#Recomendada Descubriendo la cultura swinger

    Revista Chocha

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    Revista cultural feminista. Para mujeres que van en el asiento del conductor. www.revistachocha.com
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    Nos asomamos al mundo de la cultura swinger, porque visibilizando podemos deconstruir los estigmas

    La palabra inglesa “swing” significa cambiar. La pareja que se autodenomina swinger está dispuesta a cambiar momentáneamente a la persona con la que usualmente tiene relaciones, por otra u otras. El intercambio puede ser mutuo, o que haya una parte activa y otra espectadora. En la jerga swinger, existen distintos niveles de intercambio según lo que busca cada pareja. Si solo se permiten besos, caricias y sexo oral el intercambio es “suave”. Si el sexo involucra penetración, el intercambio es “completo”. Existe una categoría que involucra sólo sexo entre mujeres, mientras que los hombres observan, y otra que es invitar a alguien desconocido a la pareja para hacer un trío.

    Los boliches swingers también tienen sus propias reglas. Sw Anchorena (que actualmente tiene sus puertas cerradas) y Sweet Club son los dos más famosos de la movida swinger de Bs. As. Si bien ambos tienen noches LGBT, el grueso de la comunidad SW que asiste a estos boliches tiene parejas heterosexuales. Al ingresar a Sweet Club es obligatorio dejar los celulares en el guardarropa para preservar la privacidad de los asistentes. Lo que este sitio tiene de “boliche” es una pista de baile, una barra para comprar tragos y nada más. Al apenas ingresar, algo se presiente en el aire, todos comparten un mismo propósito: concretar un encuentro sexual. En la pista donde la gente toma y baila con su pareja, el ambiente no es descontracturado, las miradas se cruzan, los sentidos están a punto para la cacería. Por más intimidante que suene, en un lugar en el que los deseos son claros y compartidos, uno se puede mover con comodidad. En un rincón con sillones, un cartel dice: “En este lugar usted puede presenciar escenas que afecten su moral y buenas costumbres”. Allí dentro la palabra exhibicionismo es vaciada de contenido. En el medio del boliche hay un escenario donde en cierto momento de la noche, una pareja de strippers se arranca la ropa. Este espectáculo, junto con todo lo que pasa en la pista de baile, parece una realidad de cartón comparada con las sensaciones que se palpan en las habitaciones de los pisos superiores.

    Los privados se dividen en tres: una habitación donde se puede entrar de a parejas o solo y hay que pedir permiso para tríos; la siguiente donde según dicen todo está permitido; y la última exclusivamente para parejas (aquí se da el verdadero swing). En estas habitaciones de luz baja y sexo sin tapujos uno puede perderse un poco del mundo exterior. Al mismo tiempo, entre cuerpos sin nombre se pierde la individualidad.

    La cultura swinger es tabú y muchas veces criticada al igual que el poliamor y el amor libre, ya que son todas formas de relacionarse que afectan el orden monogámico de la sociedad. Al mismo tiempo, como una profecía autoproclamada, todo lo que se esconde se tiñe inevitablemente con el color de lo prohibido. El swingerismo esconde una contradicción por estar “entre dos mundos”: el de las personas casadas que creen en el matrimonio, el amor romántico y la posesión entre dos personas, y el de las personas que viven una sexualidad libre sin pedir permiso.

    Tener encuentros swingers no es lo mismo que abrir la pareja. El swing surge de la base de una pareja monógama, y eso se mantiene. Más allá del morbo y la fantasía que pueda crear ver a tu pareja teniendo relaciones con otro, ese no es el único motivo para experimentar el swing. Lo que se busca es tener sexo con otras personas poniendo un amparo ante la infidelidad, protegiendo a la pareja tras un mutuo acuerdo. Desear a otra persona, querer probar cosas nuevas, buscar cumplir tus fantasías no es un delito, pero está tan mal visto en esta sociedad de monogamia hegemónica que algunas parejas buscan en la vida swinger una solución estructurada.

    El grueso de la gente que asiste a los ya mencionados boliches forma parte también de una comunidad en las redes llamada LifeStyle, mediante la cual se arreglan los encuentros sexuales. En esta página cada pareja tiene un perfil donde especifica sus preferencias, se describe brevemente y sube fotos que otros podrán comentar.

    En el chat las propuestas son directas, hay quienes prefieren una cita previa, de a tres o de a cuatro, para conocerse y hay quienes prefieren ir directo al asunto. Por supuesto existen los perfiles de solteros y solteras que encuentran compatibilidad con las parejas que buscan hacer tríos o tener sexo en grupo. Entre las fotos que se suben, abundan las de mujeres. El inicio, donde aparecen las publicaciones de tus amigos, se parece más a un catálogo de la anatomía femenina que a Facebook. No es muy difícil deducir que la decisión de una pareja sobre tener o no relaciones con la otra se basa en el cuerpo de las mujeres, los cuales son examinados y juzgados minuciosamente.

    En el casillero “orientación sexual” parece una regla para los hombres poner “heterosexual” mientras que las mujeres en su mayoría se debaten entre “bisexual” y “curiosa”. Dentro de las preferencias para trío, es mucho más común la mujer bisexual que el hombre. En este lugar de lo “prohibido” donde no hay caras pero si muchas tetas y erecciones, donde no esperás encontrarte con un familiar o un vecino, y es más común la pregunta “¿te gustaría tener un encuentro sexual?” que otras como “¿a qué te dedicás?” uno podría asumir que no hay nada que esconder. Sin embargo la homofobia atraviesa a la sociedad en distintos niveles, y le juega a los hombres una mala pasada al momento de vivir una sexualidad plena.

    Sin duda, para hablar de sexo sin tabú hay que correrse un poco del mandato social pacato, estar abierto a la exploración sexual implica estar más en contacto con uno mismo, con lo auténtico. Lo que hacemos con nuestra vida sexual es diferente en cada persona y nos hace únicos en un mundo estandarizado. Sin embargo, cuando ponemos esta sexualidad en el panorama amplio de relaciones sociales, debemos ser críticos sobre la carga simbólica de ciertas manifestaciones. Que el cuerpo femenino sea la regla con la que se miden las posibilidades de disfrute en una relación habla de una sexualidad que sigue amarrada con fuerza a un sistema normalizador. Swinger si, swinger no, esa no es la cuestión. El verdadero desafío está en disfrutar, probar y destruir desde adentro toda regla, toda moda que quiera pintar al placer de algo que no es.

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