Que tu rabia se convierta en lucha

Soledad López Moreira y Lucía Gulisano Saris

Soledad López Moreira y Lucía Gulisano Saris

Redactoras at Corriendo La Voz
Dupla uruguaya

Soledad López Moreira: Militante política y social |Feminista y madre | Estudiante de Sociología, y de la Educación no formal | Amante de las emociones, los discursos políticamente incorrectos y espontáneos.

Lucía Gulisano Saris: Militante Política de izquierda y militante social | Psicóloga y Feminista | Estudiante de posgrado en Psicoterapia |
Adicta al café, al mate y la literatura feminista.
Soledad López Moreira y Lucía Gulisano Saris

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El pasado 23 de noviembre, fuimos una vez más autoconvocadas a una alerta feminista tras enterarnos de la muerte de Brissa, la niña de 12 años, que había desaparecido de su hogar en Villa Española, Uruguay, de camino a la escuela. Pocos días antes, nos llegaba la noticia de que se había encontrado el cuerpo sin vida de Valentina, una niña que estaba desaparecida en la ciudad de Rocha. Estos asesinatos recientes se sumaban al número de muertes por feminicidio, que en Uruguay hasta ese día llegaban a las 29 mujeres muertas en manos del patriarcado.


En el tiempo transcurrido desde que salimos a la calle por Brissa, marchábamos de nuevo el 25 de noviembre, Día Internacional contra la Violencia hacia la Mujer, y el día en que habíamos quedado en juntarnos a escribir y reflexionar, hubo otro feminicidio en Uruguay.

En la madrugada del domingo 26 de noviembre, morían asesinadas una mujer junto con su hija de 8 años, en manos de su ex pareja, en el Barrio Malvín Norte. De esta forma, llegamos a 31 feminicidios de lo que va del año.

La marcha de las mujeres

La tristeza de ese jueves 23 de noviembre, junto con la bronca, y la necesidad del abrazo sororidario no se dejó esperar: las mujeres nos autoconvocamos y salimos a la calle en una nueva alerta. No había tiempo para la espera, no podíamos aguardar para vernos al otro día, teníamos que salir a la calle esa misma tarde que nos enteramos del asesinato de Brissa, la urgencia de solidarizarnos, de compartir la indignación, la rabia, y convertirla en lucha era tan necesaria como urgente. La violencia basada en género se materializa en muchas formas y se produce en diversos espacios, tanto en el público, como el privado. El salir a la calle se transforma en un acto político en sí mismo, porque implica resignificar un espacio que no está habilitado para las mujeres, y donde la relación cuerpos y territorios es fundamental para entender cómo las mujeres habitamos el espacio público.


Había urgencia del encuentro. Los abrazos, el contacto, los cantos, las rondas, los gritos, la lectura colectiva de la proclama, encuentros y reencuentros como forma de sanación  y transformación.
Las feministas traen una nueva forma de lucha, o una vieja forma que adquiere nuevos sentidos; los rituales de saltos y bailes alrededor de la hoguera, la hermandad fluyendo por el aire, el llanto y el dolor visible, casi tangible, y su transformación en lucha y reivindicación a través del encuentro.

Poder patriarcal invisibilizado

Las soluciones fáciles no tardaron en aparecer, desde la pena de muerte, hasta la castración química, y todo tipo de condenas a gusto del lector. No había cómo culparlas, no era la pollera que estaba demasiado corta, no salían de ningún boliche a altas horas de la madrugada, no habían dejado los estudios; no decidieron irse solas de viaje, nada de eso pudo decirse; esta vez eran apenas dos niñas que cursaban la escuela; por lo tanto, los discursos fueron construidos de inmediato sobre el castigo al autor del crimen y la discusión se volvió rápidamente sobre el sistema carcelario y punitivista; penas más duras, dolorosas y crueles, esas eran las consignas.

Frases como: “¡Era un psicópata!”, “¡Qué enfermo hay que ser!”, “¡Un inmoral!” … entre otros discursos muy bien armados y reproducidos por los medios hegemónicos de comunicación, por actores importantes del sistema de justicia, personajes conocidos de la televisión, e incluso profesionales de la psicología. Ejemplo de ello son los múltiples titulares de prensa, en donde ninguno hace referencia al feminicidio, las diversas publicaciones en las redes sociales solicitando la pena de muerte, así como la declaración de un psicólogo en medios de prensa donde decía, “(…) Este tipo de casos son inusuales y llamó a no enmarcarlo en fenómeno social basándose en
convicciones personales” 

