The black mirror: el espejo en el que somos

Sobredosis de T.V.
Años atrás Bourdieu se preguntaba para qué acudían las personas a la televisión puesto que, pensaba, la estructura del medio está armada de tal modo que difícilmente alguien pueda decir algo sobre cualquier cosa. Así, llegaba a la conclusión de que la gente iba a la T.V. no para decir algo, por la intención de transmitir a un sinfín de telespectadores una verdad revelada que no podía seguir siendo ignorada por la humanidad, sino, en cambio, para ser vistos puesto que en ese ser visto “existían”, o, lo que es lo mismo, “ser visto es existir”.

En el marco de una profunda transformación subjetiva y avances tecnológicos -que, en realidad, deberían entenderse en un movimiento de vaivén, es decir, influyéndose recíprocamente-, la humanidad, desde la privacidad del hogar, abrió esa ventana al mundo llamada “televisor”. Algunos, los más osados, pugnaban por ocupar unos minutos de la pantalla chica erigiéndose, de manera consciente o no, en modelos; imponiendo, de manera más o menos hegemónica y unidireccional, un determinado sentido común, agenda pública y hasta una forma de ser en el mundo: la vertiginosa cultura del zapping. Salir en la T.V., y más aún en horario estelar, era casi una prueba irrefutable de “éxito” personal.

Así, alimentamos nuestro voyeurismo pudiendo ver casi todo sin ser vistos, hecho que encuentra su punto culmine y de inflexión en el éxito de los llamados “realities shows”, programas que impactaron tanto en las grandes masas que los productores, nunca lentos ni perezosos, copiaron el formato e hicieron de la T.V. toda un show de la realidad; esto encontró su eco, incluso, en el montaje de los noticieros en los que la forma –el cómo– se tornó tan o más importante que la información –el qué-, espectacularizando la vida cotidiana con recortes, luces, musicalización, y hasta suspenso, recursos, estos, que hacen difícil la diferenciación entre ficción y realidad.

Creo que fue en ese momento, mientras enviábamos mensajitos de texto desde los comedores o livings de nuestras casas para decidir los destinos de esos “personajes” tan cercanos como lejanos, tan familiarmente ajenos, que protagonizaban los realities de turno, que nos dimos cuenta que todos, o cualquiera, pueden ser la estrella de su propio reality y, con esa aspiración de visibilidad y trascendencia -mediática-, comenzamos a marchar.

¿Por qué no puedo ser del jet set?

Si la T.V. fue esa ventana que abrimos para observar el mundo, las computadoras personales, primero, y luego los teléfonos inteligentes, constituyeron la puerta que le abrimos al mundo a nuestra intimidad. Recordemos, al paso, que, según estudios hechos en el 2013, veinte millones de argentinos contaban con un perfil en Facebook (la equivalencia era uno de cada dos).

¿Qué le ofrecieron a este metamorfoseado homo psychologicus las redes y, específicamente, Facebook? Primordialmente, visibilidad -siguiendo con la metáfora, hemos pasado del voyeurismo al exhibicionismo, aunque no resultan mutuamente excluyentes-. Luego, lo que nos ofrece Facebook es un espacio en el que podemos dar cuenta de nuestra propia historia y en el que, como novedad, nos erigimos como protagonistas y autores de nuestras biografías ya que vamos seleccionando y montando los acontecimientos “importantes”, mientras que otros, testigos de los hechos, pueden ir enriqueciendo la trama, a su vez, en forma de comentarios, conformando una suerte de hipertexto; las “ventajas” que se le presentan al usuario son: la capacidad de edición, de hacer un recorte que nos permita ser quiénes queremos ser sin demasiado esfuerzo; el acceso a la tecla “delete”; la posibilidad de elección de quienes conformarán esa otredad que servirá a la intersubjetividad de mi relato (incitada mediante etiquetas, limitada mediante criterios de privacidad, y selectiva desde siempre -dado que tenemos la posibilidad tanto de elegir quiénes van a ser nuestros “amigos” como de eliminarlos y hasta de bloquearlos en cualquier momento-), y, fundamentalmente, la garantía de trascendencia ya que nuestras biografías continuarán en la nube aún en el caso de morir, brindando, también, la posibilidad de seguir siendo actualizada (o actualizados) por otros.

Facebook ha permitido esa condensación entre diversos puntos del (cyber)espacio-tiempo (de ahí mi insistencia con esta red social), articulando y complementando diversas narrativas -o testimonios- sobre el “sí mismo”. Del mutismo al que nos sumergió la televisión unidireccional que (nos) narraba, pasamos a la autoría de nuestra autobiografía: somos nosotros mismos los que escribimos nuestros diarios íntimos/públicos.

Nos mostramos, nos ven. Luego, existimos: muy lejos quedó ya el “cogito ergo sum” cartesiano. Los otros, los perfiles ajenos, son un apéndice más de mi propia biografía; ya no necesito poner a Dios como mi testigo puesto que puedo elegir yo mismo a los garantes de mi propia existencia, a quienes reivindican y actualizan en cada comentario (y, fundamentalmente, en cada “like”) mi experiencia, mi ser.

Resulta curioso y lejano pensar en la niñez de quienes hemos nacido en los ‘80 -en las cámaras con rollos reservadas para retratar momentos especiales en los que nadie se sentía del todo cómodo posando-, en contraste con el presente, en el que el foco está en uno: de las kodaks con película pasamos a las cámaras digitales -y el boom de los Fotologs-; luego, a los celulares con cámaras para culminar, no conformes con registrar nuestro mundo, con el agregado de una cámara frontal en el ansia de registrar(nos) -en- todo. No es un paisaje: soy yo en un paisaje; no es un recital: soy yo en un recital; no es el cumpleaños de la abuela: soy yo en una celebración. No se trata de registrar y conservar un momento: ese momento no tiene sentido sin el “yo”, y, a la inversa, el momento significa a ese yo; dicho de otra forma: soy con el momento (registrado y publicado). Aún hay más: hoy, el nacimiento virtual tiene lugar antes que el nacimiento físico, debutando las nuevas generaciones en la web con imágenes de ultrasonidos.

Pareciera ser que, en estos tiempos vertiginosamente cambiantes, apremiados por el valor “novedad”, urgidos de “acumulación”, la mejor forma de anclaje y trascendencia es (a)parecer y que cada día, conforme adaptamos nuestra unicidad, autenticidad y originalidad al ritmo del marketing del espectáculo y la moda, en muros prestablecidos que nos enfrentan a la tensión de mostrar nuestra siempre mutante singularidad -de preferencia, en 140 caracteres o menos-, debemos volver a mirarnos para saber quiénes somos y que seguimos ahí, existiendo en algún lugar del espacio: en la www (World Wide Web).