Sex Education: otra buena de Netflix

Blas Martin

Redactor at Corriendo La Voz
Bahiense, daltónico y tesista: tres dolencias crónicas. Docente y comunicador.
Blas Martin

La plataforma de streaming audiovisual más popular de la región es una fábrica de producciones y megaproducciones. Buena parte de esas series, películas y documentales pasan de largo sin penas ni gloria. Cada tanto, alguna perla nos llama la atención, y nos dan ganas de comentarla. Es el caso de la británica Sex Education. Te invitamos a descubrir por qué.

Sex Education se nos presenta a simple vista como una serie más del género adolescente norteamericano al mejor estilo The Breakfast Club o American Pie: adolescentes en la preparatoria (últimos dos años del secundario), grupos de populares y losers, acosadores y acosados, amores no correspondidos y el descubrimiento de la sexualidad con la premisa de que perder la virginidad es un mandato a cumplir en esos dos gloriosos años. Pues bien, no hace falta afinar mucho el ojo para ver que hay mucho más que eso.

La serie tiene como protagonista y núcleo de la serie a Otis Milburn (Asa Butterfield), un adolescente retraído y freak que vive con su madre Jean (la inmensa Gillian Anderson), una terapeuta sexual que se nos presenta como desprejuiciada en su vida sexo-afectiva cotidiana. Junto con su mejor amigo Eric (Ncuti Gatwa) deciden encarar su pasar por la prepa en busca de popularidad, iniciación sexual y diversión. En el camino conoceremos a otros personajes: Maeve Wiley (Emma Mackey), de aspecto rebelde y tildada como comepijas por sus pares; Adam Groff (Connor Swindells), el típico bully que agrede sin motivos a quien se cruza por los pasillos (fundamentalmente a Eric) y que es además hijo del director de la Secundaria Moordale, donde vivimos gran parte de esta historia; y al popularísimo Jackson (Kedar Williams-Stirling), campeón de natación, codiciado por chicas y chicos.

Laurie Nunn (32 años), creadora de la serie, creció viendo los clásicos del cine para adolescentes y en cierta manera creó un mundo que los homenajea: los lockers individuales en los pasillos, la vestimenta, y hasta la música remiten a los ’80 y ‘90s, aunque los jóvenes de Moordale se manden mensajes de texto desde sus smartphones. Una licencia que le permitimos a Nunn dado que en ningún momento parece afectar el verosímil de la serie, que nos lleva la atención hacia otro sitio. Con el avance de los capítulos, empezaremos a ver cómo esos modelos clásicos muestran complejidades, cómo los temas van más allá de la búsqueda de popularidad y sexo y cuál es el mundo que Sex Education quiere mostrarnos.

Si aún no viste la serie, te recomendamos NO continuar con la lectura.

Educación sexual

La primera escena del primer capítulo ya nos da la pauta de lo que veremos: una escena de sexo entre Aimee (Aimee Lou Wood) y Adam, en la que se nos muestra cómo, pese a la arenga y esfuerzo de la primera, un distraído Adam no puede alcanzar el orgasmo, terminando por fingirlo de una manera muy poco creíble. Pocos minutos después, nos enteraremos que Otis tiene un problema similar: no puede alcanzar la eyaculación en sus masturbaciones. Con el paso de los capítulos y el desarrollo de los personajes irán surgiendo otras taras sexuales similares en los adolescentes, que van desde las ETS y el placer sexual hasta el consentimiento. La serie también tematiza el aborto, la homofobia, los trastornos de ansiedad y los problemas que encuentran los adultos para comprender y contener las problemáticas del mundo adolescente.

En ese marco, a partir de un episodio en que Otis aconseja a Adam para que pueda bajar de una crítica erección causada por una triple dosis de Viagra, Maeve le propone a Otis iniciar una clínica sexual para sus compañeres de secundaria. El incipiente enamoramiento de Otis y la necesidad económica de Maeve terminan por dar forma al emprendimiento, que será el núcleo narrativo de la serie. Esta clínica hace sentido gracias a un doble factor.

