Rosario: ¡Basta de Gatillo Fácil!

Imagenes de Cristian Maio y Joaquin Emilio Martinez para Agencia Sin Cerco
Cecilia Malasechevarría

Cecilia Malasechevarría

Nací y crecí en la tierra colorada. Estudiante de Comunicación Social. Feminista
Cecilia Malasechevarría

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“Ni un pibe menos, ni una piba menos, ni una bala más. El Estado es responsable”. Esta fue la consigna que resonó el pasado lunes en diferentes ciudades del país que padecen la misma problemática; el abuso de poder de las fuerzas de seguridad.

Según las estadísticas de CORREPI hay un muerto cada 23 horas víctima de gatillo fácil. Siempre son pibes, invariablemente de villas y barrios pobres. ¿Qué impacto tiene la desigualdad social sobre el sector que recibe la menor parte en la repartición de las riquezas?

Imagenes de Cristian Maio y Joaquin Emilio Martinez para Agencia Sin Cerco

Fue la 4° marcha nacional contra el Gatillo Fácil y es la 2° de la que participa Rosario. La movilización estuvo encabezada por víctimas y familiares de víctimas de las fuerzas de seguridad a quienes robaron sistemáticamente la vida de hijos, hermanos, primos, amigos, vecinos. También se sumaron al pedido de justicia diversas organizaciones sociales que cotidianamente brindan apoyo a muchas de estas familias.

Nelson, o el Chino como le suelen llamar, nos brindó su testimonio y a través de sus palabras puso de manifiesto la existencia de un accionar metódico y desmedido de los integrantes de las fuerzas de seguridad. Dejó ver cómo operan ciertas construcciones del otro que están instauradas firmemente en la sociedad, siendo funcionales a la perpetuidad de esta problemática que se extiende y renueva sus víctimas constantemente.

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En el mes de marzo de este año el Chino se encontraba con un grupo de amigos en las Cuatro Plazas alrededor de las 4 de la mañana haciendo tiempo para ir a trabajar. Un patrullero del Comando Radioeléctrico se detiene, bajan dos efectivos y comienzan a golpearlos brutalmente. Uno de los chicos, asustado, atina a correr y escapar de los verdugos uniformados, sus amigos no lo reconocerán cuando lo vuelven a ver en la comisaría 14° donde son llevados. “Vimos un pibe tirado en el suelo y estaba desfigurado, entonces no nos dimos cuenta de que era él”, cuenta y agrega que su amigo tenia rastas muy largas, se las habían cortado y eso hizo que no puedan discernir que, quien se encontraba en el suelo, era su amigo. Permanecieron allí hasta el otro día, donde fueron víctimas de torturas físicas y psicológicas

Vivimos inmersos en una cotidianidad que nos lleva a cuidar nuestras cosas, preocuparnos por nosotros mismos y por los nuestros, a encerrarnos en ese círculo pequeño, individualista. Nos han quitado la capacidad de empatizar con quienes tenemos al lado, de preguntarnos qué historia tiene, qué necesidades tiene o que problemáticas afronta cotidianamente. El Chino recuerda, con cierta aflicción, la historia de un pibe de su barrio que, como tantos otros, murió por la bala de un policía. Cuenta que aquel chico robaba, que pocas veces tenía algo para comer, era chico y no iba a la escuela. “Yo fui un malcriado”, dice, porque sus padres siempre hicieron lo posible para que no le falte nada. Sin embargo, agrega que, si bien su casa tenía pisos de tierra y agujeros en los techos, comida nunca le faltó.

Las fuerzas de seguridad se han convertido, hace largos años, en un aparato represivo que se ocupa de “garantizar” a un sector de la sociedad tranquilidad y calma, a aquellos ciudadanos que viven en zonas urbanas y sobre todo del centro y macrocentro de las ciudades, allí donde los transeúntes pertenecientes a ese territorio no despiertan miedo cuando caminan entre la muchedumbre. ¿Qué pasa con quienes no residen en ese lugar?

