“Olla no”: narrativas del odio

Blas Martin

Blas Martin

Redactor at Corriendo La Voz
Bahiense, daltónico y tesista: tres dolencias crónicas. Docente y comunicador.
Blas Martin

Latest posts by Blas Martin (see all)

El caso de Corina de Bonis, la docente agredida en Moreno, se inscribe en una serie de sucesos que muestran el grado de recrudecimiento de la violencia en el país en los años de Cambiemos. El odio emerge como una narrativa, tanto en los despachos ministeriales como en sus bases sociales; que también ponen el cuerpo.

Una maestra es secuestrada y torturada por realizar ollas populares. Militantes contra el aborto arrojan agua hirviendo a mujeres que llevaban el pañuelo verde. Un reconocido locutor escupe odio de género y clase en la segunda radio más importante en caudal de oyentes. Aumentan los casos de violencia de género y contra la comunidad LGBT. El Presidente recibe y saluda en su despacho a un oficial de la policía que ejecutó por la espalda a un ladrón en fuga. Por arriba y por abajo, la llamada derecha democrática es sostenida por prácticas violentas que nada tienen de democráticas.

Corina de Bonis es maestra en el Centro de Educación Complementaria n°801 de Moreno. En esa localidad, cuarenta días atrás, una explosión por una fuga de gas en la escuela n°49 terminó con la vida de Sandra Calamano y Rubén Rodriguez, vicedirectora y auxiliar de la institución. El hecho, que demostró una vez más las condiciones en las que se encuentran las escuelas de la provincia comandada por María Eugenia Vidal (con rebote en la CABA y en el resto de las provincias), produjo que 840 escuelas del distrito se encuentren cerradas aguardando inspecciones que determinen su seguridad. Produjo, también, la media sanción en diputados de la Emergencia en Infraestructura Escolar. La comunidad educativa del CEC comenzó a realizar ollas populares como alternativa ante el cierre de su institución, para no dejar de cumplir, como se pueda, las funciones que la escuela del siglo XXI (la real, la existente, no los modelos importados) cumple en los barrios más empobrecidos.

Corina es “una de las que más cocinó para los chicos del barrio”, según comentó una amiga suya en un audio que circuló por las redes. Por ello, fue secuestrada y torturada. El titular del gremio docente SUTEBA, Roberto Baradel, declaró que “le pusieron una bolsa en la cabeza y le escribieron con un crayón en la panza ‘No a las ollas’“. Este episodio es el corolario de una serie de amenazas y amedrentamientos a trabajadoras y trabajadores de la educación que se encontraban movilizados por la situación y demandaban respuestas de la gobernación. La imagen de la inscripción en el abdomen de Corina con un punzón es estremecedora: un accionar que uno puede rastrear en otras geografías, o en otras épocas. O no tan lejos.

Por arriba y por abajo

El episodio de violencia sufrido por De Bonis puede enmarcarse en dos tramas diferentes, aunque también vinculadas: por un lado, la trama de precarización, desfinanciamiento, subejecución, abandono y negligencia en torno a las políticas educativas, y por otro, la creciente ola de distintas expresiones de odio (de clase, de género, a la disidencia) que florecen como espejo de lo que se digita por arriba. La doctrina Bullrich/Chocobar suma suficientes muestras para hablar de una nueva postura oficial (el apoyo explícito) ante un fenómeno nada nuevo (el gatillo fácil, esa herencia que no resulta tan pesada). Lejos del fantasma de cada diciembre en el marco de una crisis económica (en este caso, la peor desde 2001), ya comenzaron a contarse víctimas fatales en el marco de saqueos a supermercados. En ese marco, Ángel “Baby” Etchecopar, en su programa de AM Radio 10, acusa de “negra vaga”, “porquería”, “vividora” -entre otros agravios que no pasarían primera ronda en el INADI- a una trabajadora beneficiaria de un plan social. El conductor es escrachado por violento, y luego apoyado por una pequeña concentración de conductores de taxis.

Los crímenes de odio y las denuncias por violencia de género y contra la comunidad LGBT también suman páginas en los años macristas: Eva Analía de Jesús, “Higui” para toda la comunidad que sigue su caso y reclama su absolución, enfrenta un juicio por matar en 2016 a un hombre que, junto con otros, trataba de violarla y asesinarla por ser lesbiana. Joe Lemonge fue condenado a cinco años y seis meses de prisión por defenderse de uno de los varios ataques que recibía por su identidad de género. Una oficial de la Policía de la Ciudad de Buenos Aires agredió y detuvo a Mariana Gómez por besarse en el espacio público con Rocío Gilat, su esposa. Se trata de casos que tuvieron repercusión pública, pero son apenas una muestra de la violencia a la que se encuentra expuesta la comunidad LGBT. Las denuncias por violencia de género crecieron en 2017 con respecto al año anterior en un 46,35%, según el Informe Estadístico de Casos de la Linea 144.

Las reacciones violentas fueron moneda corriente durante los días posteriores a la media sanción en Diputados del proyecto de ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo. Las irrupciones violentas en actividades o agresiones a mujeres que portaban pañuelos verdes fueron reportadas en diferentes puntos del país. La trama celeste de los antiderechos, resultó empoderada y busca ahora avanzar y bloquear la aplicación de la Ley de Educación Sexual Integral, con apoyo explícito de legisladores que trabajaron como nunca para que el aborto siga recluido a la clandestinidad.

El trámite electoral y el funcionamiento de los tres poderes del Estado sigue siendo tomado como dato científico que demostraría el carácter democrático del gobierno de la Alianza Cambiemos. En medio de políticas de ajuste que van abandonando unos dudosos harapos gradualistas para volverse terapia de shock, y ante la incapacidad del Ejecutivo de que el balance entre su plan de gobierno y la pérdida de popularidad no sea tan catastrófico, la violencia emerge como una narrativa hegemónica. No sólo desde las fuerzas encargadas de contener a palo y bala las consecuencias del crecimiento del desempleo y la pobreza, sino desde una base social que ha incorporado el odio como una lógica de acción política. Ya no sólo desde el pensamiento prototípico (también estereotipado) de ciertos sectores sociales, sino, ahora también, desde cierto laissez-faire oficial, desde el hacer. Apoyándose en ese feedback de narrativas odiantes, ¿qué tipo de democracia propone la derecha democrática?

Comenta

Print Friendly, PDF & Email