Sobre despidos y despedidos

Fernando Paludi

Fernando Paludi

Redactor at Corriendo La Voz
Casi sociólogo, Menottista y musicalizador ocasional. Redactor en #CorriendoLaVoz
Fernando Paludi

Juan Carlos tiene 41 años de trabajo en Atanor. Con 61 años de vida, sólo le faltan un par de años para jubilarse. Hace unas semanas se lo escuchó en un medio televisivo decir que “es un día muy triste para mí, que te cierren la puerta en la cara es muy triste”. Sucedió que cuando asistía a su trabajo se encontró, como todos sus compañeros, con un cartelito en la entrada de la planta que notificaba que la empresa dejaba de funcionar y que se iba a proceder con los despidos correspondientes. La química Atanor cerró dos plantas en Baradero y Munro poniendo en la calle a alrededor de 160 trabajadores.

Como la historia de Juan Carlos, miles de historias se repiten por diferentes lugares del territorio nacional. El panorama para los próximos meses sigue siendo preocupante, según industriales y trabajadores. Los despidos se amontonan en grandes cantidades, las suspensiones abundan y los cierres de fábricas ya empiezan a ser una constante: no escatima en tamaños ni en ramas de actividad, le puede pasar a una ignota textil de Lujan o a la mismísima SanCor. Las suspensiones pasan en químicas o en Volkswagen. Se crea un clima desolador que genera consecuencias que intentaremos detallar y vislumbrar.

Según un informe del Centro de Investigación y Formación de la República Argentina (Cifra), el sector privado perdió 127.905 puestos de trabajo entre el cuarto Trimestre de 2015 y el tercero de 2016, sobre la base de información divulgada por el INDEC. Numerosas estadísticas de este tipo determinan que el problema es real y preciso. Si bien desde el gobierno se intenta establecer que la reactivación está en marcha, lo concreto es que el mercado laboral está sufriendo un declive que no puede ser comparado con ninguno de los años de la “pesada herencia”, son datos similares a los que se dieron luego de la crisis de 2001.

En base a datos del INDEC y OEDE (Observatorio de Empleo y Dinámica Empresarial del Ministerio de Trabajo), elaborados a partir de la cantidad de empresas inscriptas en AFIP,podemos certificar que no sólo no hubo lluvia de inversiones en 2016, sino que fue el año en que más empresas se destruyeron desde 2002, superando en varias décimas a los recesivos 2012 y 2014. Por lo tanto, el discurso de que el Presidente de la Nación gobierna para el sector privado, con un achicamiento del Estado, se derrumba. Habría que establecer qué sectores son los beneficiados.

A mediados de enero, el Ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne afirmó en Davos que “el nuevo gobierno está tratando de abrir la economía otra vez, recibir los beneficios y generar un crecimiento más inclusivo”. Estas políticas no terminan de generar un sólido consenso debido a las funestas consecuencias que el neoliberalismo dejó en nuestro país luego de la década menemista. Más allá del optimismo del Presidente Mauricio Macri en su gira por España, es dificultoso creer que los inversores estén pensando en Argentina cuando el contexto de recesión e inflación es el que domina todos los debates.

La apertura de la economía ya produjo el cierre de establecimientos que no pudieron adecuarse a las exigencias de la competencia externa. Esto es mortal para diversas Pymes industriales que están impedidas de competir a causa del tipo de cambio atrasado y altos costos internos. La Confederación Argentina de la Mediana Empresa (CAME) indicó que las cantidades importadas de bienes de consumo crecieron un 17% en el 2016, más un 22.5% en el pasado enero. Paulatinamente, las importaciones están volviendo a copar el mercado y desplazando a los fabricantes locales. Las industrias más afectadas son la indumentaria, la naval, la de calzados, juguetes, electrónicos, muebles, cueros, bicicletas, bebidas alcohólicas y las producciones regionales.

La primera conclusión es que se está llevando adelante un proceso de reformas estructurales sin prever que produce altos niveles de desempleo en el corto y mediano plazo en una magnitud que no está pudiendo ser absorbida por la economía.

No se trata sólo de manifestaciones aisladas de algunos fabricantes proteccionistas como suele decirse cuando aparecen las advertencias. Es muy simple culpabilizar a la burguesía industrial argentina debido a su incapacidad de reconvertir sus unidades productivas para hacer frente a la competencia extranjera y al ingreso masivo de importaciones. Es irresponsable la invectiva, ya que no tiene en cuenta el costo que produce a nivel social y las consecuencias que en el corto plazo va a generar en los sectores más desprotegidos. Las evidencias estadísticas avalan esta preocupación.

En repetidas oportunidades se puede escuchar a los economistas ligados al PRO elogiar el modelo de las economías pro-mercado del pacifico (Colombia, Chile y Perú), ésas que aseguran crecimiento y exportaciones pero que no dejan de profundizar la desigualdad. Dejando de lado que son países que no conciben una redistribución progresiva del ingreso, elemento imprescindible para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos.

En esta orientación ideológica de apertura llama la atención cierta confusión de un gobierno que busca ingresar a acuerdos de libre comercio que sus mismos creadores están poniendo en discusión. No se termina de comprender cuáles son los socios que quieren de su lado. Desde el oficialismo hablan de una nueva integración al mundo con esta postura en torno al mercado, pero parece que van a contramano de los posibles socios comerciales.

El panorama internacional se está asentado con un presidente de Estados Unidos que apuesta al proteccionismo como generador de una gran prosperidad. La “Gran Muralla” de Donald Trump, también hay que entenderla en sentido metafórico porque propone una barrera de aranceles para dificultar el acceso de productos extranjeros al mercado interior, sumado al cumplimiento de su promesa de salir del Acuerdo Trans-Pacifico de Cooperación Económica, y que hará una renegociación del Tratado de Libre Comercio con México y Canadá (NAFTA). Por otro lado, tenemos a China que, desde el mencionado Davos, se postuló para ser el motor de la globalización capitalista.

