Bruno Gagliardo

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Bruno Gagliardo camina el territorio en Palestina y mira de cerca múltiples experiencias nacidas de la ocupación sionista. Crónicas de bien allá que acercan a nuestras orillas una posible traducción de las vivencias de un pueblo que no baja los brazos.


I. Ser una persona con pensamiento crítico en Israel hoy día significa ser enemigue de la Patria. Imaginemos entonces lo que será para les luchadores… Una gran amiga me contaba el otro día que por estar en contra de la ocupación y del intento de colonización del Pueblo Palestino por el  Estado de Israel, en una ocasion, acompañando a una de las tantas comunidades en  resistencia, ella fue detenida por las fuerza de ocupación israelíes y puesta en prisión. Sufrió torturas y vejaciones, y se vio privada de algunas cosas, pero no de una que hace la diferencia: su digna rabia y su determinación de seguir involucrada en la búsqueda de otros mundos posibles.

II. Desde hace décadas, en cada instante del tiempo en que nos paremos a mirar, vamos a encontrar miles de niñes, jóvenes y adultes, hombres y mujeres encarcelades en las prisiones israelíes. La gran mayoría excepto una, Ofer, se hallan ubicadas en territorio de lo que hoy se conoce como Estado de Israel, en directa contravención a la 4ta Convención de Ginebra, que en su artículo 76 prohíbe el traslado de los prisioneros palestinos fuera de los territorios ocupados, alejándolos de sus familias y negando los permisos a éstas para salir de los territorios ocupados. Ahora bien, se les ocurrirá por qué estas personas se encuentran encarceladas: por el sólo crimen de ser palestines. Ni hablemos de quienes además tienen el atrevimiento de participar más activa y visiblemente en la lucha por la liberación de su pueblo.

Este es el caso de Hasan, un joven nacido en el seno de una familia militante en un pueblo rebelde en los alrededores de la ciudad de Ramallah. Desde bien jóvenes les palestines aprenden en la práctica lo que significa Sumud, un término Árabe que habla de la perseverancia, de la vida en comunidad, la solidaridad, el bien común. Hasan no fue la excepción. Comenzó tempranamente su participación en diferentes colectivos e iniciativas en contra de la ocupación, y le costó caro: va por su tercer período en las cárceles israelíes (la anterior había sido de más de dos años, en los que vio nacer entre rejas a sus dos pequeñas mellizas Saray y Kinza). Sólo estuvo libre por unos meses entre una detención y otra.

El otro día, cuando estábamos en la casa de su familia conversando y compartiendo un delicioso alimento, Hasan llamó para saludar a los suyos. Una vez finalizada la llamada, nos pusimos a hablar con Sanad –uno de sus hermanos más jóvenes pero igual de valiente y comprometido- acerca de las estrategias que les prisioneres desarrollan y ponen en práctica durante sus tiempos de encierro en orden de poder pasar el tiempo lo mejor posible en esas condiciones. Un ejemplo: entre todes consiguen un celular para comunicarse con sus familias y cada une de elles habla lo justo y necesario para que alcance para todxs. Entre elles se protegen, y todo lo que tienen lo comparten con el resto. Esto para mí también es Sumud.

III. ¿Recuerdan una de las primeras medidas de Donald Trump apenas asumido como presidente de los Estados Unidos de América? Bueno, para quienes no, les cuento: mover su embajada en «Israel» desde Tel Aviv a Jerusalén, negándole entidad a la Autoridad Nacional Palestina -y por ende al pueblo palestino en su conjunto-, y según Amnistía Internacional y otras organizaciones en evidente violación al derecho internacional. Bueno, ahora adivinen dónde se encuentra ubicada esta supuesta casa de la democracia y la libertad: en una de las incontables colonias/asentamientos ilegales que hoy día invaden estas geografias, en tierras que les pertenecen a familias palestinas que viven en los alrededores y que incluso tienen los papeles que prueban su titularidad. El reino del revés…

IV. Un grupo de mujeres israelíes -en su mayoría judías- se organizaron hace varias décadas para expresar su rechazo a la ocupación y la violencia del Estado de Israel –su Estado- hacia el pueblo palestino. Cada viernes desde entonces se reúnen en una plaza céntrica de Jerusalén Oeste para reclamar el fin de semejante barbarie. Salvando las distancias, ¿no les suena familiar este tipo de iniciativas?