En primer lugar, la falta de una educación sexual que abarque el deseo sexual, el conocimiento del cuerpo propio, la identidad, el placer: lo que figura en nuestras banderas y en nuestras leyes como Educación Sexual Integral, ni más ni menos. Lo que irrumpe en la cotidianidad escolar es una clase sorpresa de Educación sexual en la que se enseña cómo poner un preservativo en pene plástico y cómo se componen los órganos sexuales humanos. Un programa que además de resultarnos muy familiar, deja una enorme área de vacancia cuya demanda suele ocupar Google, Yahoo! respuestas o el porno. En este caso, dos adolescentes.

El segundo factor: Otis. No es sólo la familiaridad con la terapia sexual (su padre y su madre, divorciados, son ambos terapeutas sexuales), sino y fundamentalmente su sensibilidad y su capacidad de escuchar a les otres, lo que lo convierten en alguien privilegiado para emprender esa tarea. Pero, ¿no suelen ser los personajes de las chicas la que ocupan ese rol?

Desarmando estereotipos

La elección de un protagonista varón no es casual, y podríamos arriesgar que tampoco responde a una costumbre patriarcal. Basta con ver el enfoque de la serie, el desarrollo del personaje y también con escuchar a su creadora: en una entrevista a Thrillist, Laurie Nunn dice confiar en que “hay algo interesante en ver a un personaje masculino, particularmente a un personaje masculino adolescente que está usando su corazón más que su cabeza. No es algo que se vea a menudo”. En otra ocasión, declaró en TV Guide que “es definitivamente un personaje masculino que fue escrito por una sala de escritores repleta de mujeres”. La pérdida de la virginidad en Otis no se instaura como un objetivo principal del personaje, ni como un hilo conductor de la serie, sino que se ubica como una preocupación más, fomentada por la presión del entorno.

Encontramos esta diversidad de capas en otros personajes, que también retoman los modelos del género para añadirle condimento y profundidad (o tanta profundidad como permiten 8 capítulos de 50 minutos). La doble presión que recibe Adam Groff: por un lado, por tener que cumplir un desempeño descollante en el sexo debido a su (sustentada) fama de pijudo, y por otro, por su padre que lo ve como una vergüenza familiar, y que siente orgullo por el exitoso y popular Jackson.

La “muerdepijas” (tal sería una más fiel traducción de cockbitter) Maeve Wiley es en realidad víctima de la burla a partir de un falso rumor que puso a circular un varón que no aceptó un no como respuesta, y que crea una coraza de aparente maldad y transgresión para ocultar su fragilidad y sensibilidad: tiene que pagar el alquiler de un tráiler donde vive sola, sus padres no figuran en el radar y su hermano le trae más problemas que soluciones. Ella es la protagonista de uno de los capítulos más dramáticos, cuando decide hacerse un aborto.

Podríamos hablar de la figura de Jean Milburn, que se presenta a todas luces como una mujer desprejuiciada, libre y moderna en la crianza de su hijo, pero es responsable de muchos de los padecimientos y trabas de su hijo, incluso superando algunos límites éticos, y encuentra dificultades para volver a relacionarse afectivamente luego de su separación. O también de Jackson, que detrás de su popularidad y su éxito como atleta, tiene que someterse a la disciplina casi militar que demanda una de sus madres para que sea un triunfador, mientras toma ansiolíticos para evitar ataques de pánico.

Todas estas rugosidades en la trama de Sex Education son intencionales. Nunn se propuso narrar historias donde los adolescentes puedan verse reflejados, tocando temas que sean de su interés, pero buscando evitar cierto tremendismo o tragedia que puede encontrarse en otras producciones (entre las que podríamos nombrar a 13 reasons why). Para esto puso sobre la mesa su posición sobre la diversidad sexual, el aborto (basta ver el papel de los anti-abortistas apostados en la puerta de la clínica donde Maeve aborta), y la ponderación del deseo y el descubrimiento corporal y sexual como un valor positivo, necesario para los adolescentes.