Este análisis es muy peligroso, la explicación causal del delito hace a la tipificación, a su resolución y a la búsqueda de soluciones individuales y colectivas, tanto de proyecciones como de prevenciones. Un análisis incorrecto, nos lleva a soluciones incorrectas; por tanto a la profundización de la problemática por reproducción de discursos incorrectos, o en el mejor de los casos a estancamientos. Se plantea como un caso aislado, basado en convicciones personales, un psicópata suelto con dificultades para controlar sus impulsos desviados. Para nosotras no es un caso aislado, el feminicidio es un crimen con historia, sustentado en un sistema de valores funcional al sistema patriarcal, basado fundamentalmente en el mandato de la masculinidad para los hombres. Como bien dice Rita Segato “un crimen de odio. (…) creo que aquel último gesto que es un crimen, es producto de una cantidad de gestos menores que están en la vida cotidiana y que no son crímenes, pero son agresiones también. Y que hacen un caldo de cultivo para causar este último grado de agresión que sí está tipificado como crimen… pero que jamás se sucedería si la sociedad no fuera como es. Se sucedería en un psicópata, pero la mayor cantidad de violaciones y de agresiones sexuales a mujeres no son hechas por psicópatas, sino por personas que están en una sociedad que practica la agresión de género de mil formas pero que no podrán nunca ser tipificadas como crímenes.” (Fuente

all photos: http://www.montecruzfoto.org/19-09-2016-Alerta-Feminista-Montevideo

Esos “gestos menores” de la vida cotidiana, están inundados de valores patriarcales y mandatos estereotipados en el género, que disminuyen a las mujeres, a las niñas y niños, y someten. Los casos de feminicidios y/o violaciones no tienen que ver con una psicopatología que no los deja tener conexión con la realidad, por el contrario, están conectados con la realidad y con el sistema capitalista-patriarcal. No se trata de “impulsos desviados” sino de cumplir con el mandato de la masculinidad hegemónica, de cuadrar dentro de los estereotipos del género masculino: “la mayor parte de las agresiones sexuales no son perpetradas por psicópatas. Los mayores perpetradores son sujetos ansiosos por demostrar que son hombres.” 

¿Por qué son crímenes del poder patriarcal tanto las violaciones como los homicidios basados en discriminación de género? Los cuerpos fueron y son históricamente espacios de poder. “La ideología sexista del patriarcado se manifiesta no solo en la relación hombre- mujer, sino que también reproduce elementos simbólicos, psicológicos y estereotipados, funcionales a la heterosexualización de las relaciones humanas y sexuales, que segregan y excluyen a quien no se ajuste a estas normas sexuales.” 

El hecho de que un individuo cometa un asesinato, violación o abuso, implica que de alguna manera estuvo habilitado a apropiarse del espacio público y del cuerpo de las mujeres, al que concibe como mera mercancía. Los casos de feminicidios o violaciones tienen que ver con el cumplimiento del mandato masculino hegemónico de imponerse por sobre la mujer, los niños y niñas, con la ideología sexista de que el hombre es dueño de la vida de esos cuerpos, puede decidir y/o accionar sobre ellos. Por lo tanto, pensar que penas más duras son una solución viable ante estos crímenes es continuar reforzando discursos conservadores, que perpetúan un sistema de valores que explota y mata a las mujeres.


“Lo que puede ser tipificado en una ley como crimen es solamente una partícula; una micronecimo de la totalidad de las formas de abuso y violación que sufrimos las mujeres todos los días. Lo que es posible tipificar en una ley, surge como la punta un iceberg gigantesco, dónde en todos sus estratos hay formas de agresión de género que no pueden ser tipificadas como crímenes; pero que son absolutamente fundamentales para que aquel crimen que está allá arriba se produzca. Lo que tenemos que tocar y pensar es dónde se cultiva esa última forma de agresión que se transforma en crimen. No surge de la nada; surge de muchos actos completamente legales como miradas, acoso callejero, etc.(…)”. (Fuente)

Cuando meses atrás, un peón rural fue cruelmente agredido en nuestro país por su capataz, por orden del dueño de la estancia, no pensamos que ese dueño o ese capataz padecían de alguna patología psiquiátrica. El análisis que hicimos como sociedad fue que el poder de la oligarquía se estaba imponiendo ante el peón y su cuerpo, esos golpes eran más que golpes, eran marcas visibles de la explotación oligárquica.

Las muertes por feminicidio y violaciones a mujeres, niños y niñas, son una extrema expresión de la explotación patriarcal. Tenemos la responsabilidad de asumir que es un problema social y la responsabilidad que nos toca. “La violencia contra las mujeres no puede analizarse ni enfrentarse de manera aislada sino vinculada a los factores de desigualdad económica, social y cultural que operan en las relaciones de poder entre hombres y mujeres”. 

Pensar en los hechos criminales como casos aislados y exclusivamente fenomenológicos, donde las variables de incidencia sobre la conducta humana quedan sujetas únicamente a cuestiones individuales, pero a la vez involuntarias de los individuos (como puede ser la fundamentación de una patología psicológica devenida fundamentalmente de elementos biológicos), es pensar en la criminalidad desde una perspectiva liberal y hegemónica. Esto implica entender a los procesos criminales como procesos que no reconocen, o que no se ven incididos por la estructura del sistema, sino como casos individualizados.

Hasta el año 2014, once países habían tipificado el delito de feminicidio en sus legislaciones. La CEPAL advertía que “pese al avance normativo, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) advierte sobre la falta de políticas públicas e instituciones capaces de asegurar su efectiva aplicación en los países. A esto se suma, dice el informe, que las normas se concentran en el castigo de los agresores, sin atender los distintos factores que inciden en la violencia contra las mujeres, entre ellos, la desigual distribución del trabajo, en especial del doméstico no remunerado”. 


