#Porno: ese hijo no reconocido de la publicidad

Gabriela Krause
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Periodista | Escritora | Editora de Géneros y Breve Eternidad | Poeta | Feminista. Contacto: genero@corriendolavoz.com.ar / breveeternidad@corriendolavoz.com.ar
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En una cultura en la que no es necesario ser producto para convertirse en objeto de compra y de venta, muchos y muy recurrentes son los análisis sobre las distintas formas de publicidad. Vamos a dar vuelta por un rato ese análisis y pensar, no a la publicidad como herramienta explícita de venta sino a la pornografía heteronormativa como objeto publicitario de forma, tal vez, más sutil y camuflada.

Si pensamos en la publicidad como un objeto que ha sido creado para vender, nos daremos cuenta de que el cuerpo femenino, de por sí, es un factor fundamental y recurrente en el contenido de casi todas ellas. Desde naturalizar nuestro lugar establecido hasta mostrarnos sugerentes y ardorosas, o invitarnos a boliches gratis sólo para llenar el espacio de féminas, son varias las ramas de venta donde se nos comercializa como un objeto más.

La pornografía no se queda atrás. No sólo nos utiliza como un objeto de forma mucho más descarnada y menos sutil que la publicidad convencional, sino que enseña al hombre que coger es usarnos para su placer y que nosotras somos mucho más sumisas que lo que se muestra en la realidad. O no: algunas mujeres también maman de ella y se encuentran con que, en definitiva, el sexo no es tan divertido ni tan interesante como lo que cuentan las pibas en la sobremesa.

¿Qué compramos cuando miramos porno?

Partamos de la base obvia: cuando miramos porno, lo que estamos comprando es sexo. Pero ¿qué tipo de sexo?

Basándome en vivencias personales, puedo establecer que más de una vez, hablando de sexo, me he sentido fuera de cuestión. Esto, antes que cualquier cosa, me hizo entender, desde que vivo mi sexualidad sin miramientos, que el acto sexual puede tener muchas variantes y que no todos lo vivimos igual. Pensándolo así, como algo que incluso se manifiesta en constante transformación, es inevitable preguntarse por qué el porno convencional es tan predecible como la novela de la tarde, si en realidad se basa en el sexo, algo tan cambiante y tan inventivo como la misma realidad.

Lo que compramos cuando miramos porno es una forma premeditada de coger. Como los celulares viejos que venían con plantillas de sms que decían lo que uno podría llegar a tener que mandar si, por ejemplo, se encontraba ocupado en una reunión, la pornografía que más se consume es aquella que, cambiando a la mujer en cuestión – mas no demasiado sus rasgos físicos – nos muestra cómo usarla a gusto y piaccere para llegar al momento más importante de todo acto sexual: el clímax del hombre.

En ese clímax está todo. Lo que compramos cuando miramos porno es una concepción masculina y poco realista del sexo. Todo gira en función de su miembro viril, de sus deseos y de sus formas de llevarlos a cabo. La mujer es esa casi muñeca inflable de forma exquisita, tetas grandes, buen culo y poco hablar. La mujer es esa casi muñeca inflable que, después de alguna corta escena, ya está con la tanga bajada y cogiendo. El miembro erguido se comprende, con semejante visual. Lo que no se entiende muy bien, en definitiva, es cómo, cuándo y por qué – y si –  la mujer se empezó a mojar.

¿Y los gemidos? No hay que adentrarse demasiado en el universo pornográfico para encontrarse con mujeres que gimen de sólo pensar. Tocan al hombre gimiendo, practican sexo oral gimiendo, gimen cuando las montan, cuando cabalgan, cuando les tocan las tetas. Hasta cuando las miran gimen. El gemido, que se supone que nace del estímulo a determinadas zonas erógenas, en el porno es una cuestión natural.

El gemido como una constante – Imagen promocional del film ‘Nymphomaniac’

La vida real, ese baldazo de agua fría

El amor no tiene nada que ver con las princesas de Disney, y el sexo no tiene nada que ver con las modelos de Playboy. Cuando nos damos cuenta de esto, empezamos a darnos cuenta de que si queremos ir adelante, tenemos que olvidarnos y desaprender un poco del camino andado.

Para los hombres, la decepción llega cuando se dan cuenta de que las mujeres no son tan fáciles de seducir, ni tan fáciles de llevar a la cama, ni tan maleables cuando se tiene sexo y… también esperan, en determinado momento, llegar a acabar. Pero el porno no enseña, ¿no? que las mujeres también tenemos esa necesidad.

Para las mujeres la decepción es tal vez más triste. Mientras que el hombre se queda cabizbajo por su desempeño, inferior al de los hombres preparados de la industria, la mujer se queda triste porque rara vez llega al clímax con ayuda de su compañero de ocasión. El hombre, discípulo predilecto de la industria pornográfica, nunca aprendió cómo satisfacer las necesidades de la chica que, aunque tal vez lo calle y sonría, todavía no se resigna a la idea de terminar siempre caliente y con la cara empapada.

¿Y quienes no se reconocen dentro de un género, o quienes no responden al sentido heteronormativo de la concepción sexual? Para ellos, no hay tanto lugar. El porno más comercial no admite tales cuestiones, salvo que de sexo lésbico hablemos. Pero las lesbianas, en esta industria, parece que cogen sólo para mostrarle al hombre de lo que son capaces: de satisfacerse entre ellas, ni hablar.

