Se acentúa la brecha salarial de género y las desigualdades

Juan Agustin Maraggi

Juan Agustin Maraggi

Editor de Análisis Político y Social en #Corriendo La Voz | Colaborador en Revista Mascaró | Estudiante de Sociología en la Universidad de Buenos Aires
Juan Agustin Maraggi

La desigualdad en la estructura económica para con las mujeres no es una novedad, pero su crecimiento sostenido y sus causas son poco exploradas. Un reciente informe del Centro de Economía Política Argentina (CEPA) sistematizó en dónde se generan mayoritariamente las brechas salariales y sus causas. Desde Corriendo La Voz analizamos, en base a sus investigaciones, cómo continúa acentuándose la mayor precarización y los menores salarios para las mujeres en el país.

Anteriormente (cuando una pared vale más que una mujer) hemos analizado cuestiones similares y que atañen a la temática. Debatíamos la brecha salarial en el país (donde el 40% de las familias están a cargo de mujeres y ganan en porcentaje $ 22.000 anual menos) y en el mundo, y también las consecuencias de las políticas neoliberales. Sin embargo, la investigación del CEPA reviste importancia debido a que problematiza más allá del mero sueldo y sus diferencias al debatir las causas y consecuencias de la brecha salarial y las diferencias estructurales por géneros. 

El título del análisis presentado: “más precarizadas y con menos salarios” esconde una complejización analítica más que interesante, a la brecha de ingresos y su persistente e histórica diferencia se le suman otros factores estructurales tales como la desigualdad en la distribución entre trabajo productivo y reproductivo y la mayor informalidad laboral en las mujeres, entre otras cosas que permiten un mayor análisis.

La brecha de la desigualdad y sus consecuencias

Una de las desigualdades más importantes radica en la evidente brecha de géneros existentes en los ingresos. Para analizar la misma, el CEPA retomó los resultados otorgados por la última Encuesta Permanente de Hogares (EPH) realizada por el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC) para el segundo trimestre del año 2017 (disponible acá). Considerando los ingresos de la principal actividad laboral, las mujeres perciben un 27% menos de ingresos que los varones. Si, por su parte, tomamos en cuenta el total de los ingresos personales (se le suman ingresos laborales secundarios e ingresos no laborales como pensiones o rentas) la brecha se agranda a un 29%.

Los años analizados (2004-2017) indican, a su vez, la existencia de una disminución en determinados períodos (explicados en ciertas mejoras coyunturales socio-económicas). Sin embargo, estos datos además de explicar cómo en los dos últimos años se ha profundizado la desigualdad de género en los salarios, también advierte algo esencial: la brecha se mantiene por arriba del 20% desde hace más de trece años. Esto nos demuestra a su vez que el mejoramiento económico sólo disminuye la brecha un par de puntos pero para erradicarla se precisan políticas y transformaciones profundas.

 

Más allá de los ingresos.

Otra de las causas históricas y, a su vez más persistentes, de la desigualdad se encuentra en la distribución entre trabajo productivo y reproductivo entre mujeres y varones. Según la Encuesta sobre Trabajo no Remunerado y Uso del tiempo del INDEC (disponible acá) que analiza el informe del CEPA, mientras que en promedio las mujeres destinan 5,7 horas diarias al trabajo reproductivo, los varones sólo 2 horas.

La definición del trabajo reproductivo se explica en todas aquellas tareas domésticas no remuneradas que se asocian al sostenimiento del hogar. Según el informe se conforma de tareas tales como: “lavar, cocinar, planchar, etc y las tareas de cuidado de los hijos, adultos mayores y la propia pareja”. Esto no sólo tiene consecuencias lógicas basadas en una desventaja  para la inserción en el mercado laboral por disponer menos horas con posibilidad de realizar trabajo productivo – es decir remunerado-, sino que también termina generando la posibilidad de obtener menores ingresos.

Si a estos resultados le aplicamos el análisis sobre la educación patriarcal y las imposiciones respectivas a perspectivas de vida, de oficio y la desigualdad ya existente, estamos ante la presencia de un combo que atenta constantemente y -de manera histórica- contra la posibilidad de un cambio.

Según la explicación del informe, las trabajadoras ocupan un total de casi 10 horas semanales menos en trabajo productivo y casi 25 horas adicionales de trabajo reproductivo no remunerado que sus pares varones (…) Los factores sociales y culturales quedan de manifiesto cuando se analizan las diferencias entre el tiempo dedicado al trabajo reproductivo entre varones y mujeres inactivos. Los varones inactivos dedican solamente 16 horas promedio al trabajo reproductivo y las mujeres lo hacen 46 horas en promedio. Estos datos también, por ejemplo, arrojan que la tasa de actividad de mayores de catorce años es de un 69.8% en la tasa masculina y 47.9% en la femenina.

