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Gabriela Krause

Editora at Géneros
Periodista | Editora de Géneros | Poeta | Feminista | En mis ratos libres sueño con armar una banda disidente | Autora de Alikal & Misoprostol: caja de herramientas para sobrevivir al machismo.
Gabriela Krause
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Llamaron marea verde a aquella masa de mujeres y disidencias bajo la lluvia frente al Congreso de la Nación exigiendo educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar y aborto legal para no morir. Llamamos marea verde a aquella, esta masa de mujeres y disidencias que no olvida que hace un año 38 dinosaurios votaron en contra de una ley que va más allá de las ideologías y se impone como una necesidad básica de la salud pública y los derechos humanos sexuales y reproductivos. Llamemos marea verde a la perseverancia, a la certeza de que no hay freno posible para esta, nuestra lucha por la adquisición de derechos que nos corresponden; una lucha que no flaqueará; una lucha que ondea en cada pañuelo verde que se ata a una mochila y se mueve con una.

Hacía frío y llovía. Miles y miles de mujeres y disidencias nos movíamos, de la manera en que podíamos, por las calles aledañas al Congreso de la Nación. Lo que sucedía adentro se reproducía en las pantallas y lo que sucedía fuera lo manejábamos nosotras con la convicción de que cada una de las mujeres, desconocidas, que nos rodeaba, era una compañera, una hermana de lucha. Muchas llevaban pilotos verdes, que se vendían en las calles. Todas queríamos uno. 

En 2018, por primera vez, logramos tratar el proyecto de ley que contempla la legalización de la interrupción voluntaria del embarazo (IVE), y llegamos muy lejos, aunque nos hayamos topado, en la segunda instancia de voto, con 38 senadoras y senadores dispuestos a interponerse ante nuestro punto de llegada. Sabíamos que podía pasar y lo manejamos con entereza. Esto no era un partido de fútbol, no era un partido de truco. Estamos hablando de nuestros derechos, de los derechos de las más vulnerables. Cuando las cosas salen mal no se putea, se profundiza el plan de lucha. Cuando las cosas salen mal no se voltea la mirada: se la fija con convicción hacia el horizonte.

Hace no más de cinco años, si queremos un número, era imposible hablar del aborto en la mesa familiar sin que surjan problemas. Hoy, si los problemas surgen, tenemos las herramientas para enfrentarlos discursivamente, hacernos entender, y explicar por qué necesitamos que el aborto sea legal en nuestro país. Hablamos de una problemática que mata a las mujeres por ser pobres y no poder acceder a un procedimiento costoso, hablamos de una problemática que mata a las mujeres por no tener acceso a la información, hablamos de una problemática que modera la soberanía por nuestros cuerpos y la deja a merced de la decisión de alguien más.

No cedimos ni cederemos, aunque treinta y ocho personas con poder político hayan decidido ponerle un freno en el plano legal a lo que seguimos exigiendo en todos los territorios en que habitamos, sobre todo el de nuestro cuerpo. No cedimos porque sólo seis días después del rechazo de la ley, murió Elizabeth por realizarse un procedimiento de interrupción de embarazo ilegal e inseguro. No cedimos porque un tiempo después el gobierno tucumano obligó a parir a una niña de once años. No cedimos porque mientras luchamos las mujeres siguen muriendo. No cedimos porque la contratapa de Amnistía Internacional mostraba una percha sobre un fondo verde, porque el mundo está mirando, como le gusta decir a la clase media que mira a Europa con cariño, el mundo está mirando y esta vez está del lado de las oprimidas que estamos luchando por la libertad de decidir.

En las escuelas, en los barrios, en los hospitales, en las universidades, en las plazas, en las casas y en las camas habita la marea verde.

En las pibas, en les jóvenes, en las adultas, en las mayores habita la marea verde.

En todas las clases sociales habita la marea verde.

En todas las redes sociales habita la marea verde.

En cada pañuelo que ondea en una mochila, una cartera, una muñeca, un cuello o la ventana de una casa habita la marea verde.

El feminismo tiene de destacable que se pone de pie y lucha, y que si le pegan va y lucha más. Está demostrado en cada muerte por un aborto clandestino que quienes se llaman providas y enarbolan la consigna de «salvemos las dos vidas», en realidad no salvan ninguna. Está demostrado en cada muerte por un aborto clandestino que el discurso de los pañuelos celestes no está vacío sino cargado de una política represiva que no hace sino defender a lo que todavía no existe dejando de lado lo que sí. A los famosos pañuelos celestes se les escapó repudiar la ley Justina, que contempla la donación de órganos de todos los mayores de edad que no se hayan opuesto en vida.

En vida, la lucha de los celestes es impedir el aborto para salvar vidas inocentes. En vida, también se oponen a salvar vidas con sus órganos después de la muerte, defienden el gatillo fácil y la baja de edad de imputabilidad y no adoptan a les niñes que están esperando por un futuro mejor.

No sabemos muy bien qué dos vidas salvaron. No sabemos muy bien si salvaron alguna. Sabemos, fehacientemente, que sin ESI, sin anticonceptivos, y sin aborto legal, seguro y gratuito, no podemos salvar nada.

Porque la educación salva vidas, la protección salva vidas, y los procedimientos funcionando legalmente accesibles para toda la población salvan vidas.

No queremos que ninguna mujer o disidencia muerta por un aborto ilegal se vuelva un número en una planilla. Vinimos a darle nombre a las que no pudimos salvar, y a prometer un futuro mejor a las que vienen.

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