Así, el porno va dejando, generación tras generación, secuelas de insatisfechos sexuales. Poca gente puede responder a sus estándares y, así, los hombres se encuentran con que las tetas rara vez son tan grandes y están tan erguidas, las mujeres nos encontramos con miembros viriles mucho más pequeños que en las producciones fílmicas habituales, los hombres entienden que no alcanza con usar ese miembro y nada más y las mujeres comprendemos que si queremos acabar, necesitamos más que un mete y saca convencional.

Detrás de escena, en el cine y en la vida real

Un estándar que genera tantas inseguridades en el hombre como en la mujer, y que es lógico destacar porque el porno gira en torno a él, es el del miembro del hombre que está erguido full time. No sólo es el protagonista indiscutible e indispensable: además, no se baja nunca.

¡Qué decepción esa primera vez en que, después de mostrar las tetas, de dejarse hacer, de tocar y chupar donde aprendimos, de poner voz de bebota, cara de lascivia, la cosa sigue igual, caída, indispuesta para el acto sexual! ¡Qué cantidad de cosas que pasan por la mente de una, que siguió todo el manual y nada, que se salió del manual, también, y nada! ¡Y el tacto que hay que tener! Porque para el hombre, no estar dispuesto es insultante, denigrante, el peor garrón. ¡Te juro que es la primera vez que me pasa! ¿Cuántas veces escuchamos chistes al respecto? ¡Te juro que es la primera vez que me pasa! Y una sabe que no, que no es la primera, ni será la última, pero sonríe y dice no pasa nada, y trata de permanecer sonriente cuando para adentro piensa ¿qué hice mal? ¿estoy más gorda? ¿soy horrible? ¿está pensando en otra?

El porno no enseña que hay un montón de factores que pueden anular la erección y que poco tienen que ver con la falta de deseo sexual. Desde una ingesta excesiva de alcohol hasta los nervios de la primera vez con una chica que gusta, los motivos pueden ser absolutamente variados y para nada determinantes respecto a la mujer en cuestión.

Hace varios años, buscando para mi compañero su primera porno, una película que nunca pudo volver a encontrar y que evocaba sus primeros despertares, me topé con un programa que entrevistaba a las trabajadoras detrás de escena del porno. El mismo se centraba, más que nada, en las mujeres encargadas de realizar los doblajes al español de las escenas de sexo. Pero también hablaba de otras, mujeres que debían encargarse de que el hombre esté siempre dispuesto, es decir, siempre al palo.

Esto me sorprendió. Pensaba: ¿cómo? Con semejantes mujeres, mujeres que son el ideal de belleza sexual del promedio consumidor, ¿estos tipos no se mantienen erguidos si no es con ayuda exterior?

El sexo, como la vida, no es tan simple como en las películas. Para llegar a coger no sólo hace falta desear coger y para mantener un hombre al palo no sólo alcanza con estar buena. Así como meterla y sacarla no sirven, en definitiva, para llegar a acabar.

Si nos divorciamos un poco del porno, entendemos que el sexo no puede sólo ser fálico. Si bien el hombre puede acabar con un poco de fricción y la mujer no tanto, ambos pueden disfrutar de experiencias mucho más enriquecedoras y eróticas dejando de lado la concepción netamente peneana del acto sexual.

Desde las manos hasta la lengua, todo sirve para llevar a cabo un estímulo, y toda parte del cuerpo se despierta si se la trata como se la debe tratar. El sexo no puede sólo ser fálico: eso es lo primero que debemos desandar, si queremos que las mujeres también se acostumbren a explotar.

Internet y sexo: porno al alcance de todos

Malcogidas

Cuando la mujer no está atravesando su mejor momento y se le ocurre, como si tuviera derecho, reaccionar mal, se adjudica la cuestión a dos grandes ejes: o está indispuesta, o está mal cogida. Esto es interesante por dos cuestiones fundamentales. La primera es la evidente: es, cuando menos, básico, que a todos nuestros comportamientos se les atribuya una cuestión meramente sexual. La segunda es casi graciosa: mal cogida es un término que no apunta a nuestro desempeño, sino al de ellos.

“Me la cogí”, suelen decir. “Es una mal cogida”. Un insulto que parece insultar a la mujer pero que, en definitiva, está menospreciando al hombre y a su desempeño sexual. Pero no sólo en el insulto lo vemos: las mujeres como objeto nos encontramos en lo máximo de la cosificación cuando, en la charla entre amigos, se habla de nosotras como cogidas. No “cogimos”. No “me cogió”. Me la cogí.

Máximo triunfo de la publicidad pornográfica: el hombre cree que es él de quien el sexo depende y así actúa en consecuencia.

Pero, ¿cómo no vamos a estar mal cogidas, si rara vez encontramos un tipo que se preocupe porque gimamos de verdad? ¿Cómo no vamos a estar mal cogidas, si les enseñaron que estamos dispuestas para ustedes, que no necesitamos más que su dureza para arrancar? ¿Cómo no vamos a estar mal cogidas si algunos ni siquiera creen necesario palpar la humedad antes de arrimarla para empezar con el famoso mete-saca del que hablaba Alex en La Naranja Mecánica? ¿Cómo no vamos a estar mal cogidas si cuando no pueden mantenerse dispuestos dan por finalizada toda posibilidad de un acercamiento sexual?

No todo acaba cuando el hombre acaba: ese es el camino que queremos desandar. Si no nos quieren mal cogidas, vamos a tener que desmenuzar, con el tiempo, toda una vida de enseñanza sexual por medio de la publicidad. Si no nos quieren mal cogidas, aprendan de nosotras, que desde pequeñas nos vimos empujadas – no todas, algunas no se han animado –  al camino de la búsqueda solitaria, que sin prejuicio y sin un alto estándar es, para muchas, la única forma de acabar.

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