En 2016, “Catorce de los veinticinco países del mundo con las tasas más elevadas de feminicidio están en América Latina y el Caribe y se estima que una de cada tres mujeres mayores de quince años ha sufrido violencia sexual, lo que alcanza la categoría de epidemia de acuerdo con los criterios de la OMS. El femicidio y la violencia sexual están estrechamente ligados a una seguridad ciudadana deficitaria, a una impunidad generalizada y a una cultura machista que subvalora la mujer.” 

Los feminicidios existen hace siglos, pero sólo en los últimos años algunos Estados lo han tipificado como un crimen con características específicas, permitiendo, entre otras cosas, que la violencia hacia las mujeres pueda ser nombrada, se haga visible y se intente combatir. Sin embargo y a pesar de estos avances en materia jurídica y de derechos humanos, hay una resistencia que viene del pensamiento más conservador de la sociedad, que se niega a democratizar los espacio de poder y a revertir el lugar de subordinación de la mujer. Estos grupos nos hablan de “ideología de género”, de protección a la familia, de no educación sexual para los niños y niñas, están contra el aborto desde un discurso pro-vida, totalmente criminalizador para las mujeres, y son los primero en embanderarse detrás de discursos fascistas de pena de muerte y cadenas perpetuas. 

Rita Segato nos dice, “Nuestras muertes no son atendidas ni tampoco entendidas porque son empujadas al campo de la intimidad y la libido. Hay que retirar las agresiones a la mujer del campo de lo sexual, de la libido, (…). El crimen sexual no es un crimen de la intimidad; es un crimen del poder sexual. No son crímenes sexuales, son crímenes por medios sexuales y de control. El control territorial se expresa en el control del cuerpo de las mujeres”. Quienes cometen estos crímenes no son enfermos, son hijos sanos del patriarcado.

Reflexiones

Asumir que son crímenes de poder patriarcal, es asumir que hay un sistema de explotación y opresión que opera sobre nuestras vidas, nuestros cuerpos, nuestros valores, nuestra economía, nuestros símbolos y nuestra cultura. Los métodos de seguridad son útiles para salvaguardar nuestra integridad y son válidos. Pero no son medidas preventivas reales, porque no son transformadoras. Los sistemas se adaptan, hacen de las calles, de las tecnologías, de la política, de los símbolos, de la cultura, etc., medios para reproducirse, no son las causas. Pensar que a una niña la secuestran porque estaba navegando en Internet, es volver a negar los factores estructurales que la vulneran. Cuidarse es fundamental, pero urgente y necesario es combatir las raíces que hacen crecer y nutrirse este sistema injusto, y sus formas salvajes de opresión.

Debemos comprometer a los estados a hacer relevamientos de los datos sobre feminicidios. En este sentido la ONU ha dado un gran paso, en 2016 resuelve crear un observatorio mundial contra el feminicidio y violencia basada en género. 

Marcela Lagarde nos dice que las mujeres somos quienes damos vida a la cultura democrática al denunciar la opresión de género y crear una conciencia crítica sobre la condición de las mujeres. Somos nosotras quienes enfrentamos la falsa creencia sobre lo inevitable de la violencia, la sacamos del encierro y del silencio, del tabú y de la complicidad. 

Seamos críticos, para no caer en análisis simplistas que invisibilizan las estructuras de opresión. Que responden a la contraofensiva del conservadurismo en la región y en el mundo, que viene por los derechos conquistados por el campo popular en las últimas décadas; no sólo a nivel laboral, sino por todos aquellos que hacen un poco más digna la vida. Como son los derechos sexuales y reproductivos, aquellos vinculados a la identidad de género y sexual, de los niños, las niñas y adolescentes, entre muchos otros. Crear herramientas institucionales, como políticas públicas y legislaciones (con presupuestos acordes), son necesarias pero no suficientes. Debemos pensar en un cambio civilizatorio que incluya al feminismo como un elemento ético. Desarrollemos una praxis feminista cotidiana, disputemos al patriarcado los espacios de poder más pequeños también, esos espacios que poco a poco construyen nuestras subjetividades, por tanto el lugar que debemos y merecemos tener en el mundo. Criemos en amor, y en libertad, sin sometimiento de roles sexistas estereotipados. Sigamos organizándonos como mujeres, como feministas, sigamos avanzando en la conquista del espacio público y privado, para que sean espacios donde todos y todas podamos desarrollarnos y ser felices sin distinción de identidad de género/raza/sexo o clase.

Reforcemos la autoestima de nuestras amigas, compañeras, primas, hermanas, y todas las mujeres que pasen por nuestras vidas, tengamos fe en ellas. Unámonos mujeres de todos los lados, y tejamos la solidaridad. Y en ese abrazo profundo sororo sepamos que nunca más vamos a estar solas, ahí entenderemos el comienzo del empoderamiento feminista, entonces la humanidad toda estará un paso más cerca de la emancipación.

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