Construyendo nuevos modelos

Las posibilidades que brinda la industria cultural, fundamentalmente en soportes tan populares como Netflix, no son muy grandes. Aunque el modelo por suscripción es un poco más flexible que el de una TV sometida a la pauta publicitaria, un pequeño movimiento en falso puede romper el contrato de lectura, la búsqueda de entretenimiento con condimentos de progresismo. Por eso, cuando las producciones dan en el clavo de temáticas sensibles desde una mirada no moralista, ni tremendista, generando un producto que alterna drama con comedia (de ahí el dramedy, que define bien esta serie), bien vale celebrarlo.

No podemos tampoco dejar de entender Sex Education como producto de la era pos #MeToo. La edad de la creadora, los temas que toca y la figura del consentimiento como algo incuestionable nos hacen ubicarla en ese marco. Además de ser una serie escrita en su mayoría por escritoras mujeres, la productora contrató a Ira O’Brien, una “directora de intimidad” (Intimacy Director), encargada de cuidar tanto a jóvenes actores y actrices como a las escenas sexuales que protagonizan. Las escritoras también contaron con el asesoramiento de un educador sexual para el desarrollo de la historia.

Quizá podamos encontrar una sinécdoque en la propuesta de Nunn que nos ayude a ilustrar el valor positivo de la serie. En el capítulo más dramático de la serie, luego de ser dejado de lado en el día de su cumpleaños por su mejor amigo, un Eric dragueado como Hedwig (del film Hedwig and the Angry Inch) es víctima de un violento ataque homofóbico. Luego de transitar unos días de angustia y aparente vuelta al closet, Eric es abordado en un camino por alguien que le pregunta cómo llegar a un sitio. Ese alguien es un hombre con el que Eric puede identificarse: afrodescendiente, maquillado y arreglado, con quienes intercambian comentarios sobre esmalte de uñas. Ese es el punto de inflexión para que Eric pueda saltar del closet, orgullosamente dragueado, para que termine de ser apoyado por su padre y de reconciliarse en pleno baile escolar con Otis.

De eso se trata correr los límites de la industria cultural cuando hablamos de feminismo, diversidad de género y sexualidades, y disidencias. De mostrar otros modelos posibles en los cuales puedan identificarse les adolescentes y jóvenes, y que no sean ridículos, exagerados o víctimas. El drama existe, y existe en la vida real: la homofobia, la lesbofobia, la transfobia, los femicidios, trans-travesticidios, los crímenes de odio. Poder representar otras identidades desde un lugar del deseo y no sólo desde el padecimiento hace que puedan leerse como lugares posibles, como vidas posibles. Que la industria cultural-publicitaria y hasta el discurso Estatal quiera absorberlo o apropiárselo no es algo que debería ser un temor, sino signo de que esas otras identidades están siendo reconocidas como sujetxs.

El éxito ha sido evidente: Netflix confirmó que habrá una segunda temporada. Ahí podremos ver cómo se resolverán las incógnitas que quedaron al final de estos primeros ocho capítulos: Otis superando sus traumas sexuales y en una incipiente relación con Ola (Patricia Allison), aunque con el corazón en Maeve, quien por su lado enfrenta una falsa acusación por venta de drogas por defender a su hermano, lo que podría significar su expulsión de Moordale y el fin de sus aspiraciones universitarias; y las otras historias de amor que seguro tendrán su continuación, como la Eric y Adam (enviado por su padre a una Institución militar) de Jean y Jakob (Mikael Persbrandt), quien además de ser el plomero de los Milburn, es el padre de la nueva pareja de Otis. Nuevos conflictos familiares asoman. Será cuestión de esperar.

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