Ahora que no nos ven

Blas Martin

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Redactor at Corriendo La Voz
Bahiense, daltónico y tesista: tres dolencias crónicas. Docente y comunicador.
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Los últimos meses hicieron aún más evidente una realidad incómoda y novedosa para buena parte de los varones: el movimiento social que está escribiendo nuevas páginas de la historia nos ubica fuera del centro. ¿Qué hacer? ¿Surfeamos o barrenamos la ola? ¿Nos limitamos a acompañar o podremos asumir de una vez un rol activo en torno a nuestras masculinidades?

– Me la seca verte compartir cosas sobre el patriarcado.
– A ver, por qué, contame.
– Porque siento que no te portaste muy bien conmigo.
– Eso no tiene nada que ver con el machismo…

La conversación no sólo está basada en hechos reales, sino que muches podrían reconocerse en la misma. Ese breve extracto nos ofrece dos imágenes recurrentes: por un lado la dislocación entre discurso (publicaciones en redes sociales) y práctica (relación sexo-afectiva), y por otro lado la dificultad de (sobre todo) los varones para entender sus conductas como machistas.

Escenas como esta, en las que podemos reconocernos los varones-cis (mosaico desde el cual se para este servidor) son varias y diversas. Es que, reconocer las violencias sufridas por le otre y empatizar con quienes las sufren es casi materia obligatoria de cualquier ser de la clase media blanca ‘bienpensante’, pero sentirse afectado por esas violencias en tanto artífice de las mismas, se vuelve cuesta arriba. Más fácil es portar pañuelos verdes, asistir a marchas feministas y discutir con nuestras compañeras por qué sí es necesario que estemos allí, más no sea a un costado. Más sencillo es acompañar, más o menos conmovidos por un movimiento que está librando una batalla cultural más intensa y genuina que cualquiera de las que los grandes entramados partidarios propone. ¿Es ese el único papel que queremos asumir?

Claro que no, también nos gusta cuestionar las alianzas políticas que tejieron las feministas en un cabildeo sin precedentes y que logró que el debate por la legalización del aborto llegue hasta Senadores. ¿Será que las formaciones políticas tradicionales se ven impotentes e incapaces de capitalizar bajo sus banderas los avances del feminismo? ¿O es sólo mansplaining (y nos gusta)?

También es cierto que esta cuarta ola del feminismo ha parido (sí, también eso le debemos) un florecimiento de grupos y talleres de varones antipatriarcales, en deconstrucción, desarmaderos, etc. Los hay hacia el interior de muchas organizaciones y los hay coordinando diferentes espacios. Este año se desarrollará en nuestro país un nuevo Encuentro Latinoamericano de Varones Antipatriarcales y se espera, en este contexto, una amplia convocatoria. Claro que, también, dentro de esos grupos es necesario intervenir para lograr superar imposturas y generar un ambiente que propicie a ir más allá de intervenciones orales. Poner el cuerpo, que le dicen, y abandonar de una vez de la parodia de vestuario de Cebollitas en la que cantamos “Fue culpa mía…”

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Raewyn Connell es una socióloga australiana que en los noventa acuñó el concepto de masculinidades hegemónicas. Señala que la masculinidad no es un tipo fijo, sino que ha ido mutando, y que encuentra diferentes relaciones en su interior, entre las que podemos encontrar las masculinidades hegemónicas. Aquí podrían entrar las características asociadas al estereotipo de macho: fuerte, proveedor, duro, insensible, heterosexual, cuya práctica está orientada a sostener su posición dominante y la subordinación de la mujer y las disidencias en la estructura social. Claro que ninguno de nosotros, varones en deconstrucción/ desarme/ cuestionamiento/ feministas se reconoce en ese lugar: hemos logrado, con mayor o menor dificultad, abandonar alguno de todos esos lugares que casi con seguridad hemos habitado en algún momento. Ahora, ¿eso es todo? ¿Abandonamos ese sitio y #YoYaGané?

Connel habla también de las masculinidades cómplices, que serían aquellas configuraciones del género masculino que permiten seguir usufructuando los privilegios del género asignado sin asumir los costes de ocupar la vanguardia machirula. Así, podríamos permitirnos llorar al final de una película y cuestionar la cosificación femenina en los medios de comunicación, pero actuar desafectados en nuestras relaciones sexo-afectivas. O participar en multitudinarios talleres de varones pero asistir obediente a la conversación misógina y homófobica de grupos de amigotes en medio de un asado o un grupo- de Whatsapp.

Como varones en reflexión reconocemos la violencia intrínseca a la distribución de géneros, en la que somos víctimas y opresores, pero visibilizamos más unas que otras. Basta con ver cuántas de las denuncias, escraches y #MeToo compartimos por redes sociales, replicando las experiencias sufridas en carne propia por mujeres y disidencias, y cuántos escritos hicimos reconociendo y detallando casos puntuales en los que nos reconocimos como victimarios (destratos, manipulaciones, abusos). Mejor bajo la alfombra.

¿A cuánto de lo que somos estamos dispuestos a renunciar? Puede ser una buena pregunta para comenzar. El problema puede aparecer al ver que la identidad se sostiene y se reproduce en función de los espacios que habitamos (orgas, asambleas, espacios de trabajo) y de nuestras relaciones personales (grupos de amigues, familia), unos y otras atravesados por las mismas dinámicas patriarcales. Renunciar a los dividendos del género implica una renuncia más amplia, más violenta. Implica dejar de hacer lo que se espera de uno en tanto macho y que tiene un precio alto: la muerte subjetiva. Para no ponernos demasiado hegelianos, basta con citar la consigna feminista Muerte al macho, tan difícil de entender para muches. Y como todes sabemos, morir no es algo placentero.

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¿Podemos transformar organizaciones políticas tradicionales, con sus comités de moral y sus tribunales de ética, con su rosca y sus prácticas punteriles, en espacios antipatriarcales? ¿Podemos pedirle a la institución familiar que deje de ocupar su lugar nuclear en la estructura heteronormativa? ¿Qué hacemos? Hacernos preguntas es un buen comienzo, pero ya venimos algo retrasados y nos toca buscar respuestas.

Quizá sea un poco tarde para dar un aviso parroquial, pero no queríamos spoilear: no, no tenemos aquí las respuestas. Sí podemos dar cuenta de la necesidad de nuevos guiones, escritos por nosotros. Una paradoja (y no tanto): mucho de lo que se ha escrito en torno a las masculinidades y a la necesidad de que los varones hagamos algo más que acompañar, está firmado por mujeres. No queremos que mamá nos diga qué hacer porque estamos grandes, pero allanamos el camino para que sean nuestras compañeras las que nos despabilen a cada rato.

Construir y participar en espacios de varones es necesario en tanto habilita la potencia de lo colectivo, aunque no sea sencillo afectarse en las primeras oportunidades, ni suficiente. El cuestionamiento debe estar en todos los frentes: en nuestras relaciones cotidianas, en señalar a un compañero cuando tiene una actitud micromachista y en no refunfuñar cuando nos la señalan a nosotros; en escuchar a las compañeras; en nuestros consumos culturales, en qué músiques/autores seguimos y a qué ciclos asistimos; sobre qué temas escribimos; qué prácticas sexuales privilegiamos, cómo dialogamos con el cuerpo de le otre; qué pensamos y cómo nos comportamos cuando nadie nos ve. Sin alardeos ni imposturas. Menos stories y más acción.

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