V. En Jerusalen Este, la parte de esta ciudad sagrada que según diferentes acuerdos internacionales le correspondería a Palestina pero que tras la Guerra de los Seis Días en 1967 fue anexada por el Estado de Israel junto con otras casi 30 aldeas de Cisjordania, se están viviendo momentos críticos. Como consecuencia de la política Israelí de “judaización” de Jerusalén a través del desplazamiento forzado y la colonización de la población palestina, barrios,  aldeas y comunidades enteras se encuentran en riesgo inminente de ser desterrados de las tierras y derechos que les pertenecen. Uno de ellos se llama Silwan, nombre que según Khaled -vecino de estas tierras- significa “fuente de agua” o “manantial”. Hace referencia a que en el pasado esta área estaba llena de cursos de agua, piletas naturales, manantiales que corrían libremente y en abundancia, al igual que las personas que allí vivían. Era uno de los lugares preferidos de los habitantes de Jerusalén para refrescarse y disfrutar naturalmente junto a sus seres queridos. Incluso las familias cultivaban la tierra y tenían animales. Observando la fisionomía actual de este barrio sin que nadie nos contase dicha historia sería probablemente imposible poder imaginárselo.

Hoy día casi no hay agua en esta zona donde antes desbordaba; la tierra se resiente y nos grita pidiendo clemencia. Lo perverso que se oculta por detrás de lo evidente es que, al igual que lo que sucede en innumerables regiones, Israel modificó el curso de uno de los principales corredores de agua y ahora este preciado líquido ya no llega a esta área. A su vez, crearon un canal a través del cual se llevan el agua de lluvia, todo esto en beneficio de las colonias/asentamientos ilegales que rodean a estos barrios.

VI. Siguiendo con el ejemplo de Silwan, lamentablemente la situación es mucho más grave y compleja: 50 mil de las alrededor de 70 mil personas que viven allí se encuentran en riesgo de desalojo y desplazamiento forzado. Los argumentos esgrimidos por parte de las autoridades son diversos, pero uno de los más curiosos para mí es este que les voy a contar a  continuación. Una de las zonas que forman parte de Silwan y que se encuentra ubicada en las cercanías a la paradigmática Ciudad Vieja, fue declarada por el Estado de Israel como Parque Natural (uno de los principales mecanismos para la colonización de las tierras palestinas). En la práctica esto implica que nadie puede vivir en él. O sea: todas las familias originarias de esta zona tienen que moverse, de manera “voluntaria” o forzada, con «compensación» o no. Por si se imaginaban relativa benevolencia por parte de este Estado, bueno, les voy a desilusionar. Claramente en la mayoría de los casos no habrá compensación; y en caso de ofrecerla sería irrisoria y/o las familias palestinas las rechazarían y lo tomarían como un insulto.

Retomando la historia, dicho parque fue denominado “Ciudad de David”, ya que según la historia que “los vencedores” nos vienen a contar, aparentemente por esas tierras caminó el Rey David en sus tiempos de gloria. Más allá de la autenticidad de esto, vean lo que me decía un hermano palestino el otro día: si cada lugar donde estuvo el Rey David fuese declarado Parque Natural, entonces no habría lugar donde vivir por estas geografías…

VII. Mohammad era un jóven como cualquiera. Soñador, alegre, rebelde. Nacido en el seno de una familia humilde en el barrio de Al’ Issawiya en Jerusalén Este, desde pequeño aprendió forzosamente lo que implica vivir bajo ocupación. Por estar ubicada muy cerca de Jerusalén Oeste, de la Ciudad Antigua y sobre todo de la flamante Universidad Hebrea, hace décadas la comunidad se enfrenta al intento sistemático de ser borrados del mapa. Qué implica eso en la práctica: confiscación de tierras -para construir un hospital en el que ni elles ni ningún palestine va a ser atendide, para utilizarla como «parque natural» (al que tampoco van a tener acceso) o para la propia universidad-, bloqueo permanente y/o parcial de varias de las entradas al barrio por estar cerca de algún camino que al Estado de Israel y sus ciudadanes de primera les resulte peligroso, incómodo o inapropiado que elles sigan usando; puestos de control regulares en las entradas al barrio en las que se les exige la presentación de su documentación de identidad y de los vehículos -regularmente imponiendo multas arbitrarias a vecines por una de las tantas razones que elles mismes definen-; demoliciones sistemáticas de hogares y propiedades de las familias palestinas; incursiones permanentes de las fuerzas de ocupación (generalmente en la madrugada) al barrio con probables detenciones de jóvenes y adultes, por sólo nombrar algunas.

