María del mar Rodríguez

Escribo. Estudiante de teatro. Bailo en los semáforos. Amores: el feminismo, los fideos y el mate amargo.
María del mar Rodríguez

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Norita Cortiñas pasó por Mar del Plata. Su presencia fue una chispa de fuego que enternece, da ganas de seguir luchando y conmueve. La figura de Norita es eso: un estímulo político. ¿Por qué la amamos? ¿Qué tiene esta mujer que no gusta decir su estatura? 

Me atrevo, permiso, a dar una de las tantas respuestas: una lucha enorme transformada en ternura, el dolor de una herida como fue la dictadura, el cartel de su hijo Gustavo colgando en el pecho y una sonrisa pícara que recuerda así: ven-ce-re-mos. Lo dice suave, como un canto, sin gritar y sin enojo: ven-ce-re-mos y muestra el pañuelo verde en su puño. El blanco de su cabeza habla por sí solo.

Norita llegó el viernes pasado alrededor de las cuatro y media de la tarde al Centro Cultural “El Séptimo Fuego”. Caminando, con la sala llena, junto a otro entrañable, que siempre la acompaña: Eduardo Nachman. Ahí estaban, esperándola con una sonrisa, las periodistas Andrea Pérez Calle y Belén Cano. Se sentó con ellas, preparada para la entrevista abierta organizada por HIJOS Mar Del Plata, radio De La Azotea y El Séptimo Fuego. Miró al público y lo abrazó:

“La historia la llevamos en la piel. La llevamos en las venas. La historia nos recorre por todo el cuerpo. Por el alma. Y está grabada. Y no la va a poder borrar nadie. Así pasen 100 años, no la va a poder borrar nadie. La historia la hace el pueblo”

Esas fueron las primeras palabras que Norita regó entre les presentes. Luego, las periodistas le preguntaron sobre el feminismo:

La otra vez yo hablaba con una madre y le decía: las madres, cuando salimos a la calle, sin saberlo, tuvimos una actitud feminista. Un movimiento de mujeres que enfrentó una dictadura sangrienta, fatal, que le pusimos el cuerpo, que salimos a la calle, que no lo hicimos desde un escritorio o de adentro de cuatro paredes. Fue visceral. Nos sentimos amputadas, así. Nos sacaron un pedazo del cuerpo. Y eso fue salir a la calle. Cada madre que salió y fue a la plaza, a nadie las vino a buscar de la mano, a nadie las llamamos para instigarla a ir a la plaza, no. Este movimiento es espontáneo y visceral. Entonces yo le digo a una amiga esto, sí: ¿sabes que éramos feministas sin saberlo? Y ella me dice ‘mirá Nora, muy feministas pero vos antes de irte a la plaza dejabas la comida hecha ¿De qué feminismo me hablas?’

La sala estalló en risas. No conforme, Norita continuó con el relato de una anécdota con su hijo Gustavo:

“Estaba cocinando y un huevo frito me quedó roto. Le dije a Gustavo, no le des este a tu papá. Me lo como yo. Mi hijo que ya tenía conciencia me miró y me dijo ‘¿No tiene el mismo gusto? ¿Por qué te lo vas a quedar vos? ¿Por qué te minimizas vos?’. Ahora eso no se usa. Ahora si queda roto, comételo viejo”. Y estallaron las risas otra vez.

Su recorrido no terminó ahí. Ese mismo día, por la tarde, se presentó en la Universidad Nacional de Mar del Plata, y a las diez de la mañana del día siguiente se hizo presente en el teatro Mélany para la presentación de su libro biográfico Norita, la madre de todas las batallas” a cargo de editorial Sudestada, junto a su autor Gerardo Szalkowicz.

Ella marcaba, una y otra vez:

“¿Un libro mío? ¿Sola? ¡Con tantas madres que hay!”

“Ay, estas luces, ¡Pero si yo no soy la Susana Giménez!”

No. No lo es. Pero es de alguna manera el símbolo de lo que necesitamos en esta época: historia transformada, historia que no se cansa. Salir siempre a la calle.

Y salió. Se paró al frente del escenario, y dijo: “¿Me acompañan al acampe?”

Entonces caminó, saliendo del teatro, para el acampe que se estaba gestando hace seis días alrededor de la Municipalidad, por más de dieciocho organizaciones sociales.

Llegó caminando, hacía frío y viento, como las doñas del acampe bien sabían, y como para bajar un poco el frío, fue directo al abrazo de una mujer que había pasado toda la noche ahí.  Dos mujeres, dos luchas, se unieron en ese momento, y el resto fue una ronda delante de ella, de fuego en este invierno que tanto quema en Mar del Plata. Norita miró a los ojos a cada una de esas personas que estaban ahí bajo el frío y sin respuestas hasta ese momento. Tiró palabras de lucha, tiró ven-ce-re-mos y unió los puños de les presentes para gritar “Presentes, ahora y siempre”.

Norita se fue del acampe. ¿Pero dejó de poner los ojos en las luchas de Mar del Plata? No. Un rato después, me llega una foto de Yesica Maldonado. Yesica es una joven mujer que lleva la causa de su hermano Thomás Pérez, víctima de gatillo fácil. Desde 2014 grita su nombre pidiendo justicia y cuelga la bandera de su hermano mientras les cambia los pañales a sus hijos en la puerta de Tribunales. Hace unas semanas, Norita y Yesica se abrazaron en un encuentro de Educadores Populares. Norita la miró, la vio, la hizo sonreír y le dio fuerzas.

Mientras Norita estuvo en Mar del Plata, Yesica no conseguía para el pasaje de colectivo para ir a verla. LLegó, junto con Canela Bella, otra mujer luchadora de la ciudad, militante de las causas de las presas, al centro Cultural América Libre. Y me mandó una foto, como respuesta a mi pregunta, si había llegado a verla. Detengámonos en esa imagen, por favor: Yesica, Canela, Karina Díaz (“cuidadora de Norita” trabajadora del subte, fotógrafa de Derechos Humanos). Parece una simple foto de mujeres que sonríen. Pero esas sonrisas no son simples. Son mujeres que saben del dolor, y que saben, a pesar de eso, sonreír y salir de sus barrios y luchar por alguien más.

Entonces, ¿por qué amamos a Norita? Porque un día y medio “estuvo” en Mar del Plata y supo ponerle ojos a muchas luchas de esta ciudad, yendo de un centro cultural a la universidad, de un escenario a la calle y de la calle al alma de estas mujeres que van a seguir poniéndole el cuerpo al frío de esta ciudad.

Miralas cómo sonríen. Miralas cómo vencen.

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