Un diciembre caliente que agitó aún más las aguas del peronismo

Pedro Lacour

Pedro Lacour

Periodista | Columnista en Misiones Opina | Colaborador en #CLV | Sociólogo de la Universidad de Buenos Aires
Pedro Lacour

“No nos pueden pedir que seamos más oficialistas que el propio oficialismo”. El off the record, atribuido al entorno de los gobernadores provinciales, retumbó con fuerza en los pasillos del Congreso durante los diez días que duraron los acalorados debates por la reforma previsional. Aunque desde la Casa Rosada se dedicaron a mostrarse confiados en que disponían de la adhesión necesaria para aprobar los cambios en el sistema jubilatorio, el flamante interbloque peronista Argentina Federal no dio el quórum cuando Cambiemos lo solicitó. Fueron los momentos de mayor zozobra de los dos años de Mauricio Macri al frente de la presidencia.

El Gobierno llegó a diciembre envalentonado por aprobar las reformas que, un mes antes, había anunciado con bombos y platillos en el Centro Cultural Kirchner. La docilidad del sindicalismo y de los gobernadores peronistas parecía garantizarle al oficialismo un fin de año tranquilo. Pero el masivo rechazo a los cambios en el cálculo de los haberes jubilatorio, con cientos de miles de personas desbordando las calles de todo el país,sacudió la hasta entonces reinante serenidad post-electoral de Balcarce 50.

El comienzo de las sesiones extraordinarias generó las condiciones para la emergencia de un verdadero polvorín. El termómetro fue subiendo de temperatura con el correr de los días. No había transcurrido una semana de la asunción de los nuevos legisladores cuando Cambiemos, consciente del creciente malestar social que producía la iniciativa, decidió adelantar su tratamiento. Atado indefectiblemente a la aprobación del ajuste previsional, el Pacto Fiscal firmado entre el Ejecutivo y las provincias se vio tambalear.

La crisis política desatada por la frustrada sesión del jueves 14 pudo ser superada mediante una nueva ronda de reuniones entre funcionarios del Gobierno y un puñado de gobernadores. Luego de un fin de semana de negociaciones, Argentina Federal votó dividido en su debut parlamentario. Presidida por el salteño Pablo Kosiner, de estrecho vínculo con el gobernador Juan Manuel Urtubey, la bancada que se constituyó como vocera directa de los intereses de los gobernadores peronistas tuvo su bautismo de fuego en medio de un clima de extrema tensión, marcado por un megaoperativo represivo que se desplegó en las inmediaciones de un Congreso blindado.

Los movimientos de las últimas semanas en la Cámara baja se encuentran en sintonía con la marcha del vínculo que, a lo largo de dos años, logró tejer la Casa Rosada con los líderes provinciales. Con la conformación del nuevo interbloque peronista de perfil dialoguista, se terminó de plasmar en Diputados la estrategia que inauguró Macri para negociar con el justicialismo de los territorios. Una buena vecindad iniciada con el acompañamiento del peronismo al pago a los fondos buitre y sellada con la reciente foto tomada en el Congreso, minutos antes del inicio de la sesión maratónica que aprobó el ajuste jubilatorio.

La vacilación inicial de los diputados que responden a las administraciones provinciales lejos estuvo de tener que ver con algún tipo de férrea convicción personal. Más bien, sus actitudes se  vieron condicionadas por una opinión pública extremadamente hostil: según sondeos, más de un 60% de los encuestados consideran al cambio de fórmula una lisa y llana confiscación. Por eso, los gobernadores y sus delfines se esforzaron hasta último momento por despegarse lo máximo posible de una medida tan antipática. No querían ser quienes tuvieran que pagar el costo político de avalar el recorte a los beneficiarios de la AUH y a los jubilados que, pese al bono compensatorio, en marzo perderán alrededor de un 8% de su poder adquisitivo.

El capítulo más jugoso del nuevo mapa parlamentario quizás se encuentre en el Senado. La dinámica que adquiera la relación entre Cristina Kirchner y el bloque encabezado por Miguel Ángel Pichetto dará cuenta de los niveles de “unidad en la acción” tolerables al interior de las filas peronistas. Es una confluencia más cercana a la ciencia ficción que a la realidad. Sobre fondo de un massismo en ruinas, la intransigencia de Cristina frente a las políticas oficialistas hace que su figura no deje de perder la centralidad que ocupa hace tiempo en el fragmentado espectro opositor. “Voy a discutir todo, porque para eso me votaron”, lanzó la ex mandataria, este miércoles, en su primera intervención en la Cámara alta.

Un sector que tampoco sale indemne del huracán de diciembre es el sindical. En un contexto de fuerte ascenso de la conflictividad social, la CGT corona un 2017 de inmovilismo con una ruptura. La renuncia del metalúrgico Francisco “Barba” Gutiérrez al Consejo Directivo de la central obrera expone la marcada crisis que envuelve a su cúpula. Sin embargo, el titular de la UOM, Antonio Caló, no tardó en salir a poner paños fríos. “Estamos más cegetistas que nunca”, afirmó para despejar cualquier fantasma de ruptura estructural. Las inminentes discusiones acerca de la reforma laboral, que se prevén para febrero, serán clave para descifrar el futuro de un sindicalismo cada vez más dividido.

Pretender comprender el actual estado de situación del peronismo solamente desde la vigencia del garrote y la chequera, una práctica astutamente combinada por Cambiemos con el arte de poner la oreja, resulta cuanto menos insuficiente.La crisis que atraviesa a los peronistas no está únicamente relacionada a la falta de poder. Por sobre todas las cosas, se inscribe en una profunda deriva ideológica. Muestra de ello es la lectura que, implícita o explícitamente, hacen sus principales referentes: un gran número de los gobernadores están convencidos, casi como si apostaran por ello, de que a Macri le quedan seis años más de mandato.

Como pocas veces en su historia, la adaptación a los tiempos que corren le puede traer al peronismo mayores costos que beneficios. En el fondo, el PJ no deja de sufrir los coletazos de una transición fallida: en 2015, Daniel Scioli personificaba un cambio de paradigma que quedó trunco, atrapado en sus propias contradicciones. La cuestión peronista da cuenta menos de una supuesta incapacidad para vetar al Gobierno que de la carencia de un horizonte estratégico que le permita al peronismo ofrecerse como alternativa real. Para ello, necesitaría de un componente indispensable para una fuerza política que se caracteriza por hacer del verticalismo un culto: una conducción que la sintetice. Algo tan fundamental como, hoy por hoy, inexistente.

 

Columna para Misiones Opina

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