Viralización y megaoferta de fuentes: nacimiento de la posverdad

Gabriela Krause
Redes:

Gabriela Krause

Editora at Géneros
Periodista | Escritora | Editora de Géneros y Breve Eternidad | Poeta | Feminista | En mis ratos libres sueño con armar una banda disidente.
Gabriela Krause
Redes:

Latest posts by Gabriela Krause (see all)

Una vez más, estamos asistiendo a un diciembre cargado de violencia sistemática. En el marco de una convocatoria del pueblo por la reforma previsional que se debía discutir en el Congreso de la Nación y que, debió levantarse, las fuerzas represivas del Estado dispararon con balas de goma y gases lacrimógenos vencidos a diestra y siniestra. Hubo mucha movida en las redes sociales, de ambos lados de la famosa “grieta”, que ahora nombramos porque es la que divide la defensa de los Derechos Humanos y la defensa de la autoridad. Pero en la vorágine, ¿nos paramos a chequear lo que compartimos? Sean todos y todas bienvenidos a la era de la posverdad.

No es un secreto a voces: cuando las papas arden en la calle, las movilizaciones populares se llenan de cámaras y cronistas independientes que buscan retratar la realidad que los grandes medios tratan de ocultar. Pero también existe Twitter, que parece el nuevo Google, y también existen los twitteros, que parecen, cada tanto, ser los nuevos periodistas.

Cuando empieza a circular información, sobre todo cuando esta información se titula “urgente” y de necesaria difusión, a veces hay una reproducción irresponsable de la misma. Las funciones retweet y compartir, la sed abismal de likes y reconocimiento, son armas de doble filo siempre recién afiladas por una mano que no es la nuestra. En este sentido, muchas veces asistimos, como espectadores o perpetradores, a las consecuencias de la falta de chequeo de la información.

Twitter y Google, no son fuentes

“Parece que están reprimiendo en el Congreso”. Asumo que es un mensaje que muchos habrán recibido por WhatsApp. Casi una cadena, ¿no? pero una cosa más rústica, más auto-convocada. La era virtual chupa todo y lo devuelve en bytes. Esto es, a su vez, herramienta de transformación y pala para cavar nuestra propia fosa.

¿Qué hacemos cuando nos llega la información? Nobleza obliga: yo también googleo y chequeo Twitter. Pero es importante tomar con pinzas todo lo que leemos hasta que pueda chequearse con veracidad. Google, por ejemplo, es tremendo: no hace falta más que poner la palabra “incidentes” (que es el nombre que le dan a la represión los medios hegemónicos) y elegir la pestaña de “noticias”. Después, hay que hacer un recorrido mediático. Con los grupos mediáticos nunca se sabe.

¿Twitter es más irresponsable? Se podría decir que sí, pero, al menos, quienes escriben no esgrimen su profesión periodística como si ella los convirtiera en dueños de la verdad. Así y todo, el contenido viral es peligroso por varios motivos: desinforma, deslegitima la realidad, trastoca la lucha, expone y un montón de variables más.

La viralización y la posverdad: una historia de amor

¿Qué sería de una sin la otra? Posverdad, concepto de la era de la megaoferta de fuentes digitales, es una forma de llamar a la mentira, pero disfrazada. Parece recién salida de un diccionario de neolengua, el idioma cada vez más reducido que se plantea en 1984. Y en este sentido es digno de analizar: según la novela de Orwell, la neolengua nace porque quien carece de palabras no puede pensar. Entonces, es mejor contar con los conceptos “verdad” y “no-verdad”, en lugar de “verdad” y “mentira”, porque, encima, se van borrando lentamente los conceptos antónimos, quitándole fuerza a lo repudiable de la negación de la realidad.

La posverdad va un paso más lejos que Orwell: en lugar de admitir abiertamente la negación, es decir, la no-verdad, se le da un carácter de “pos”, dando a entender que es la verdad que viene a nosotros después de la verdad. Rebuscado, ¿no? pero útil. Con la posverdad, asistimos a una manipulación de la información verídica que no parece venir de ningún lado porque – esto es muy siniestro – somos nosotros mismos quienes nos encargamos de reproducir esta información que, por lo que a nosotros respecta, puede venir tranquilamente de una central de trolls.

Megaoferta de imágenes: viralización de contenido que ya caducó

Esta imagen, fuertísima, fue, contra todo pronóstico, una de las más difundidas antes, durante y después de la represión que se dio en el Congreso en el marco de la votación por la Reforma Previsional en la Cámara de Diputados. Contra todo pronóstico, la gente indignada con las fuerzas represivas compartió sin parar una imagen que no era de ayer, que no se dio en nuestro país y que no tiene nada que no pueda verse si se sigue mirando en las redes, en los medios alternativos y en la mismísima calle, lo que está sucediendo.

