WESTWORLD y la eterna pregunta: ¿Somos realmente libres?

Belén Lescano

Belén Lescano

Redactora at Corriendo La Voz
Licenciada en Comunicación Social. Ariana. Fan de los soundtracks. Nolite te bastardes carborundorum.
Belén Lescano

Desde sus inicios, HBO fue sinónimo de calidad. Sin embargo, después del éxito que significó Game of Thrones parecía poco probable que la cadena produjera otra ficción de la misma magnitud tan rápido. Pero pasó, y en 2016 llegó Westworld.

La serie creada por Lisa Joy y Jonathan Nolan ya cuenta con dos temporadas y aunque sea una distopía ligada al género de la ciencia ficción, está llena de las mismas preguntas filosóficas que podemos plantearnos hoy.

Westworld es uno de los parques temáticos al que las personas más poderosas e influyentes del mundo van a desatar sus deseos, pasiones y todo lo que no pueden ser y hacer en el mundo real. Apenas pisan este mundo de fantasía, los guests o invitados se visten con las ropas típicas de las películas Western y se sumergen en las profundidades de las narrativas que les propone la mente brillante de Robert Ford, interpretado por Anthony Hopkins.

Anthony Hokpins como Robert Ford, una de las mentes detrás del parque de Westworld.

Pero allí los humanos no están solos. Los hosts o anfitriones son los robots creados especialmente para ser utilizados por los guests, con la particularidad de que no son como los imaginamos hoy. En el 2052, año en el que se desarrolla la serie, la realidad virtual parece haber dado un salto gigante porque saber quién es robot y quién humano no es tan fácil de distinguir.

La única forma de reconocerlos dentro del parque es disparándoles con una pistola. Los que mueren son los que fueron realizados gracias a los avances tecnológicos y aquellos que no, están hechos de carne y hueso. Por eso los guests usan a los hosts a su antojo: los golpean, los matan, tienen sexo con ellos y todo queda guardado allí, en secreto.

Metáforas y analogías

Hasta acá todo parece ser una descripción simple de lo que hacen los ricos en su tiempo libre. Pero ¿qué ocurre cuando los robots que son reconstruidos para funcionar nuevamente como juguetes de los humanos, comienzan a recordar la violencia que ejercieron sobre ellos?

¿Qué pasa si en estos aparatos tecnológicos que, casualmente tienen apariencia humana, despierta una especie de conciencia que los hace pensar, atravesar sufrimiento y relacionarse más allá de los límites de lo que aprendieron cuando fueron programados? En primera instancia, lo que aparece en los robots es una sed de venganza y búsqueda de justicia, sentimientos que parecen imposibles en máquinas, pero que se asocian directamente con los sentimientos humanos. 

Allí es donde la serie toma otro color y transforma la relación humanos-robots en una cuestión ética, y, en última instancia filosófica. Porque al plantearlos casi como idénticos, con la misma capacidad de reflexión y crítica, convierte al “nosotros” y “ellos” en un espejo enorme en el que no quisiéramos reflejarnos.

Bernard Lowe (Jeffrey Wright) frente los grandes avances de la tecnología.

En este sentido, Westworld no sólo deja entrever una visión negativa con respecto a que tarde o temprano la tecnología “se nos volverá en contra” y nos ganará, aunque nos creamos superiores a ella porque podemos manejarla a nuestro antojo. También busca enfrentarnos a esas acciones y pensamientos negativos que, muchas veces, ocultamos o creemos que sólo están en los demás.

En todo momento los robots se cuestionan la naturaleza de su realidad: ¿Somos reales? ¿Es esto que estamos viviendo real? La serie desliza la idea de que lo real es “aquello que es irremplazable”, pero no siempre está de acuerdo con esto. Por eso, más allá del aspecto tecnológico, la serie tiene mil capas, mil aristas para analizar y resulta mucho más actual y anclada a la existencia humana de lo que imaginamos en una primera mirada.

Esta cuestión se complejiza al advertir que las dos temporadas de Westworld están planteadas desde el punto de vista de los anfitriones, por una razón específica. Ellos son los representantes de cualquier grupo oprimido a lo largo de la historia de la humanidad: mujeres, negros, indios, etc.

Los hosts son quienes, de estar viviendo en un “sueño profundo” en el que no tienen noción de lo que los humanos hacen con ellos, despiertan, toman conciencia de su realidad y quieren cambiarla. Esto explica por qué el escenario principal donde se desarrolla la serie sea el parque que está ambientado en el Lejano Oeste estadounidense: el siglo XIX fue símbolo de la expansión territorial y avance industrial norteamericano. Sin embargo, desplazó y oprimió a sus ancestros y sus culturas en el camino. Por ende, Westworld encarna una gran analogía con el pasado, el presente y el futuro de la colonización en occidente.

Akecheta (Zahn McClarnon) en Kiksuya, uno de los mejores episodios de la segunda temporada de Westworld.

Como consecuencia, otra de las aristas interesantes que pone en jaque la serie es la cuestión de la identidad. Una vez que los hosts se preguntan por la naturaleza de su realidad, comienza a surgir en ellos la duda de quiénes son, cuál es su propósito. En efecto, este tipo de reflexión es extrapolable a la que solemos hacernos los humanos. ¿Quiénes somos? ¿Somos nuestros recuerdos, nuestros sueños, nuestros deseos? ¿Qué pasa si, como les sucede a los hosts, permanentemente alguien borra nuestros recuerdos? ¿Seguimos siendo nosotros, o ya perdimos eso que nos hace únicos?