Según lxs habitantes de Al’Issawiya, los sionistas despectivamente les dicen que su barrio se parece a Gaza, porque elles luchan y resisten al igual que sus hermanes en esa porción de tierra de diminutas dimensiones pero de inmensa valentía. En vez de ser una ofensa, para elles esto representa un orgullo y una fuente de inspiración. 

El otro día, conversando con varios referentes comunitarios sobre la difícil realidad que se vive en estos territorios, nos contaban que siendo jóvenes ellos fueron protagonistas directos de esa suerte de levantamiento popular que luego se denominó Primera Intifada. Cuál fue el costo para muchos de estos jóvenes: la cárcel, la tortura, la persecución. A uno de ellos, con 17 años de edad en ese 1987, le tocaron 5 años de encierro. A otro de los hombres, 8 años de prisión – además de varios disparos en su cuerpo-. Algo que me quedó grabado de sus relatos es este comentario:

«Hubo una época, en que cuando éramos niños/jóvenes nuestros adultos nos decían que nos iban a castigar si nos metíamos en líos, e íbamos a enfrentarnos con las fuerzas de ocupación con una de nuestras pocas herramientas a disposición: las piedras. Hoy día, la situación es prácticamente la opuesta: muchos adultos le transmiten expresamente a los jóvenes el deber de resistir y que si no lo hacen ellos los van a castigar. Y si no fuera así, los jóvenes de cualquier forma van a terminar aprendiendo desde chicos de otros jóvenes que no se quedan de brazos cruzados antes las permanentes injusticias a las que se ven sometidos. Y así el ciclo se repite, lamentablemente todavía sin encontrar solución».

Siendo sólo un jóven de 15 años, Mohammad fue detenido y puesto en prisión por 5 años. De manera casi simultanea a su liberación, su padre fue detenido por 4 meses bajo la figura de «detención administrativa». Luego, como sucede habitualmente en muchas familias palestinas, probablemente iba a ser el turno de alguno de sus tíos, primos, hermanos.

Un día como cualquiera, como en tantas ocasiones, cansades de tantas injusicias, les habitantes de Al’Issawiya salieron a las calles a exigir una vida digna. Como en la mayorías de las veces, esto representó para el Estado de Israel un peligro y un atrevimiento inadmisible. La respuesta: represión, violencia, disciplinamiento. La noche anterior al jueves 27 de junio de 2019, hubo una especie de cruce entre les jóvenes del barrio y las fuerzas de ocupación, en la que los primeros arrojaron pintura de color a les soldades en servicio, haciéndoles quedar mal parades. Así como sucede con algunas criaturas, digamos, caprichosas que han sido malcriadas y no les gusta y/o no saben perder, estes jóvenes al servicio del Poder se sintieron humillados. Y prometieron venganza. En esa trágica jornada, nuevamente les habitantes del barrio salieron pacíficamente a las calles a demostrar su digna rabia. A sólo metros de su hogar, un indefenso Mohammad recibió dos disparos por parte de un soldado israelí. El primero en una de sus piernas. Y luego uno de remate en su pecho, que le quitó la vida. Como pasa con quienes se creen dueños de la pelota, elles ponen las reglas y acaban el «juego» cuando y como se les antoja. Lo que se olvidan es que nosotres, les de abajo y a la izquierda, no nos rendimos, no nos vendemos y no claudicamos. Y como dice la Niña Defensa Zapatista a la hora de armar equipo de fútbol para enfrentarse al Muro: «de repente tarda, pero sí vamos a ser más».

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