Me odia

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Por María Soledad Rembado
Sin tabúes

A veces está en la computadora, trabajando, y lo siento. Yo me acerco con el café a la
mesa y le digo está el desayuno y el me responde ya sé y ahí es cuando me doy cuenta que me odia. No me lo dice, nunca, lo esconde ¿por qué no me lo decís?
Salimos con amigos y él hace chistes, se ríe, y ahí pienso que esto está muy bien, que la
pasamos bien, mirá como se ríe con mis amigos. Pero después, mientras esperamos el
colectivo se vuelve todo silencio, creo que tengo que cortarlo, astillarlo, querés que
caminemos un rato le digo, y sí, dale, me responde, que está linda la noche. Me odia. No
me lo dice, otra vez, prefiere no estar acá, prefiere estar viendo una serie y quizás tocarse
cuando la actriz aparece en ropa interior, ese momento en donde la trama deja de importar
porque estás cansado de estar sólo y fijas la mirada en el pezón que se trasluce bajo la
remera, y te tocás. Dejaste de pensar porque las ganas de sentir a otro se volvieron la
intención de cualquier tipo de tacto, el tuyo, por ejemplo. Bajás la mano y movés la lengua
adentro de tu boca, simulando algo, sin saber qué, te mojás los labios con la lengua y cerrás los ojos para visualizar algo más, sin embargo, sólo ves la imagen de la actriz en musculosa blanca sentada en la punta de la cama.
Pero está acá, caminando conmigo por Corrientes y no sabe cómo zafar. Pienso en
hacérsela fácil porque yo tampoco quiero ser esa persona, pero no puedo dejar de hablar y
él responde, a todo, con efusividad, claramente fingida, interés impropio. Callate, le digo. Y me pregunta qué pasa, qué pasa mientras yo empiezo a llorar sin darme cuenta, ¿por qué
estoy llorando, qué hacés Mariana? Pero no puedo parar así que para hacer como si nada
pasara busco los cigarrillos en la cartera y él me pregunta ¿estás bien, amor, estás bien? Y
lo miro. ¿Me dijiste amor, qué me decís amor si me odiás? Y me prendo un cigarrillo,
envalentonada. Ahora decímelo, ya está, yo me di cuenta. No me digas amor, no me
endulces la orejita aunque no le digo todo esto, sólo lo miro con el pucho apagado en la
boca y el maquillaje corrido por el llanto. Me abraza, porque no entiende y pienso bueno,
vamos viendo.

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