¿Determinismo o libre albedrío?

“No hay un umbral que nos hace superior a nuestras partes. Ningún punto de inflexión cuando cobramos vida absoluta. No podemos definir la conciencia, porque no existe.

Los humanos creemos que hay algo especial en como percibimos el mundo, pero vivimos en loops, tan concisos y cerrados como el de los anfitriones. Rara vez cuestionamos nuestras elecciones. Nos conformamos con que nos digan qué hacer”

(Robert Ford, Westworld – Temporada 1, episodio 8: “Trace Decay”)

Una pregunta filosófica que tiene incontables siglos y aún no podemos responder del todo. ¿Actuamos en función de nuestro propio pensamiento y lógica o no importa lo que hagamos, porque hay algo o alguien superior que ya determinó nuestras acciones y las cosas que van a sucedernos? ¿Realmente podemos tomar nuestras propias decisiones o estamos ya demasiado afectados y afectadas culturalmente y es muy difícil salir de ese círculo vicioso?

Acá entra en juego lo que conocemos como “deconstrucción”. Poder analizar qué aprendimos hasta ahora, cuestionar, poner en duda esas ideas que forman parte de nuestra cultura y, eventualmente, empezar a pensar de otra manera. Particularmente en Westworld, esta cuestión se problematiza en tres de sus personajes principales:

DOLORES. Si bien la serie maneja varias líneas temporales que vuelven muy compleja su trama (por eso a muchos les recuerda a Lost), la primera temporada de la serie está contada prácticamente desde el punto de vista de Dolores (Evan Rachel Wood), la host más antigua y la cara de la revolución contra la especie humana. Esto es algo que podemos asumir por la estética de los episodios: Westworld se reinicia cada vez que Dolores despierta de su “sueño” y comienza a llevar adelante su narrativa como hija de un granjero, sin tener noción de ello.

Ella es la que atraviesa el cambio más radical en cuanto a su personalidad, a su manera de ver a los humanos y al mundo real. Es quien nos lleva, sobre todo en la primera temporada, a generar empatía con el “nosotros” hosts y sentir rechazo por los guests que son presentados como ambiciosos y egoístas. Ella toma conciencia y reconoce en la humanidad, a través de la figura de William (Ed Harris), el humano que se obsesionó con el parque, lo que en inglés se llama God complex: ese complejo de creerse invencible, inmortal, superior, con capacidades que generalmente se le asocian a los dioses. 

BERNARD. La estética de la segunda temporada responde claramente al estado de confusión mental que nos presenta Bernard (Jeffrey Wright). Conocemos quién es y cuál es su propósito al mismo tiempo que él, por lo que es uno de los personajes más enigmáticos de la serie.

En su caso, el binomio determinismo – libre albedrío se torna un asunto central. Por momentos no queda del todo claro si actúa en base a su poder de decisión o aún se ve haciendo cosas con las que no concuerda. Acá es donde se puede ver una pelea entre lo quiere y lo que debe, lo que es moralmente correcto y lo que para él no.

MAEVE. Como host, es de las que presenta más coherencia en sus acciones y en quien podemos ver empatía no sólo con los de su misma especie, sino también con los humanos que muestran algún sentimiento positivo. Mientras Dolores desarrolla una conciencia fría y racional, Maeve (Thandie Newton) se caracteriza por ser pasional, protectora y compasiva.

La diferencia entre ellas, para generar distintos tipos de personalidad, radica en el punto de inflexión que hizo despertar sus conciencias. Dolores toma noción de su situación de esclavitud y decide cambiarla. Maeve también lo hace, pero a partir de una vivencia más personal y familiar. Esto la aleja de la lucha y revolución contra los humanos porque encontró otro propósito, algo que para ella le otorga un sentido a su existencia.

Una estética hipnótica

Párrafo aparte merecen la banda sonora, los efectos especiales y las imágenes imponentes que presenta Westworld. Porque no es suficiente con las diferentes capas narrativas, la propuesta de varias líneas temporales que aumentan la intriga y la confusión, y los monólogos poéticos cargados de reflexiones filosóficas como pocas veces exploró una serie.

La puerta de entrada es el opening credits. La ficción nos recibe con una melodía atrapante a cargo de Ramin Djawadi (el mismo que compuso la banda sonora de Game of Thrones) y una serie de imágenes en blanco y negro que juegan con la luces y sombras y la metáfora del nacimiento, los cuerpos, la mente y el aprendizaje.

Plano del opening credits de Westworld.

Una vez que ingresamos en este mundo de ciencia ficción, la música continúa siendo un pilar a través de las versiones instrumentales de canciones populares como Paint it black de los Rolling Stones, Back to back de Amy Winehouse y Seven Nation Army de The White Stripes, que acompañan a la perfección y realzan el dramatismo de las escenas de acción.

Con todos estos elementos, Westworld se posiciona como una de las ficciones más complejas y fascinantes de la televisión actual. Sobre todo, cuando pensamos en el final de la segunda temporada, que tuvo una escena post créditos que nos dejó más confundidos que nunca. Por lo pronto, nos atrevemos a imaginar que la historia ya no pasará por el parque del lejano oeste, sino que cruzará sus fronteras hacia el mundo real. Como siempre en una serie de estas características, sabemos que la espera por la tercera entrega será larga, pero valdrá la pena.

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