UN GALLO PARA ESCULAPIO: la nueva perla de la ficción argentina

Florencia Martinez

Florencia Martinez

Colaboradora at Corriendo La Voz
22. Periodista. Estudiante de Comunicación Social en la UNLaM. Amante de la comida. Compradora compulsiva de libros. Eterna cinéfila. Vincent Vega sigue vivo.
Florencia Martinez

La miniserie de Bruno Stagnaro se propone presentar un mundo cargado de drama, misterio y delito. Muy lejos del costumbrismo, y asentándose en las bases de una acción incesante, expone un Conurbano rabioso y la mafia de los piratas del asfalto. 

Con siete capítulos emitidos y dos más por venir, la ficción producida por TNT, Telefe, Underground y Cablevisión -junto a Boga Bogana- ya es un éxito en el boca a boca del público. Una de las causas de su fama es, sin lugar a dudas, la impecable elección de elenco: Luis Brandoni como Chulo Esculapio y Peter Lanzani como Nelson Sosa representan a la perfección al líder de clase media de una banda de delincuentes y un joven recién llegado de Misiones en busca de su hermano respectivamente.

Por supuesto que la trama es la gran protagonista del reconocimiento por parte de la audiencia. Con tan sólo la compañía de su gallo “Van Dan”, Nelson espera a Roque -cuyo nombre resuena a lo largo de la serie- en la terminal de ómnibus de Liniers pero éste nunca llega. Preocupado y desorientado por todo aquello que lo rodea, el personaje de Peter Lanzani parece correr el riesgo de caer en el estereotipo de joven provinciano ingenuo e iluso, pero rápida y afortunadamente el guion nos demuestra que tiene una verdad escondida cuando se priva de cruzarse con la policía a toda costa.

A partir de ese momento se despierta la curiosidad del espectador y éste comienza a fijar la mirada. Con el desarrollo de la trama se descubre que el motivo de la necesidad del protagonista de pasar desapercibido es el animal que lleva consigo, que no sólo representa su única compañía sino también su fuente de ingresos a partir de la práctica más cruel: la riña de gallos.

El arma de supervivencia económica de Nelson es, en un principio, ni más ni menos que Van Dan y su hábil modo de pelear.

Caracterizado por un paso cauteloso y cargado de misterio, el guion irá entramando la historia de este joven misionero y la de Chelo -el dueño de un lavadero de autos que sirve como tapadera de un negocio ilegal-, quien aparentemente es la única persona capaz de ayudarlo a encontrar a su hermano.

Los motivos del éxito

Si Un gallo para Esculapio nos deja algo en claro es que nada queda librado al azar. Desde la escritura de las escenas -a cargo de Ariel Staltari y Bruno Stagnaro– hasta el cuidado tratamiento estético de las mismas, cada uno de los aspectos de la ficción ayudan a la construcción de un mensaje cinematográfico cargado de suspenso y tensión.

Quizás uno de los mayores logros de la serie sea su capacidad de mostrar al Conurbano en su plena naturaleza, sin puestas en escena que reproduzcan estigmas. La narración visual se resuelve de manera impecable, en tanto manifiesta a partir de planos generales revelaciones tan importantes como las que surgen de los diálogos. Los exteriores se convierten en protagonistas de la historia y los personajes sólo ocupan una fracción de la pantalla de a momentos, claramente rodeados por un contexto que los determina.

En medio de la autopista, la acción principal, el robo del camión, tan sólo llega a ocupar un fragmento de la pantalla.

Otro gran atractivo de esta serie es su dosis frecuente y activa de acción. Las secuencias de las corridas de los piratas del asfalto, los paseos de Nelson por las ferias de Liniers buscando a su hermano y confrontando a los enemigos del mismo –situaciones que confluyen en una trama con una intriga que sólo aumenta con el correr de los capítulos.

Los personajes secundarios, que aportan elementos clave a la serie, son también fundamentales. Si bien el impecable elenco liderado por Brandoni, que no decepciona como un líder mafioso, y Peter Lanzani -quien refleja a la perfección el ascenso en la pirámide criminal de un joven ambicioso al que, en palabras de Chelo, “le pedís un ladrillo y te construye un edificio”-, Un gallo para Esculapio cumple su cuota de figuras notables, y cada una de ellas aporta elementos vitales a la trama.

