Oscar Moro: el artífice silencioso

Blas Martin

Blas Martin

Redactor at Corriendo La Voz
Bahiense, daltónico y tesista: tres dolencias crónicas. Docente y comunicador.
Blas Martin

Un día como hoy, setenta y un años atrás, nacía en Rosario uno de los más grandes nombres de la música nacional. Desde el anonimato de la batería, Oscar Moro recorrió y construyó de punta a punta la historia del rock argentino. Desde Corriendo la voz celebramos su natalicio repasando algunos fragmentos de su vida.

El heterogéneo universo que, como en ningún otro país, se dio en llamar ‘rock nacional’, supo brillar en sus nombres propios reconocidos a nivel latinoamericano y mundial: Litto Nebbia, Charly Garcia, Luis Alberto Spinetta, Fito Páez, el Indio Solari, Andrés Calamaro, Gustavo Cerati, y por supuesto, los grupos que cada uno de ellos encabezaron (adherimos a la sentencia de Marilina Bertoldi: la historia del rock en Argentina es la historia del hombre en el rock: eso también se está cayendo). Detrás de los grandes nombres siempre estuvieron los que quedaban en las sombras, algo opacados por el fulgor de las primeras líneas. Y si tu rol es batir parches y platos en el fondo de los escenarios, puede que buena parte del público desconozca tu nombre. No es el caso de Oscar Moro.

Nacido en Rosario durante la primavera peronista, Moro arrancó su romance con los tambores como tantos otros: castigando ollas y cacerolas con lo que había a mano en casa. En su trayecto escolar saludaba en los pasillos a un tal Litto Nebbia, y conoció en la adolescencia a Kay Galifi, que terminó por ser el gancho que llevaría a Moro a estrechar manos con Nebbia y conformar la banda fundacional del rock nacional: Los Gatos, donde años más tarde compartiría también su primer proyecto con un joven Norberto ‘Pappo’ Napolitano.

Luego del revuelo causado por hits como La Balsa, Ayer Nomás o El Rey Lloró y un puñado de discos, el primer capítulo de Los Gatos se dio por finalizado. Moro se dedicó a conducir un micro escolar hasta que retomó su verdadera pasión con Huinca (un fugaz proyecto paralelo y casi clandestino de Nebbia) y reemplazando a David Lebón en Color Humano, proyecto nacido luego del final de Almendra, que retomó de este otro grupo fundacional sus motivos más hippies-psicodélicos. Moro (así lo llamaban casi todos), no paró de tocar por un buen tiempo: el exilio de Edelmiro Molinari marcaría el final de la etapa con Color Humano, y llegaría el tiempo de tocar con León Gieco, con la entente PorSuiGieco (Raúl Porchetto- Sui Generis- Gieco) y La Pesada del Rock & Roll, hasta que lo vino a buscar un tal García.

Charly García lo había escuchado tocar con Pastoral y lo fue a buscar para su experimento en la explosión progresiva del rock nacional de mitad de los setenta: La Máquina de Hacer Pájaros. Lo que asoma ahí terminó por explotar en lo que fue tal vez el supergrupo más representativo, prolijo e inexplicable del rock criollo: Serú Girán. A la vanguardia de su público, que no terminaba de entender esta nueva aventura de García, Serú terminó por ganarse el buen visto de la crítica y de su público. Puede que este sea el hito por el que la mayoría del público conoce a Moro: el back beat en buena parte del haber de Serú produce una pregunta obligada: “¿Quién es el batero?”.

El final de Serú marca el punto más alto de la carrera de Moro (podríamos agregar, del rock nacional que nació con Los Gatos). Seguirían años de reencuentros: con Pappo en Riff, y las reuniones de Serú y Color Humano en los noventa. El epílogo lo fue alejando de los ensayos y las presentaciones en vivo, pero lo fue apuntalando en la memoria colectiva de la música nacional. Sus amigos, colegas y compañeros de ruta lo recuerdan como un tipo que desde el minuto uno, cuando salía de trabajar en una florería para ir a ensayar, hasta su momentos más exitosos en los proyectos compartidos con García, fue siempre un tipo humilde, tímido, hasta algo inseguro de su potencial. Quienes no dudaron fueron los grandes músicos que lo rodearon: además de los mencionados, compartió proyectos con Nito Mestre, Beto Satragni (con quien formó la banda en la que se dio el gusto de tocar con uno que le faltaba: Luis Alberto Spinetta), Alejandro Lerner, y alguno más que se pierde entre memorias dispersas. Junto con Pomo Lorenzo, quizá los pocos nombres de bateristas que suenan de memoria (sin recurrir a wikipedia) de aquellos años.

Moro dejó este plano un 11 de julio de 2006, menos de una semana después de la partida de Syd Barret, otro gigante. Cada aniversario de su partida se conmemora el Día del Baterista Argentino. Las páginas de la historia que el mismo supo escribir, no las abandonará nunca.

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