Masacre de Monte: una comunidad de pie contra la violencia policial

Redes:

CorriendoLaVoz

CorriendoLaVoz at Corriendo La Voz
Medio de Comunicación Digital | Otra forma de comunicar |
CorriendoLaVoz
Redes:

La madrugada del 20 de mayo, una feroz cacería policial terminó con la vida de Gonzalo Domínguez (14 años), Camila López (13), Danilo Sansone (13) y Aníbal Suárez (22). Pese al intento coordinado de oficiales y funcionarios por imponer la versión del accidente, el accionar de la comunidad de San Miguel del Monte terminó por desnudar una trama de violencia policial y complicidad estatal que ya contaba con antecedentes. Por Nadia Bascopé, Blas Martín y Andrea Beltramo.

Les familiares nos abrieron las puertas de sus casas cuando se estaba cumpliendo un mes de la masacre y horas después de una movilización en la que se recordó a les pibes y se pidió justicia. Por esos días se esperaba un fallo de la justicia que determinara la prisión preventiva de les 13 imputades. Algunas horas después, el juez de Garantías de La Plata, Eduardo Silva Pelossi determinó que 11 de les 13 pasen en prisión el proceso judicial.

Si uno pudiera arriesgar una imagen, un conjunto de palabras, un panorama de cómo viven les habitantes de Monte los días posteriores a la masacre, inevitablemente se avizora la idea de una pausa. La aparente calma de un pueblo de veinte mil habitantes se detuvo y algo se quebró. Se quebraron la vida y los sueños de cuatro jóvenes. Se quebró, casi al mismo tiempo, la versión policial del accidente, porque también se quebró un silencio: el que cubría el accionar de las fuerzas de seguridad que acostumbraban amedrentar, acosar y maltratar jóvenes. Esta nota se desprende de conversaciones con familiares de Danilo, Camila, Gonzalo y Aníbal, y con Alexis Rodríguez, quien aportó evidencias clave del accionar policial.

Habitación de Gonzalo Domínguez – Fotografía Nadia Bascopé

I

Susana Ríos es la mamá de Gonzalo. Cuando le preguntamos por su hijo, destacó por sobre todo su compañerismo y su gran cantidad de amigos, y aseguró que “le gustaba poco estudiar”. Sus intereses, como los del general de les adolescentes, no estaban en la escuela. “Su pasión era el skate, el rap, hacía deportes: jugaba al fútbol, iba a handball, hacía de todo”. Gran parte de sus pasiones las compartió con Danilo. “Eran amigos desde que iban al jardín de infantes, después se separaron por diferentes escuelas y volvieron otra vez a juntarse: harán dos años que están permanentemente juntos”. El presente que filtra seguido en la voz de los familiares no es un error, es una decisión.

Omar Domínguez y Susana Ríos, padres de Gonzalo. Fotografía Nadia Bascopé

Gonzalo también conocía a Camila antes de compartir escuela. Su mamá, Yanina Zarzoso se niega a ir al cementerio: “Yo siento que hasta que se haga justicia de verdad, y sepa que están todos los responsables detenidos, y entienda bien por qué hicieron lo que hicieron y qué le pasó a mi hija, siento que no está ahí, que la tengo al lado mío dándome fuerza todo el tiempo diciéndome ‘mamá, seguí, seguí, seguí, seguí’”. Camila fue la última en sumarse a la banda de la secundaria n°1: pidió cambiarse para estar juntas con Rocío (única sobreviviente de la madrugada trágica), su amiga de toda la vida, una relación que heredaron de sus madres. No le gustaba la escuela, y aunque había probado suerte en hockey, fútbol y básquet, tampoco era por ahí: quería ser fotógrafa y estaba entusiasmada con un curso que se había abierto en el que no era necesario tener cámara profesional.  

Aníbal había llegado de Concepción de la Sierra, un pequeño pueblo a 100 kilómetros de la capital de Misiones, hacía un año y medio. Luego de vivir un tiempo con su tío Hugo, se mudó con Emanuel, su hermano. Aníbal vivía de changas: con su tío hacía pozos para piletas y trabajaba en una chanchería. Así había podido comprarse el 147 con el que llevaba a su primo Federico a la escuela n°1, donde conoció a los chicos, y así juntaba el mango para pagar la transferencia: con los papeles en regla, podía ir a visitar a su mamá en Misiones. La Bonaerense interrumpió ese proyecto también, con saña: la primera vez que lo pararon le pidieron 35 mil pesos para recuperar un auto que había comprado por menos. La segunda, la madrugada del 20 de mayo, le tiraron a matar.