La segunda deducción es que Argentina no va a poder crecer a tasas aceleradas sin problemas en la balanza de pagos, ya que para eso requiere que sus exportaciones crezcan más que sus importaciones. La existencia de un tejido industrial permite ahorrar divisas, tanto por la vía de exportaciones industriales como por la de sustitución de importaciones. Las experiencias de Martínez de Hoz o la de los ´90 revelan que sin industria se genera una tendencia hacia el desequilibrio comercial y no hay que dejar de tener en cuenta la contribución del sector manufacturero respecto al empleo o al potencial tecnológico. La problemática es que el dólar se mantiene estable, casi el mismo precio que en enero de 2016, con el lógico atraso cambiario teniendo en cuenta la inflación de todo el año pasado, afectando a la competitividad de la industria.

Seguimos atados a los dólares de exportación del campo y este gobierno implanta una enérgica apuesta a la burguesía agraria. Continuamos con la idea de ser el “granero del mundo” y no nos planteamos un proyecto a largo plazo que nos instaure como el “supermercado del mundo”. Sería un salto de calidad para el país, un desarrollo agroindustrial con un impacto en el empleo.

Sumado al debate económico, debemos hacer hincapié en un análisis sociológico. Los despidos y suspensiones masivas traen consecuencias notorias al generar una subjetividad en el entramado de la estructura social. Diversos estudios académicos que analizan el mercado laboral manejan interesantes hipótesis en las que señalan que lo que la dictadura militar que comenzó en 1976 no pudo realizar en el mundo laboral por medio de la represión y de la desaparición sistemática de personas fue efectivo durante los ´90 con la flexibilización laboral, el avance de los empleos en el área de servicios y, principalmente, con la desocupación haciéndose fuerte y creciendo notoriamente en esa década.

El disciplinamiento del trabajador es menos efectivo a través de la represión que a partir de la creación de un clima de incertidumbre y de crisis generalizado. El aumento de la inestabilidad y precariedad del empleo, así como también el aumento del desempleo, actúan como elementos de presión para aceptar el deterioro de las condiciones laborales, este es el efecto que produce el ejército industrial de reserva.

Desde el grupo de economistas más vinculados a la ideología del libre mercado se baja un “consejo” al trabajador, que es: “cuiden su puesto como oro”. Se cimienta una idea de protección del empleo que deriva en aceptar las condiciones que impone su contratante. Así es como las suspensiones se repiten en diversas empresas y el obrero lo acepta adaptándose al nuevo régimen impuesto por la “crisis”.

Entonces, como ocurrió en los años 90, se van aceptando condiciones laborales deplorables, retrocesos que sólo pueden ser admitidos en este contexto. Con un sindicalismo que no termina de arrancar, que cacarea con una manifestación pero que parece menos preocupado por realizar una huelga general que haga poner al gobierno nacional en jaque que por negociar con ellos. Juega muy fuerte este nuevo panorama del mercado laboral y para el próximo 6 de abril anunciaron el reclamado paro general pero la central obrera, en una especie de guiño al oficialismo, no realizará movilizaciones.

Dujovne rechazó que el Gobierno impulse una flexibilización laboral. Pero aseguró que “se está trabajando en acuerdos, como el que se logró en (el yacimiento neuquino de) Vaca Muerta, con las empresas y los trabajadores, en donde todos ganan, incluso el Gobierno. Eso no es una flexibilización laboral, sino un acuerdo entre sectores y esa va a ser la estrategia del Gobierno”.

Vuelven debates que parecían estar definitivamente enterrados como los que establecen que hay una necesidad de flexibilizar los costos laborales y reducir los aportes patronales por trabajador contratado, con el objetivo de lograr mayores niveles de productividad y competitividad. La nueva ley de ART es un ejemplo de estos embates que se vienen repitiendo.

A pesar de que las reacciones a esta injusticia laboral recién comienzan a exteriorizarse y que los reclamos todavía son notablemente pocos, es básico vislumbrar que el gobierno que no crea empleo se desploma. Desde el propio Cambiemos saben que si en el corto plazo no lo generan a gran escala, o al menos no construyen la idea de que se está creando trabajo, van a estar en graves problemas que se manifestarán fuertemente en las elecciones legislativas que se avecinan. Su lógica dice que las inversiones privadas extranjeras van a llegar por las condiciones que les están dejando y se dará un círculo virtuoso de mayor inversión, crecimiento, empleo y, por lo tanto, el  país saldrá adelante.

Conviene destacar que la creación de las condiciones antes mencionadas no constituye per se una condición para el arribo del mercado global a la economía argentina, pero sin ninguna duda es un requisito indispensable. Sin ese panorama laboral instituido, el optimismo inversionista constituye una ficción literaria.

Por lo que podemos concluir que la idea de que “vamos a seguir trabajando en normalizar la economía y volver a la Argentina un país normal” significaría generar una ola de despedidos y suspensiones en un nuevo marco de flexibilización laboral con sus consecuencias correspondientes en el tejido social. Una apertura comercial que junto con las nuevas formas de producción y los avances en las tecnologías demanda una nueva forma de trabajo flexible que se adapte a los cambios, acentuando la inestabilidad laboral anteriormente mencionada, dejando el terreno fértil para las apetencias del capital global. Este es el juego establecido para los próximos meses y aún falta ver el lugar que va a ocupar al país dentro de un mundo que está estableciendo cambios y reacomodamientos.

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