#NotaDeOpinión El futuro: el cambio

Gabriela Krause
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Periodista | Escritora | Editora de Géneros y Breve Eternidad | Poeta | Feminista | En mis ratos libres sueño con armar una banda disidente.
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La gente votó y adjudican al grueso popular una necesidad de cambio. Pero, ¿cuál es el cambio que queremos? ¿El que se votó o el que depende de nosotros, los de abajo?

Es importante recordar que la política no es fútbol.

Hay una cuestión general y muy argenta de proclamar banderines de distintos colores, argumentando que unos son ganadores y los otros, perdedores.

Esto es erróneo. Hablar de ganadores y perdedores es creer que los partidos que disputaban un país, eran dos adolescentes peleando por una pollera o dos barras discutiendo sobre fútbol entre risas en un bar. No.

Más que nunca, es indispensable lograr una unión. Hasta ahora, hubo una oposición sin ningún tipo de orden ni organización, sin siquiera una clara afinidad política. Partidos totalmente distintos uniéndose para derrocar a un gobierno considerado popular pero tal vez hostil. La oposición sin lineamiento y sin una fuerte tendencia argumentativa, dio a luz una coalición que hoy está en la sala de espera del sillón presidencial. La coalición que llevó al poder a Mauricio Macri y hoy empieza, como era esperable, a desarmarse por partes, a descomponerse en pequeñas partículas que vuelven a ser lo que eran antes del populismo K: fuerzas opuestas disputando un nuevo poder.

La gente pidió un cambio y eso no está mal. Para crecer, a veces, hace falta cambiar. El problema es la falta de contenido de ambos lados. La falta de propuestas. En las elecciones que acabamos de vivir fuimos manejados puramente como consumidores de marketing.

Es muy fácil ver la desunión que predomina en todos lados, es preocupante y hasta triste que, en realidad, la gente haya votado un cambio casi a ciegas, un cheque en blanco que va a ir mostrando la hilacha, lo sabemos, a medida que pase el tiempo.

Se votó con resentimiento y con la esperanza de algo mejor, incluso sabiendo que el neoliberalismo de un gobierno de ultra-derecha no es mejor.

Teníamos para elegir y elegimos, pero la elección era obligatoriamente entre dos polos que no se diferenciaban tanto y que casi podrían haberse presentado juntos, si limaban alguna aspereza. Dos hombres que gobernaron desde sus respectivos cargos y tuvieron altos niveles de gatillo fácil; de abandono por parte del Estado; de deficiencia en las instituciones públicas, desde la educación hasta la salud; de represión al trabajador, al artista, al distinto que pide manifestarse; de carencias extremas; de muerte infantil y de todas las edades; de asesinatos; de víctimas del aborto clandestino; de falta de suministros. Dos hombres que consideran que la inseguridad se resuelve con más policía y no con educación.

El día de ayer fue nefasto.

Nos vimos obligados a elegir entre uno y otro y hemos elegido, o bien porque queríamos un cambio, o bien porque al cambio le temíamos. Pero hubo muy poco voto por convicción, por ideales, por ferviente decisión. Elegimos al menos peor para que gobierne nuestro país en los próximos cuatro años y eso, dejando de lado cualquier postura política, es tristísimo.

Hay mucha consternación en las redes sociales. La gente votó enojada y hoy incluso el pro-cambio tiene miedo del mismo. Hubo una campaña del miedo que fue exagerada, pero también ridiculizada para quitarle credibilidad. El miedo está porque nadie quiere un gobierno neoliberal, un gobierno retrógrado y fascista. Es poca la gente que realmente comparte esta política, y lamentablemente son los únicos que no se ven afectados por nimiedades como un proceso electoral. Son los que viven mirando al mercado exterior, los fanáticos del libre comercio, los deseosos de ser un espejo de Europa, los menos, los pudientes.

Esto recuerda, en el fondo, un poco a aquella publicidad casi cómica que hablaba de un país dividido en Argen y Tina. Las realidades que ven estos o aquellos cada vez son separadas por una brecha mayor. Unos y otros menosprecian el voto ajeno y lo defenestran hasta proclamar que el 50% de un país es ignorante. Una ignorancia que no se cura con chicanas ni detracciones, pero que evidentemente de ningún bando quieren erradicar.

El cambio nos afecta a los de abajo, a los trabajadores, a los sin voz, a los nadies. El cambio da miedo porque plantea este mundo donde la política sí se trata de ganadores y perdedores. Y perdemos los que no elegimos al 100% el porvenir, porque estamos limitados por circunstancias sociales y económicas que nos limitan y nos forman como un modelo a seguir, un ciudadano promedio.

¿Es libre, entonces, el que vive en libertad pero no puede elegir?

Llegó la hora de demostrar que sí. La lucha, hoy, es en las calles. Ayer también lo fue. Al fin y al cabo, los gobiernos pasan y los trabajadores, los oprimidos, seguimos siendo los mismos que aguantan desde siempre.

Es momento de tomar las riendas y demostrar que no somos tibios, que no queremos este cambio, y resistir. Pero resistir desde la unión. Tomar el arte y usarlo de trinchera, de arma y de bandera. Que se escuche gritar al pueblo. Que sepan que no queremos que nos vendan el país.

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