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Revista Mascaro

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Cuando el 24 de febrero de 1958 Ernesto Guevara funda Radio Rebelde en plena Sierra Maestra de la isla de Cuba, ya tenía bien claro la importancia de tener medios de comunicación que se ocuparan de difundir las acciones y las ideas del pueblo. Sabía, además, que las empresas mediáticas que respondían a la burguesía en cualquier rincón del mundo harían lo posible por ocultar o difamar el proceso revolucionario que daba sus primeros pasos allá por 1956.

A casi 60 años de la primera transmisión de Radio Rebelde, el panorama político, económico, social y cultural ha tomado rumbos mucho más tristes de los que el Comandante hubiera imaginado y querido. Los intentos por su soñada revolución latinoamericana se vieron arrasados a fuerza de sangre y fuego impiadoso por los sucesivos gobiernos que, en esta parte del mundo como en muchas otras, recibieron órdenes y armas desde Estados Unidos.

Si en aquellos tiempos al Che le preocupaba el accionar de los medios masivos, hoy estaría más que alarmado. Para quienes día a día intentamos aportar nuestro granito de arena en la construcción de un mundo justo, se hace cada vez más complejo derribar el accionar de semejante aparato propagandístico. No es nuevo el mecanismo mediante el cual operan de sol a sol los medios hegemónicos en Argentina y el resto de América Latina, pero la llegada de Cambiemos a la Casa Rosada trajo un preocupante escenario de monopolio de la palabra, quitando de la escena de los grandes espacios radiales y televisivos a casi todas las propuestas que son críticas a su gestión,  logrando un discurso único donde casi no hay comentarios sobre el preocupante escenario político y económico  que han instalado en apenas dos años.

Este discurso monopólico, monocorde y monotemático construido por Macri y cía, encuentra algunas grietas en el trabajo comprometido de cientos y cientos de periodistas de todo el país que, desde pequeños espacios, sacan a la luz la realidad que ni Magnetto ni Cristóbal López pueden tapar. La realidad de los pasillos de las villas, donde el frío, el hambre o las drogas son tan grandes como la desesperanza; la de las mujeres violadas, desaparecidas o asesinadas por el capitalismo y el patriarcado; la de los pueblos originarios perseguidos o muertos en manos de las policías provinciales, de gendarmería o de grupos parapoliciales socios de Insfrán, de Benetton o Macri; la de los pueblos envenenados en los que los chicos nacen malformados o mueren jovencitos de cáncer producto del veneno arrojado por los miserables patrones de la soja y la avaricia, capaces de matar hasta a sus familias por un poco más de dinero, ante la mirada cómplice de los Solá, los Kirchner, los Vidal o los Bullrich; la realidad de los y las laburantes, la de los que no entienden de macroeconomía pero son los que más sufren el eterno pago serial de la deuda externa y sus nuevos endeudamientos; la realidad real, la que no entiende de medias verdades ni postverdades. Esa realidad es la que por todo el territorio muestran radios comunitarias, revistas políticas y culturales, canales de televisión alternativos, portales de noticias de jóvenes comprometidos con el y la de al lado.

Ese trabajo de muchos años y miles de personas, empieza  a necesitar de la unidad; de la unidad y la entrega, de la coherencia; del profesionalismo y la honestidad; del compañerismo, de esos hombres y mujeres nuevas que estaban en la cabeza del Che y que debemos hacer un esfuerzo diario por encontrarlas, por construirlos.

Si el nombre de Santiago Maldonado hoy no puede ser ignorado por nadie, y si ya la mayoría sabe (o al menos duda) que la desaparición es responsabilidad de la gendarmería, es porque esa unidad espontánea de tantos y tantas porque se sepa la verdad fue posible. Es momento de dejar de esperar que nos una sólo lo urgente, para poder hacer frente a tan gigantesco e inescrupuloso enemigo. Esa sería una linda manera de homenajear a Ernesto.

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