En primer lugar, Ariel Staltari –quien, como vimos, es también guionista de la serie-, Luis Luque y Ricardo Merkin logran una impecable red de delincuencia de la mano de Chelo. Por su parte, las mujeres se conforman como esenciales a la hora de representar a los personajes de Vanesa –una trabajadora del lavadero de autos caracterizada por Andrea Rincón que constantemente le advertirá a Nelson que sea cauteloso-, Nancy –la esposa de Chelo, interpretada por Julieta Ortega- y Estela –la madre del hijo de Roque cuyo rostro es el de Eleonora Wexler.

Estela y Nelson entablan una relación que sólo puede estar destinada al conflicto con el fantasma de Roque detrás del telón.

Más allá de lo habitual

Bruno Stagnaro lo hizo de nuevo. Al igual que en su popular creación, Okupas, logra presentar en Un gallo para Esculapio una historia alejada del costumbrismo al que el televidente de ficción argentina está habituado. Al poner el foco de atención en el delito desde una perspectiva que se aleja de la cotidianidad del espectador, se obtiene como resultado un producto de carácter más bien marginal y cargado de la más cruda realidad.

Un importante factor a tener en cuenta es que el mundo no se presenta como pasivo: de hecho, Nelson es golpeado por él desde su llegada a Liniers, en tanto un grupo de jóvenes lo reciben con nada más y nada menos que un intento de robo. Es en esa situación que pierde su celular y, con él, cualquier posibilidad de contacto con su hermano.Desde el primer capítulo en el que el personaje de Peter Lanzani se dedica básicamente a vagar desconcertado por esa zona y alrededores en busca de Roque, se logra que el espectador también se sienta parte de ese andar sin rumbo y perciba al misionero como un caso perdido, un sujeto a punto de ser devorado por un contexto mucho más fuerte que él. Y, si bien logra sobrevivir, la premisa se cumple, ya que a Nelson no le queda otra alternativa más que hacerse de nuevas actitudes y herramientas de acción.

Es así como se destruye el ideal romántico que por lo general acompaña a las historias sobre la llegada de una figura del Interior a Buenos Aires y se da lugar a uno mucho más sensato y auténtico, donde el personaje no puede convivir con su supuesta ingenuidad y debe aprender los códigos de este nuevo universo.La crisis actual

Que la ficción nacional atraviesa un momento difícil no es ninguna novedad. En un marco en el que las plataformas de streaming continúan creciendo, la televisión en vivo, con condicionantes referidos a horarios predeterminados y un asfixiante nivel de publicidad, parece quedar obsoleta. Nuevas formas de acceso al entretenimiento comienzan a surgir, y con esto se vuelve necesaria una incesante capacidad de adaptación por parte de los trabajadores del entretenimiento.

Y que Sebastián Ortega es un productor visionario es sabido. Un par de meses atrás firmaba contrato con Netflix para estrenar allí la primera temporada de su nuevo producto, El Marginal, y ahora repite su apuesta en el on demand al liberar la primera temporada de Un gallo para Esculapio en Cablevisión Flow. De esta forma, plantea una interesante alternativa para quienes no quieren esperar una semana para verla por cable -los martes por TNT- o aire -los miércoles desde Telefé.

La libertad autoral también es un resultante de esta fórmula de ficción co-producida. Un gallo para Esculapio no sólo tiene mayor presupuesto, sino que además puede abordar una temática tan profunda como el universo del delito de modo tal que no se anda con medios tintes, sino que apuesta a un reflejo sin filtro de la realidad. A diferencia de otras producciones como Fanny la fan, que recae en la misma secuencia de ideas costumbristas, la de Stagnaro logra destacar.

La serie se compone como la perfecta unión entre relato de calidad y producto accesible desde distintas plataformas.

En conclusión, Un gallo para Esculapio representa la última novedad de Bruno Stagnaro como creador y director, de Ariel Staltari como guionista y de Sebastián Ortega como productor. La consagración del joven Peter Lanzani y el maravilloso retrato de una Buenos Aires suburbana se articulan en una ecuación que tiene como resultado una experiencia inigualable que, sin lugar a dudas, vale la pena tener en cuenta.

Comenta

Print Friendly, PDF & Email