Vía libre a la represión

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Periodista | Editora de Géneros y Breve Eternidad | Poeta | Feminista | En mis ratos libres sueño con armar una banda disidente.
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En el día en que se volvió a intentar obtener el quórum para discutir la reforma previsional, el Congreso amaneció cargado. En las redes sociales no se hablaba de otra cosa: por un lado, quienes saldrían a manifestarse en defensa de los derechos difundían por todos los medios estrategias de defensa frente a una posible represión. Por otro lado, un fuerte operativo de trolls y afines al macrismo se encargaba de dejar el escenario propicio para justificarla, en caso de que llegara. Los medios enviaban cronistas y fotógrafos al escenario. Y la policía…

En teoría, antes de que comience el despliegue represivo que después fuimos obligados – no invitados – a ver, el operativo estaría a cargo de la policía de la Ciudad. Esto, sin ser claro ni honesto, sólo decía una cosa: vamos a correr a Patricia Bullrich del eje de la cuestión, vamos a darle el juego a otra fuerza. Pero desde temprano – antes de que comience la votación – asistimos, como espectadores en vivo o como protagonistas en directo, a una violenta represión que comenzó, como siempre, con unos pocos que dieron inicio a los disturbios.

Infiltrados ¿sí o no?

Hay algo casi ingenuo en seguir estableciendo que todo aquel que inicie disturbios es un infiltrado. No. No es así. No vamos a negar lo obvio, infiltrados hubo y habrá aunque no lo podamos comprobar fehacientemente. Basta ver las imágenes de policías de civil, con bandanas en la cara y encapuchados deteniendo manifestantes. Pero tampoco podemos negar lo evidente, si la magnitud de violencia es tal, es porque hay manfiestantes que también se cansaron de que esta fuera unilateral. Si son funcionales o no al megaoperativo que montaron las fuerzas de seguridad, es un debate que se tiene que dar pero no mientras seguimos localizando heridos y detenidos. Pero digamos algo más real aún: la cantidad de manifestantes “violentos” no se condice, ni por asomo, con la cantidad de heridos y detenidos cazados en razzias por parte de los miembros de las fuerzas represivas. Quienes se manifestaron “pacíficamente”, sin embargo, fueron también violentados por los que siempre lo hacen, las fuerzas del Estado. Seamos claras y claros, violencia viene de igual manera y de manera cotidiana de arriba hacia abajo y cada día más.

Fuerzas de (in)seguridad

Como dijimos, empezamos el día asistiendo a la seguridad que querían imponernos desde el gobierno, como intentando tranquilizarnos porque, esta vez, el operativo dejaba afuera a la gendarmería que comanda nuestra ministra de seguridad, Patricia Bullrich. Esto, más allá de toda discusión política, parece casi tragicómico si tenemos en cuenta que las fuerzas asignadas para la jornada son las mismas que reprimieron el Borda y la Sala Alberdi en 2013 y se conformó – inicialmente – de policías obligados a retirarse. No son pacíficos. No son pragmáticos. Son fuerzas represivas que no dudan a la hora de disparar contra el pueblo. El mismo pueblo del que salieron, por supuesto. El mismo pueblo al que hoy se quiere saquear, simulando una democracia de cartón, en una votación que no contempla la crudeza de la represión por fuera del recinto.

Así y todo, tampoco la policía de la ciudad terminó actuando sola. Es verdad que prepararon, todos juntos, el escenario propicio para justificar una cruenta represión y pedir refuerzos de aquellos que supuestamente no intervendrían. Así, con el correr de las horas, terminamos una vez más observando cómo – lo que empezó con la fuerza de las armas porteñas – culminó con el apoyo de los efectivos, con sus armas, de infantería, gendarmería y la Policía Federal.

“Están desatados”. ¿Quién se salva?

