Sáb. Dic 7th, 2019

Discurso cambiemos

La civilización o barbarie de Cambiemos: ‘Los Rubios’ mantienen a ‘Los Morochos’

Trascendió  una presentación interna del Ministerio de Producción y Trabajo de la Nación, comandado por Dante Sica, que despertó la polémica. La presentación, llamada “Leyes para la transformación productiva”, da cuenta de que un 20% de les contribuyentes aportan un 99,4% de la recaudación fiscal.

Hasta ahí, no hace más que dar cuenta de la realidad actual del sector laboral: mientras el sector formal y registrado está en un 20%, el  80% restante de la población que tienen algún aporte al fisco, se encuentra dentro de la bolsa del ‘trabajo informal’.

El dato económico,un índice negativo más que cosecha en estos tres años el gobierno de Cambiemos, que bajo el discurso del “es por acá” repetido a diario por funcionarixs, medios hegemónicos e intelectuales orgánicos propios de la derecha neoliberal, ha llevado adelante políticas públicas que han redistribuido el ingreso desde los bolsillos del sector trabajador hacia los del empresariado, tanto a nivel local como internacional.

Sin embargo, lo que generó polémica no fue ese dato, sino una imagen que representa ese número: unas pocas personas de tez blanca y de pelo rubio o castaño, vestidas con indumentaria de ‘ejecutive’, las cuales sostienen a muchas otras personas, de tez morena y cabellos oscuros, y en algunos casos, hasta con el pelo grisáceo, emulando a gente anciana.

En una instancia preliminar, podríamos involucrar a esta representación del Ministerio de Producción y Trabajo dentro de una serie de discursos que los integrantes del gobierno han propagado en distintas momentos y espacios y, a través de los cuales, podemos comprender cómo conciben la realidad. Esta serie de enunciados, también son compartidos por ciertas clases sociales «superiores», que reproducen esta lógica con un desprecio profundo y arcaico. Un habitus colonial que se lee, solapado, en distintos discursos y que evidencian una suerte de violencia estructural racializada, una estigmatización clasista cotidiana contra las clases «subalternas».

Esta imagen, de una minoría blanca, rubia y europeizada sosteniendo a una mayoría mestiza, criolla y morocha nos acompaña desde hace mucho tiempo y habita en las propias narrativas con las que este país aprendió a imaginarse a sí mismo. Es una reedición que prueba desacuerdos más profundos y antiguos acerca de cómo es el “nosotros” argentino, acerca de qué cuerpos humanos tienen derecho a representarlo y de cuál es su historia.

Campaña del 2017 del otrora Ministerio de Salud de la Nación

Los ‘nenes de oro’ al poder

Las elecciones presidenciales de Octubre de 2015 produjeron un hecho inédito en Argentina: por primera vez en la historia moderna del país, los sectores dominantes accedieron al control del Estado mediante un partido propio y el voto ejercido democráticamente. Nos referimos a un conjunto de familias patricias, como los Blanco Villegas (del lado materno del Presidente), los Braun (el Jefe de Gabinete, Marcos Peña), los Bullrich y los Luro Pueyrredón. Agreguémosle, más cercano en el tiempo, apellidos como Pinedo, Massot, Rodríguez Larreta, Frigerio y Triaca.

Si bien la derecha ha gobernado los destinos de la Argentina, está vez lo logró mediante el voto democrático. Es decir, sin tener que recurrir al fraude patriótico (como  en los ‘30); ni a golpes de Estado mediante el Ejército (como la Revolución Libertadora de 1955 y el Golpe Cívico-Eclesiástico-Militar de 1976), ni a golpes de tipo financiero, como las distintas corridas cambiarias de fines de los ‘80. Por más que la vistan como el “mejor equipo de los últimos 50 años”, la derecha es tradicional, es conservadora. Este grupo de CEOs, que se autodefinen como republicanos, llegaron al gobierno para lograr una redefinición de la estructura económico-social y del ingreso, consolidando una dominación del capital sobre el trabajo.

En este modelo de acumulación, codificado en clave a valores neoliberales, no es relevante dar la discusión de esa desigualdad 80-20. No se discuten las causas de ese porcentaje de informalidad que hegemoniza el escenario laboral actual de nuestro país. Desde finales de 2015, parece haber un único horizonte de sentido orientador y ordenador de las prácticas sociales: la transferencia sistemática de ingresos desde las clases populares a los grupos concentrados a través de una retirada del Estado para asignarle primacía a la mano invisible del mercado como regulador, los cuales no solo representan, sino que ellos mismos conforman y dirigen. El esfuerzo los hacen ‘ellos’ por ‘nosotros’. Así ven el país.

La fractura social inherente al ser argentino: blancxs europeizados manteniendo a negrxs

Campaña de ANSES de 2016 con el cronograma de pago de asignaciones y salarios familiares

Semióticamente, podemos leer todo un sistema de signos interesantes en esta presentación interna del Ministerio macrista. Permite orientar la forma de cómo los actores sociales, hoy dominantes, se reconocen a sí mismos, y cómo construyen a un otrx, alterizadx, racializadx e inferiorizadx y descalificadx.

Quienes están en la parte inferior (el 20%) visten ropas que simbolizan al estereotipo históricamente construido del ‘profesional’, con estudios universitarios. Además, tienen algo así como una boca y un gesto de esfuerzo ante la carga de ese 80%.