Ni siquiera el uniforme es de acá. Vamos a ver: podría compartirse esta imagen sin parar con una comparación trazada respecto al sistema capitalista y represor que gobierna en todo el mundo, si tenemos en cuenta que la imagen original es de España. Pero no. Se comparte así, irresponsablemente, con quejas sobre el accionar policial de nuestro país, con quejas sobre el trato a los jubilados en el marco de la Reforma Previsional. Y esto le sirve al oficialismo, no así a la oposición. Es fácil deslegitimar una lucha si se puede argumentar claramente en contra de la reproducción de su información.

Otra imagen viralizada fue ésta, que también podría retratar perfectamente la jornada de ayer, pero no le pertenece. La imagen en cuestión es en pleno 2001, pero quienes la comparten insisten, escribiendo “Argentina 2017”. Sabemos que no hay una intención de dañar: no vamos a pegarle a quienes quieren apoyar la lucha popular. Pero hay un daño real, explícito, palpable. Y una necesidad de concientizar responsablemente sobre el uso correcto de la información verídica entre tanta posverdad.

La paz es la guerra

Otro concepto orweliano que viene dando vueltas en estos tiempos son los slogans del Partido de Ingsoc (socialismo inglés) que predomina en Eurasia:

“La guerra es paz,
la libertad es esclavitud,
la ignorancia es la fuerza”.

Una bajada contundente: sin antónimos no puede jamás haber oposición. Si no existen los conceptos contrarios, ¿cómo pensar un detrimento de las ideologías oficiales? Así, el IngSoc mantenía una sociedad dormida sin preguntas. Un poco como se puede ver en la clase media de nuestro país.

Esta imagen, cosa bárbara, transmitida por TN, tiene un poco de ésto: la paz es la guerra. Nos implantan un zócalo con las palabras de Marcos Peña: “lo importante era transmitir este mensaje de paz”. Del otro lado, nos muestran imágenes de un Congreso totalmente militarizado, sin tintes grises y sin vergüenza. Eso es la paz para quienes nos gobiernan: mantener el “orden público” a toda costa. Pero, ¿es ésto la paz para el pueblo? Algunos habitantes, sedientos de Justicia, parecen creer que sí, y no conformes con la magnitud de la persecución descarnada de ayer, piden más.

¿A quién le conviene la posverdad?

Si hay un “progreso” comunicacional, mediático y tecnológico, es lógico que empiecen a florecer nuevos conceptos hasta ahora desconocidos. Para explicar las cosas nuevas, parece ser necesario validar palabras nuevas. Así, no sólo asistimos al nacimiento de la posverdad, sino que se inventan un montón de palabras nuevas, asociadas a las nuevas corrientes, que nos vienen a explicar el carácter y la funcionalidad de las cosas. Estos conceptos son, muchas veces, importados de otras culturas, y muchas otras veces implantados por el mismo poder.

El crecimiento de los trolls macristas que se puede ver en las redes sociales establece una verdad incuestionable: la posverdad le conviene al oficialismo. De ella se valen para implantar rumores, teorías conspirativas y para romper con la realidad. Quien ve la política y la realidad actual por los lentes del pajarito de 280 caracteres, puede confundir fácilmente la información chequeada de la información implantada. No hace falta más que ver el modus operandi del macrismo en los últimos tiempos: se tira un rumor respecto a nuevas medidas, y se espera para confirmarlo según las reacciones “populares” en las cuentas de quienes comienzan a twittear en consecuencia. Así, van midiendo. Así, con encuestas y con rumores y sus respuestas. Twitter es un termómetro pero también es su cura: si la gente no dice lo que ellos dicen, los trolls se encargan de hacerle creer a los adeptos al gobierno que, en realidad, es eso lo que necesitamos. Si miramos el tweet de Lilita Carrió que la gente parece creer que fue el causante del freno del DNU que intentaron sacar, lo podemos ver fácilmente: ni la diputada electa por Cambiemos se salva. Hasta a ella le largan los trolls si no resulta su discurso funcional.

“Lilita, son ellos o nosotros: no queremos ser Venezuela”, le sueltan para imponer un pensamiento quienes operan para el poder o quienes no entienden que Venezuela está como está justamente por la imposibilidad de reconciliar al pueblo con el pueblo mismo.

Ellos o nosotros

No son ellos o nosotros. Al menos, no en ése sentido. Son ellos o nosotros si pensamos en ellos como un puñado de empresarios tomando decisiones en nuestro nombre y en nosotros como el pueblo, una unidad que no se puede agrietar. Pero la grieta existe y no es entre kirchneristas o macristas, sino entre quienes abogan por los derechos adquiridos y quienes defienden el saqueo impopular. Si queremos salir de esta, si queremos que dejen de matarnos, debemos abolir esta posverdad generando una fuerte y sólida resistencia popular. Cuando la panza cruje, cuando los derechos tambalean, la lucha está en la calle, uno de los pocos lugares que todavía escapan, a los tumbos, de la temida y cada vez más universal posverdad.

Comenta

Print Friendly, PDF & Email