Hace más de una semana que estamos asistiendo a represiones sistemáticas en varios lugares del país. Como siempre, y sobre todo si estamos en Buenos Aires, la coyuntura nos corre y nos enteramos, más que nada, lo que pasa por estos pagos. Esto es así, pero no es todo lo que pasa. Hace varios días ya que reprimen en el interior, en Capital, en La Plata y en todo el mapa argentino. Y no sólo eso: estamos asistiendo a un recrudecimiento que termina resultando aterrador. Ya es la cuarta represión fuerte que vivimos en Buenos Aires, desde el martes hasta hoy. Los números van subiendo: todavía sin un resarcimiento a los y las detenidas de la marcha del jueves, volvemos a chequear desesperados cómo sigue todo, porque todos y todas tenemos gente que todavía no pudo llegar. Las cifras ascienden. Más de 50 detenidos, más de 80 heridos, un puñado de gente que todavía no se sabe dónde está. Y más y más fuerzas represivas en la calle. Y el Congreso de la Nación, donde se debate nuestro futuro, parece tener gente que todavía no se enteró.

¿Cómo puede ser que la sesión no se levante?

El jueves también hubo un pedido: que se levante la sesión. Se levantó, lo vimos, cuando lo pidió la diputada Carrió. Pero ¿lo pidió por el pueblo? Bien sabemos que el motivo era distinto: no había quórum. Sin quórum, ¿para qué seguir? La represión del jueves les fue funcional. Pero hoy, sí. Hoy daban los números. Entonces, ¿dejó de importar? Entonces, ¿el pueblo se debe comer las balas de goma, de lo que sea y todo el gas?

A las 23, todavía se sigue debatiendo la reforma. Diputadas y diputados pudieron elegir frenarla y repudiar lo que sucedía afuera del recinto, pero no pasó. Los números no dieron. La policía pasó todo el día desatada: reprimieron, otra vez asistimos a una razzia feroz, vimos cómo perseguían manifestantes, jubilados. Vimos a la policía atropellar manifestantes con motos y camionetas. Otra vez vimos la detención de gente que no estaba haciendo nada. Otra vez hay periodistas heridos y periodistas privados de libertad.

En las zonas aledañas, vecinos y vecinas dieron techo a gente que escapaba de la caza policial. No zafaron: hubo efectivos requisando domicilios privados, llevando a la gente que había logrado resguardarse. Hubo gases lacrimógenos en el subte, hubo gases lacrimógenos en kioskos; el escritor Fabián Casas, luego de “provocar” a un efectivo también tuvo que soportar la represión. Crónica retrató a un hombre desangrándose: la policía no dejaba ingresar ambulancias. Un compañero del FOL perdió un ojo.

Y el Congreso siguió debatiendo.

Y en las calles de todo el país, en todas las esquinas, en todos los barrios, comunas y ciudades, la gente sale. Con cacerolas, con palmas, cantando bien fuerte “unidad de los trabajadores. Y al que no le gusta, se jode”. Un pueblo que hasta hoy por la tarde parecía justificar todo, hoy dice basta. Dice: con los jubilados no. Dice: basta de represión, basta de ajuste, basta de pisotear al trabajador.

Hay ruido en todos lados. Hay gente en todos lados. El Congreso y Plaza de mayo vuelven a ser foco de la reunión de un pueblo que ya no se quiere callar.

Y en el Congreso  se sigue debatiendo.

Nos quieren robar el futuro. Sí, pero también nos están recortando el presente. Un pueblo que no puede salir a manifestarse no es libre. Un pueblo que no puede denunciar la violencia institucional tampoco es libre. La democracia no es sólo votar cada dos o cuatro años y sentarse a esperar, como mirando desde una ventana, cómo nos saquean los derechos adquiridos. Esos derechos los adquirió el pueblo y al pueblo pertenecen. Esos derechos fundamentales significaron años de lucha, y nos los quieren arrebatar de un soplo, entre balas, gases y compañeros militantes privados de libertad.

¿Ahora qué van a buscar en la casa de quienes detuvieron? ¿Propaganda política, también?

Ayer, a una bibliotecaria le allanaron la casa. Se llevaron imágenes de Santiago Maldonado. ¿Cuál es el crimen del pueblo? Luchar. ¿Cuál es el crimen de ellos? Vender el país.

Si son tan democráticos: guarden las balas.

Si son tan democráticos: dejen al pueblo elegir.

Fotos: Marcelo J Moreno

 

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