Mea Culpa*

El Furgon

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Después de un bondi y un tren eternos, Carlos llega con sus 46 exhaustos  años a su casa. Agotado y a las puteadas. Siempre manifestantes en el medio.

Mónica no llegó todavía debe estar atascada en el tráfico, con los chicos declarando la guerra en el asiento de atrás y muertos de hambre.

Como los martes pisa su hogar temprano pasa por hamburguesas y gaseosa para los cinco, está cansado y no quiere cocinar. En realidad siempre está cansado y nunca quiere cocinar.

En simultáneo comida y chicos arriban a la mesa, saluda cariñoso a su paciente compañera y le da las gracias por pasar  por lo de su cuñado a buscar las valijas que le prestaron. Por fin,  después de un año vacaciones otra vez.  Todas las cenas empiezan bien pero terminan medio tensas. Entre el chiquito con la tablet y el grande con el celular, que no dejan a Mónica hablar mientras el del medio compite por quien se hace oir más con el sexto integrante de la familia: la tele. Carlos opta por eliminar tablet, apagar celular, calmar a Mónica y elegir él ver las noticias. Las poco felices novedades anuncian un incendio en un bosque autóctono, de no sé cuantas mil hectáreas, por la falta de lluvias. Ah no, el otro canal dice que es intencional, que fue un poco eso de la sequía pero parece que fue una colilla…

Carlos mira el que tiene en su mano. Intentó varias veces dejarlo, y trata de no hacerlo delante de los chicos, pero el de la cena es sagrado. Sabe todo eso del cáncer pero nada de los incendios. Ya va a dejar. “La próxima, cuando cumpla los 47” dijo hace unos meses recibiendo los 46.

Exhala humo y cambia de canal, otra vez manifestaciones, acampes. Pero esos tienen  razón. Visualiza ese cartel rojo que dice “El agua es vida”. Está bien que todo eso pase lejos, imaginate esos paisajes del norte con agua contaminada, los nenes enfermos de tomar veneno… Su atención es interrumpida:

-¿Papá me servís más coca?

Lo acaricia y le llena el vaso. Lo llena para que tarde un poquito más en pedir de nuevo y él pueda ver la noticia completa. Ah…  eso de los ríos. Mónica comenta lo tremendo que le parece, se imagina a sus propios hijos en esos pueblos consumiendo veneno ¡Pobre gente!

Doscientos, trescientos o nosécuantosmil litros de agua con cianuro. Él de ecología no sabe tanto, pero sí de números y sabe que eso es mucho.

Ilustración: Anna Escobar

Cuando se da cuenta, ya los chicos se levantaron de la mesa y se encargaron de lavar los platos o mejor dicho tirarlos. ¡Qué hijos educados que tiene! El chiquito se mima un poco con ambos y se va a dormir. Los otros dos ya están en la suya. Hace rato ya dispararon un “Hasta mañana” al aire y dejaron los bártulos en el living, listos para subirlos al auto bien temprano y largarse por quince días de la ciudad.

Mate va, bolso viene, ya pasaron las interminables horas de viaje y las montañas se empiezan a asomar. El chiquito se cree un cowboy en el desierto, cuesta hacerle entender que esos no son de acá y que eso otro se llama estepa. A esto último ni él lo sabe.

Mientras comen sanguches en la ruta mira junto a Mónica las fotos que sacaron. ¡Cómo pasa el tiempo!  pensar que hace  veinte años anduvieron por ahí como una aventura adolescente y miralos ahora: cargados de pelota, carpa, bolsa de dormir y caña de pescar. Entre cargadores y tecnologías varias porque a los chicos el paisaje no los divierte así que bajaron muchas películas de Disney.

Ah seguro el chiquito pensó todo eso del desierto por esa de vaqueros que acaba de ver. Mónica lo apura, no puede ser que no paren por los chicos pero su parada para fumar sea obligatoria, así que no para más. Con dos centímetros de ventanilla alcanzan para que el viento de frente se lleve al suelo lo que queda de su tabaco humeante.

Pasaron una semana hermosa en el sur, rodeados de bosques, montañas… naturaleza y miralo ahora, otra vez en la ciudad. De a ratos, Carlos medita en soledad las noticias…

¡Menos mal que el derrame de cianuro no fue donde él estuvo!, recuerda que era lejos pero no donde quedaba exactamente…

Enciende la radio y un cigarrillo mientras espera avanzar con el auto, estos eternos manifestantes… uno tiene un cartel rojo “el agua es vida”, le suena pero no tanto, seguro lo vio uno de estos días, lo llevaba alguno de esos vagos que les gusta el quilombo y no tienen nada mejor que hacer. Esta noticia le hace ruido así que deja de pensar lo del cartel rojo y sube el volúmen: otro incendio forestal. Pero este sí queda cerca de donde él estuvo, es más, recuerda haber pasado por ahí era la misma ruta. Y sí, estaba todo tan escaso de humedad que ni cowboys había, seguro fue eso de la sequía como oyó alguna vez.

– Lamentamos la pérdida de 600 mil hectáreas al sur del país. Los expertos afirman que este incendio es de origen antropogénico, es decir ocasionado por el hombre y se trata de un caso de negligencia. Según estudios pudo haber sido por una colilla mal apagada, los pastizales secos y el viento una vez más fueron mala combinación…

Los autos empiezan a moverse y una serenata de bocinazos e insultos se hace presente, los segundos que le toma pasar los cambios y arrancar fueron suficientes  para escuchar el final de la noticia así que baja la radio. Dos centímetros de ventanilla le bastan para que pase la ardiente colilla que, esta vez, cayó al cemento”.

*Mea Culpa: Mea culpa es una locución latina que se traduce literalmente como «por mi culpa» y usada generalmente como «mi culpa» o «mi propia culpa». Para acentuar el mensaje se puede insertar el adjetivo máxima, dando por resultado mea máxima culpa que se traduciría como «por mi gran culpa»

El origen de la expresión está en una parte de una oración tradicional de la liturgia de la rito romano conocida en latín como el Confiteor1 (y traducida como el «yo confieso» o el «yo pecador»), en el cual el individuo reconoce sus defectos y pecados ante Dios.

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