Colectivo trans ¿cuánto falta para la igualdad?

Tatiana Scorciapino

Tatiana Scorciapino

Redactora at Corriendo La Voz
Abogada en curso. Feminazi, bruja y abortera.
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Dentro de las distintas sexualidades y géneros disidentes que conforman el mapa de la lucha feminista y de identidad, el colectivo trans busca un espacio que le permita adquirir los derechos correspondientes y a sus miembros dejar de mantenerse apartadas y apartados de la escena. Transitando un camino de reconocimiento, de lucha, de dolor y totalmente cuesta arriba, reconocerse en otra identidad y defenderla hasta las últimas instancias puede ser, según el contexto social, económico y familiar, toda una batalla. ¿Qué dicen los números al respecto? 

Antes que nada, deberíamos definir qué es ser una persona trans para entender de qué estamos hablando. Cuando hablamos de trans, hablamos de una persona que nace con un sexo o género y se descubre de otro. Se descubre porque es como si, en realidad, el cuerpo se hubiera equivocado y debiera arreglarse. No hay un “cambio” sino una adaptación. Aquí se desprenden varias aristas: tran-sexual, persona que se somete a procesos quirúrgicos (de re-asignación de género) y hormonales para adaptar el cuerpo a la identidad percibida; trans-género, persona que vive su vida adaptándose al género percibido pero sin intervenirse quirúrgicamente; o travestis, que pueden o no tener una cuestión con la identidad pero se suelen vestir y actuar como socialmente se espera del género “opuesto” aunque no de forma constante. 

¿Cuál es la aceptación?

Por primera vez en 2012 el INDEC en conjunto con el INADI realizó una encuesta sobre población trans y travesti y reveló datos alarmantes: entre otras cosas, registró que el 85% de la gente encuestada sufrió hechos de discriminación en la vía pública por desconocidos. El colectivo trans no vive en paz. La constante discriminación y marginación a las y los que son sometidas y sometidos, se lleva a cabo gracias a un estado ausente que busca disciplinar antes que brindar todas las herramientas necesarias para tener una vida como cualquier ciudadana o ciudadano merece – y tiene el derecho de – tener.

En promedio, sólo el 14% del colectivo termina sus estudios secundarios, esto se debe principalmente a la falta de políticas, la discriminación y el constante castigo social (físico o psicológico) que sufre una niña, niño o adolescente que decide adaptar su género. La falta de apoyo familiar es un ítem esencial: son predominantes los casos donde no aceptan la decisión tomada por su hija o hijo – nieta o nieto – sobrina o sobrino. Las y los juzgan y apartan de su ‘núcleo’ causando una tristeza irremediable, ya que el 40% de la población se suicida por la falta de algo tan simple de dar, cariño.

El no poder terminar los estudios desarrolla un sin fin de factores desencadenantes. La falta de acceso a un trabajo digno: sólo 1 de cada 10 hombres y mujeres del colectivo tienen un trabajo formal con aportes jubilatorios, mientras que un 80% ejerce la prostitución. La ley 14.783 ó ley de Cupo de Trabajo trans (recibe también el nombre ley Diana Sacayan en honor a una de sus impulsoras asesinada por su pareja un mes después de haber sido redactada la ley) obliga a que todo empleo público cuente, al menos, con un 1% de puestos proporcionados específicamente a personas trans y travestis, pero lamentablemente, todavía no está siendo implementada. La aprobación de esta ley ayudaría a abrir, por lo menos, 6.000 puestos de trabajo para el colectivo trans, lo que ayudaría a mejorar notoriamente su calidad y esperanza y calidad de vida.

Violencia y abandono institucional

La desprotección estatal generó que el promedio de vida sea tan solo de 40 años. El abandono del sistema penitenciario hizo que perdamos la vida de dos compañeras en lo que va del 2017:

Angie Velasquez (39) fue detenida el 18 de febrero de este año. Estaba privada de libertad en la unidad N° 22 de Olmos, luego de ser trasladada en varias ocasiones, obligada a compartir celda con varones y sin proporcionarle su medicación, padecía una enfermedad crónica, la cual empeoró. Al enterarse de esto, sus compañeras y compañeros de OTRANS fueron a visitarla. Cuando llegaron les dijeron que no podían ingresar porque Angie ‘estaba descompuesta’. Una hora después les informaron que estaba muerta.

Pamela Macedo Panduro (27) estaba privada de libertad, luego de que su casa haya sido allanada y la acusaran por narcotráfico. Fue detenida en una comisaría de Ensenada y luego la derivaron a la unidad N° 32 de Florencio Varela, donde estuvo hasta el 23 de diciembre del año pasado. Luego de sufrir una descomposición, el 1° de Enero de este año, falleció. Ambos casos coinciden en terminar con una muerte donde los culpables son el abandono y la discriminación. Y peor aún, muertes que podrían haber sido evitadas.

Aumentan año a año la cantidad de crímenes de odio hacia las y los trans y travestis, lo que nos hace estancar cada vez más en materia de inclusión. El último caso que alcanzó gran relevancia fue el travesticidio de Azul Montoro (23), una trabajadora sexual que se encontraba cuidando la habitación de su amiga en una pensión de Córdoba, a tres cuadras de donde trabajaba. La encontraron muerta con 19 puñaladas al lado de su perro, al que también habían matado y hasta cortado una oreja. Odio, sólo eso explica semejante acto. El día de hoy imputaron a Fabián Alejandro Casiva, el principal sospechoso, por homicidio agravado por violencia de género, utilizando por primera vez en la provincia de Córdoba la figura de femicidio aplicada a una integrante del colectivo trans. 

El 24 de Marzo de 2016, mientras se conmemoraban los 40 años del golpe militar, organizaciones LGTBI convocaron un gritazo alrededor de la plaza (simbolizando la caminata de madres y abuelas) donde se leyó un documento que, entre otras cosas, señalaba: ‘a las y los travestis y trans nos matan y nuestras muertes no interpelan ni son motivo para reclamar justicia como otras. Para la sociedad y para El Estado, nuestra muerte, así como nuestra vida, no valen nada, no es una vida digna de ser vivida en igualdad de condiciones como la vida de cualquier ciudadano común. Necesitamos casa, trabajo, salud, educación y reparación, y para ello, claro, estar viva/os’.

El 18 de noviembre se viene una nueva marcha del Orgullo. Es una nueva oportunidad para salir a las calles y reclamar que, de una vez por todas, no falte ni unx menos.

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