#SemanaDelChe Paco Urondo, un poema y un final anunciado

Gabriela Krause
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No hay serenidad, hay silencio
nadie levanta la voz aunque duden
porque realmente es raro que pudieran acorralarlo
nadie cree nada, aunque siga lloviendo

y las ilusiones son rescatadas

compro el diario y mojándome veo esas fotos
dios santo, con esos ojos abiertos
rompiendo el porvenir
y esa especie de sonrisa y con la boca fuerte
pero muerta.
y yo pienso que si él ha muerto así
nosotros, hombres de su generación
también terminaremos de mala manera
derrotados o con un balazo trapero
y los ojos abiertos para llegar a mirar como gatos
en plena noche
en plena violencia
los primeros pasos del único mundo que admitimos.

Sobre la muerte de Paco Urondo, Walsh escribió: “El traslado de Paco a Mendoza fue un error. Cuyo era una sangría permanente desde 1975, nunca se la pudo mantener en pie. El Paco duró pocas semanas… Fue temiendo lo que sucedería. Hubo un encuentro con un vehículo enemigo, una persecución, un tiroteo de los dos coches a la par. Iban Paco, Lucía con la nena y una compañera. Tenían una metra, pero estaba en el baúl. No se pudieron despegar. Finalmente Paco frenó, buscó algo en su ropa y dijo: «Disparen ustedes». Luego agregó: «Me tomé la pastilla y ya me siento mal». La compañera recuerda que Lucía le dijo: «Pero, papá, ¿por qué hiciste eso». La compañera escapó entre las balas, y días después llegó herida a Buenos Aires… A Paco le pegaron dos tiros en la cabeza, aunque probablemente ya estaba muerto.” (Texto de Rodolfo Walsh del 29 de diciembre de 1976, reproducido por El Porteño, abril de 1986)

Así postulaban los diarios de la época la historia sobre su muerte.

Paco también terminó así. Derrotado o con un balazo trapero. Y Walsh. Walsh también. Los dos, hombres de la generación del Che, terminados de la mala manera en que terminó el Che. ¿Fue presagio u obviedad? ¿Profecía o conciencia plena? ¿Premonición o final cantado?

Lo cierto es que mirando en retrospectiva parece un final anunciado, enunciado, enumerado en otro montón de finales iguales. Lo cierto es también que quién podría saber qué pasaba por la cabeza de Paco Urondo mientras escribía esas líneas. Pero una cosa es segura:

nosotros y nosotras, hombres y mujeres de otra generación
tal vez no terminaremos de mala manera
derrotadas o derrotados o con un balazo trapero
y los ojos abiertos para llegar a mirar como gatos
en plena noche
en plena violencia
los primeros pasos del único mundo que admitimos
y crearemos.

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