Al igual que una propaganda de la Junta Militar, donde mostraba a unos ‘empresarios’ -igualmente trajeados y vestidos formalmente como ‘esxs pocxs rubios’- eran encerradxs por un techo, representado por la palabra ‘dólar’, y un piso representado por la palabra ‘costos’. Cuando se levantaba el techo y subía el dólar, inmediatamente subía el piso, o sea, los costos y también la inflación. El spot mostraba que, la solución encarada por el entonces José Alfredo Martínez de Hoz como política financiera, era bajar los costos para los empresarios. Algo que escuchamos a menudo en bocas del establishment actual, intentando debatir una reforma laboral que desregulare y flexibilize al mercado laboral.

En tanto, quienes están arriba de la imagen (el 80% restante, de trabajos informales, precarios y precarizados), son representades como gente inanimada, amuchada, que posa inmóvil e inmovilizada, con sus manos en los bolsillos, esperando ser ayudada por esos pocos. Se asocia a la creencia de que sus estilos de vida son los que la provocan esa informalidad y no las cuestiones socioeconómicas. No tienen rostro ni boca. Por ende, podría inferirse que no tienen voz. Y si no tienen voz, no pueden participar, volviendo a épocas donde ciertas porciones de la población no tenían derecho a participar. Además, esa figura amorfa deviene en una caracterización a través de la carencia, presentándolos como personas que carecen de iniciativa y agencia política. Pero además, la idea de carencia se traslada a todos los ámbitos de la vida y la cultura que es percibida como disfuncional al sistema hegemónico.

Cuantitativamente, la mayoría de esos pocos que sostienen son varones y la minoría son mujeres, mientras que, de esa muchedumbre que, está en la parte superior de la imagen, se invierte la ecuación: la mayoría son mujeres y la minoría, hombres.

Lxs asalariadxs, les destinatarixs de planes sociales, les sectores  que reciben subsidios del Estado, son «privilegiadxs» que viven a costa del esfuerzo de esa élite que genera -según su visión- la riqueza de la nación desde tiempos inmemoriales.

70 años de fiesta

Tomando lo esbozado por el Doctor en Historia Ezequiel Adamovsky en su ensayo para la revista digital Anfibia, Un país llamado Peronia, la imagen reactualiza un debate jamás zanjado desde la creación de la nación: la Argentina imaginada de las elites aristocráticas de una nación “blanca”, más proclives a autoidentificarse con lo civilizado de lo europeo, más que con lo barbárico del criollo o pueblos originarios, mestizos e impuros.

Esas cuestiones están latentes en las relaciones sociales. Lo que distintos autores denominan “fractura social” no es algo que surge porque sí. Hay una serie de procesos sociales históricos de más larga data y que la coyuntura los activa.

La ilusión de que el país fuese algún día otra cosa. Una Argentina, que debió haber sido tal como lo imaginaban las civilizadas y letradas familias patricias y aristocráticas y que no es. De ahí la frase esgrimida por Macri en el Foro Económico de Davos de 2018, «En Sudamérica todos somos descendientes de europeos».

Expresan una cosmovisión del mundo, una manera de ver y entender las relaciones sociales. Son prácticas y comportamientos a veces explícitos, otras veces velados. Hay una serie histórica de representaciones de ese 80% que ha ido creando sentido común. Comenzando por la matanza indiscriminada de los pueblos originarios, y luego la invisibilización de lo indígena en las representaciones sociales del sentido común de la sociedad argentina; pasando por ‘el criollo’, la irrupción del ‘cabecita negra’ en una Buenos Aires sede de colonizadores y no de colonizados, y que devino en el ‘villero’, la encarnación del pobre urbano en la Argentina, tiene la marca de su condición nativa o indígena sintetizada en la palabra ‘negro’.

Los argentinos crecimos, porque aprendimos y comprendimos que de 70 años de fiesta, sobre todo en los últimos 15 años, no se sale en tres”. Esos 70 años que se hacen tan presente en el imaginario de Macri y en el resto del autodenominado ‘patriciado’ argentino, sobrevuela esa imperdonable irrupción en lo histórico aquello popular que derivará con los años en ‘populista’. Como escribió el sociólogo Nicolás Casullo, es un síntoma que un desarreglo donde se comprobó en cada circunstancia histórica que cuando la política efectivamente politizaba, cuando representaba lo representado, cuando eso político politizado actúa damnificando el pacto previo que instituyó culturalmente poderes y dominios, la política se convertía, a los ojos de la ‘razón racionalizadora’, en un incordio, en “una enfermedad”, en una peste a excluir.

En 2016, al Presidente del Banco Nación Javier González Fraga lo dejaba claro: «12 años donde le hiciste creer a un empleado medio de que su sueldo medio servía para comprar celulares, plasmas, autos, motos e irse al exterior, porque eso es todo una ilusión, eso no era normal”. En esta expresión conviven ciertas configuraciones de clase que traducen una disputa ideológica inherente a nuestro sentir como nación: están los “negros villeros” y está la “gente de bien”, que cree habitar un país con linaje europeo, que se desmarcan simbólicamente y se autopiensan como no “villeros”, ni “negros”, ni “de mierda”, ni tienen “planes sociales”. Lo que, en definitiva, reaparece es el discurso de la «civilización o barbarie» que jamás suturó.