 

La informalidad tiene nombre femenino.

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En los trabajos no registrados también podemos visualizar la problemática a flor de piel. En el sector las mujeres representan el 36%, mientras que los varones el 31%. La brecha salarial, en estos casos se duplica, llegando a un aproximado del 40% (promedio estimado en todo el período analizado, siendo un 34% en el segundo semestre del 2017).

Dentro del análisis, el informe detalla que una de cada dos trabajadoras informales realiza su actividad remunerada en trabajo doméstico, una actividad realizada en un 98% por mujeres

Según detalla el análisis: “La mayor inserción femenina en la informalidad laboral es un factor de inequidad que excede la brecha salarial. La menor tasa de formalidad afecta el acceso de las mujeres en la salud, a derechos laborales básicos (vacaciones, aguinaldo, entre otros), restringe sus posibilidades de participación sindical y también limita la posibilidad de contar en la vejez con cobertura previsional.

 

Trabajos para varones y trabajos para mujeres.

A la desigualdad que venimos analizando hay que sumarle la concentración diferenciada de tipos de trabajo entre varones y mujeres. Es moneda corriente escuchar la especulación de qué género debe realizar o realiza tal o cual tarea y la ‘imposibilidad’ de mujeres de hacer ciertos trabajos o de varones de hacer otros (sobre todo se utiliza con las primeras).

En el mercado laboral formal, el trabajo en el que tiende a insertarse la mujer se define generalmente como aquellos con componente de cuidado (docencia, sanidad y trabajo doméstico). El 62% de las mujeres en este mercado formal se desempeña en estos, mientras que para los varones sólo es un 6%

Según las investigadoras Valeria Esquivel y Francisca Pereyra, la remuneraciones promedio de estos trabajos son por hora inferiores a otras actividades similares, lo que denominaron una ‘penalización del cuidado’. Desde el CEPA realizaron una interesante corroboración de las hipótesis a través de las remuneraciones ofrecidas en dos distintas portales de trabajo como se indica en el siguiente gráfico:

El consumo también atravesado por la desigualdad.

Una de los factores más interesantes de la investigación realizada por las investigadoras a cargo de este informe, radica en incorporar a la variable consumo una nueva variable: la de género.

La cuantificación del consumo suele utilizar como paradigma al varón, las investigadoras decidieron utilizar un modelo para demostrar la existencia de gastos diferenciados y mayores en el consumo de las mujeres. A los fines de la investigación usaron como modelo una mujer cuya menstruación se produce a los quince años, tiene dos hijos durante su vida fértil y a los cincuenta años tiene la menopausia y en base a ésta se realizó un detalle del consumo:

Si en este caso se suma el valor de las toallas femeninas, pastillas anticonceptivas y analgésicos tendrá un costo de $ 6.518 anuales y $ 198.700 a lo largo de su vida reproductiva.Si a estos datos, además, le sumamos dos embarazos se suman $ 38.000. Si además se suman los gastos de la Menopausia por aproximadamente 35 años ( $ 346.200) estamos hablando de un gasto de consumo de $ 582.900 mayor de las mujeres.

Pero esto no termina aquí. Además de estas cuentas (un dinero el ciclo reproductivo, otro en el caso de tener un embarazo y un tercero monto en la menopausia) existe lo que se denomina ‘Pink Tax’ (impuesto rosa). Es decir, la denominación al mayor costo que algunos productos poseen en su versión femenina siendo, en muchos casos, el mismo producto. Algunos de estos llegan incluso a tener un precio superior de un 100%.

Los datos son contundentes, la brecha salarial es una parte más de una profunda desigualdad estructural. Sus causas – algunas expresadas en la nota- exceden sólo los números y son necesarias buscarlas en las instituciones, la cultura patriarcal, la educación y un sinfín de configuraciones sociales, políticas y culturales. La raíz de la problemática, evidentemente, se encuentra de manera intrínseca en la propia estructura productiva, y no es posible solucionarla sólo con políticas superficiales. La única posibilidad se encuentra en acompañar las políticas a implementar con transformaciones profundas que no sólo atañen a lo económico y político, deben arrasar también con las percepciones, las lógicas institucionales, la crianza, la educación y la sociedad en pos de un modelo productivo equitativo.

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