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A partir de esta construcción de seguridad y de “gente bien”, por oposición, se encuentran aquellas personas que viven al margen de esa realidad y de este estilo de vida, son aquellos que están ubicados en zonas fronterizas, en barrios alejados del centro de la ciudad, allí donde los derechos humanos perecen, porque son territorios despojados de ellos, donde la falta de luz, de agua, de políticas medioambientales, de pavimentación, de gas son parte de su realidad. Viven un día a día diferente, las luces de la ciudad no llegan hasta sus espacios y entonces pasa lo que sucede con todo lo que se encuentra en la oscuridad, se atemorizan. ¿Quiénes? Los que se encuentran provistos de estas cosas esenciales que son básicas para todas las personas, para llevar una vida digna, y son ellos quienes, a gritos, piden SEGURIDAD. Les da miedo el otro, esos otros que nos han hecho creer que son criminales despiadados, sumergidos en el odio y la sed de violencia, esos otros que se mueren cada 23 horas y no lo cuenta ningún diario, esos otros que conviven con el hostigamiento y las torturas de efectivos de la policía por el simple hecho de nacer a unos kilómetros del corazón de la urbe. Nelson revive poco a poco aquella noche atroz y se acuerda de las palabras de quienes los tenían privados de su libertad, torturándolos y repitiéndoles que con él y su grupo de amigos podían hacer lo que quisieran, porque nadie iría a reclamarlos. Ese episodio lo llevo a cambiar rotundamente su perspectiva y a romper con esa imagen que estigmatiza a los pibes de barrios bajos, como dice él, y reflexiona que así como los agarraron a ellos que estaban terminando una noche como cualquier otra, lo mismo le habrá pasado a muchos y se pregunta cuántos murieron en circunstancias similares.

El Estado hace uso de su aparato represivo; las fuerzas de seguridad. Tienen apoyo y el visto bueno del poder legislativo y judicial, quienes cooperan para sostener esta política de crueldad. Muestra de esto son las declaraciones y el gesto de nuestro actual presidente y de la ministra de seguridad hacia Chocobar, el policía que le disparó por la espalda a un chico en la calle quitándole la vida. Lo avalan, los felicitan y los engrandecen por sus “actos de valentía”, por arriesgar su vida día a día, incitándolos a seguir actuando hostilmente, fustigando y torturando a los pibes de los barrios más vulnerables que se bancan la persecución, los golpes, las amenazas y las pisadas porque por ellos no reclama nadie.

Hay dos mecanismos que operan fuertemente en nuestra sociedad para que todas estas acciones sean bien vistas por los ciudadanos “de bien”. Estos demandan enérgicamente justicia y seguridad, cosas que los marginados están condenados a tan solo soñar con conocerlas realmente, porque lo único que pueden certificar es que son dos derechos más que se suman a la lista de aquellos que les son negados desde el primer día que conocieron el mundo.

Se construye un sujeto peligroso y se lo nutre de características peyorativas, un sujeto que vive en un barrio invisible para un Estado que allí no se hace presente. Se muestra, desde los medios de comunicación, una mirada acotada y tendenciosa de sus vidas y así, van fabricando modos de evaluar y juzgar a ese otro. Es ese pibe que cuando lo ves caminando por los adoquines del centro de la ciudad, pisando las veredas de esas calles habituales para vos, te invita a cruzarte de vereda, porque seguro te roba o te lastima. Los medios se encargan de criminalizarlos logrando que nadie se pregunte por la historia que está bajo sus viseras y que olviden que también son personas, que padecen necesidades y que, seguramente, también estén enojados por ser “los nadie”, como los describía Eduardo Galeano.

Imagenes de Cristian Maio y Joaquin Emilio Martinez para Agencia Sin Cerco

Otra construcción emerge para reforzar la anterior: la del joven que, a pesar de haber nacido y criado con poca comida, totalmente desamparado, se esfuerza de sobremanera para estudiar, trabajar y poder salir de esa situación de carencias. Lo convierten en héroe, reforzando el discurso meritocratico de que con sacrificio y sudor todo se logra.

¿Qué significa invertir en seguridad? ¿Apuntar a mejorar a miles y miles de efectivos para que adopten estrategias para la ejecución de tácticas brutales que serán volcadas sobre los cuerpos de los de siempre, o generar políticas orientadas a disminuir la desigualdad social, responsableque un pibe a corta edad tenga que salir a trabajar y no poder gozar de su niñez?

Recortan el presupuesto de educación, salud, de los comedores comunitarios, claves para las familias que no logran comer todos los días y, ¿aun así la culpa la tienen siempre los que nacieron para ser juzgados por una sociedad y por una justicia que no fue hecha para quienes viven bajo la línea de pobreza?

Al calor de las canciones y del repiqueteo de los tambores, quienes esperan que la justicia pueda devolverles una pequeña porción de lo que se les arrebató, marcharon envalentonados exigiendo una respuesta del Estado y pidiendo que no muera ningún pibe más por la desidia y el abuso de poder de las fuerzas de seguridad.

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