más esperados de la película era la presentación de Ryuk, con la voz de Willem Dafoe, el dios de la muerte que es el verdadero dueño de la libreta. Anunciado con la manzana que Light mantiene encima de su escritorio, cual fiel representación de la obsesión que el shinigami –como se denomina a esta entidad en la cultura japonesa- manifiesta tener hacia esa fruta en el anime, el personaje mantiene las cualidades propias de su versión original.

La interpretación de Willem Dafoe en el live-action de Netflix da en la tecla al mostrar un Ryuk mentor y tormento a la vez.

Si bien es cierto que la adaptación introduce a un Ryuk mucho menos curioso y asombrado por las formas humanas, también lo es que en esta oportunidad se le concede la habilidad de realmente manipular el desarrollo de las cosas de acuerdo a lo que está escrito en la Death Note, por lo que se lo ve representado como una criatura más cercana al concepto de dios de la muerte y no como mero espectador. 

El diseño del demonio se mantiene fiel al de la serie, y también es un gran punto a favor que nunca se lo vea por completo, sino más bien escondido en las sombras. Sus ojos brillantes son los que atraen la atención constante del espectador, y en este sentido se aporta al misterio y a la oscuridad propia del personaje.

Por eso mismo, aún cuando ya no se trata de un personaje harto de la eternidad y deseoso de divertirse, se adapta muy bien al estilo de la película y aporta ese costado perverso que anteriormente traía a la ecuación el personaje de Light Yagami.

Las decisiones artísticas

Uno de los aspectos menos sensatos de la realización de la película, quizás sea el montaje. Desde las muertes de las diferentes víctimas de Kira -presentan cortes demasiado veloces que buscan ser violentos pero no logran credibilidad y hasta parecieran tener un matiz cómico-, hasta la utilización de transiciones de escenas propias del anime como los barridos -que no se adaptan con el producto de Netflix-, el empalme técnico no termina de satisfacer al ojo del espectador.

Otro asunto que resulta un tanto extraño es la musicalización. La utilización ocasional de canciones lentas que no se adaptaban a las situaciones que se mostraban en pantalla –como es el caso de una de las escenas finales que, como tal, plantea una gran tensión dramática e implica una situación de vida o muerte- resulta en una suerte de ridiculización de lo que se está presentando. Es por eso mismo que, en el instante en el que se cruzan las miradas de Light y Mia frente a un inmediato enfrentamiento, el hecho de que suene el clásico de Berlin, Take my breath away, no ayuda a generar un ambiente de tensión.

Sin embargo, existe una cuestión a destacar y es la cinematografía del film, conducida por David Tattersall. En una interesante elección estética, recurre a las luces de neón en ciertas escenas tales como el primer encuentro cara a cara entre Light y L, ya que logran aportar mística, a la vez que centran nuestro ojo en el protagonista y hacen que todo a su alrededor desaparezca. La luminiscencia hipnótica de los neones presenta al protagonista como a una suerte de dios.

Una posible secuela

Mientras es cierto que la crítica no aclamó a la película, el director Adam Wingard declaró en una entrevista con The Hollywood Reporter que Netflix quiere por lo menos dos títulos más de esta propiedad. De ahí que el final abierto del film adquiera sentido, y la irresolución del conflicto entre Light y L de pie a otra eventual confrontación.

Wingard confía en la posibilidad de dos películas más y adelantó que “hay muchos lugares hacia los cuales llevar a Light”.

En conclusión, si bien Death Note no resulta una adaptación fiel al anime original, y en ciertos aspectos recae en los estereotipos propios de Hollywood, también es cierto que cuenta con algunos puntos a favor, como lo es la representación de Ryuk. Fuera de eso, la falta de complejidad de la historia y profundización de los personajes puede que se deba al poco tiempo que significa una película; de ninguna forma se podría conseguir lo mismo que el anime dirigido por Araki sin poder contar con los 37 capítulos de los que él se sirvió.

Pero la película carece de la autonomía suficiente como para sostenerse, pues constantemente remite a cuestiones y elementos de la trama original que no se adaptan a lo que quiere contarse en esta oportunidad. Si tan sólo se hubiera tomado la premisa, desligándola de los personajes y de la historia de los mismos, quizás la trama hubiera adquirido un mayor sentido y credibilidad.

En definitiva, el producto de Netflix no empieza a satisfacer a la base de fans de la serie ni termina por entretener al espectador no familiarizado con la obra de Ohba y Obata. Y, lejos de sentar las bases para una discusión filosófica sobre el bien y el mal, cae en la rapidez y el desinterés propios de un relato superficial.

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