Fotografía: Nadia Bascopé

II

 “Otra vez la doctrina Chocobar mata un inocente. Lo vieron armado y lo mataron. Era el dueño de la casa. En Burzaco”. Antes de empezar a conversar, Yanina Zarsoso, la mamá de Camila, lee en voz alta una noticia que se anuda con lo que están viviendo en Monte. “La primera seguridad que me mandan es Policía Bonaerense, me lo mandan de la comisaría de acá. Yo ese día había viajado a ver a Rocío al cruce. Cuando llego veo al patrullero, ¿qué tipo de seguridad me puede dar? Me puse loca”. Con Fabián, su padre, observaron una fuerte presencia policial el día de la movilización en la que se conmemoró el mes de la masacre: “Siento impotencia porque seguimos viendo policías. Ayer en la marcha, la cantidad de civiles que había en todas las esquinas, en todas. Cuando la gente se empezó a ir a la noche se notaba más, dos parados en una esquina, tres en otra. Y cuando se fue la gente y ya estaban desarmando el escenario, no sabés la cantidad de gendarmes que salieron de adentro de la municipalidad”. Fabián contó ochenta.

Yanina narra con ternura: “Camila dormía todo el día. Estaba en la adolescencia, en esa etapa en que están todo el día acostados escuchando música. Más ahora, que iba a la tarde, porque siempre fue a la mañana a la escuela y cuando se cambió empezó a ir a la tarde. Entonces dormía hasta las once, ponele, y yo la levantaba con toda la paciencia para que almuerce”. Como a sus amigues, le gustaba el rap, el trap y el reggaetón.  

Yanina Zarzoso, madre de Camila, junto a su padre Fabián. Fotografía: Nadia Bascopé

“Yo siento que no tengo respuestas del Estado. Te hablo a nivel municipal, la intendenta dice que ella se acercó el primer momento a las familias, en mi caso no, quizás por decisión mía. Porque desde el primer momento yo sostengo que ella es tan responsable como el resto. No puede hacerse la que no sabe nada. Yo me indigno con ella la segunda marcha que hacemos, que nos hacen subir a la municipalidad a todos los familiares para hablar con ella. No puede ser que todos le decíamos ‘pasa esto en Monte, esto y esto con la policía’ y ella en la cara nos decía ‘yo no me entero, chicos’. Ahí me empecé a indignar”. Fabián completa: “La comisaría es comunal. Si es comunal, la cabeza de la comuna es la señora intendenta. La responsabilidad de ella, de haber evitado antes todo esto, porque esto viene sucediendo de hace mucho. Hostigamiento a los chicos, persecución a los chicos, sacarlos de la plaza a los chicos, llevarlos”

Aníbal no había sido el único en sufrir con anterioridad el atropello policial. Danilo Sansone, con 13 años, estuvo detenido cinco horas por estar rapeando una noche en la plaza. La recurrencia de este tipo de hechos es una constante en los testimonios de los habitantes de Monte. Emanuel Suárez, hermano de Aníbal, pidió el día de la marcha por micrófono que dejen a los pibes estar en la plaza.

Gendarmería todavía custodia alguna de las casas de los familiares. Fotografía: Nadia Bascopé

III

 “No lo acepto. No puedo acostarme y decir no, mi hijo se murió. No, yo me acuesto todas las noches y para mí mi hijo vuelve todas las noches a dormir. Yo me siento a comer y ya sé que tengo que guardar comida para Dani y para Gonza, los dos. Viste como es. Ellos iban, comían en la casa de Susana y eran como la de Camila y Rocío. Los dos amigos compartían la pasión por el rap. “Te acordás cosas, yo lo recuerdo cada vez que hablaba, todo el tiempo, rapeaba, estaba en casa y él iba rapeando todo el tiempo, todo el tiempo rapeando”.

Omar Domínguez tenía una relación estrechísima con Gonzalo, su hijo. Se vio interrumpida por los viajes que Omar hace a La Plata para recibir un tratamiento médico. Bromeando, le decía “rapero trucho”. “Cuando yo le decía algo me contestaba rapeando. Después que pasó esto, muchos chicos que nosotros ni conocíamos venían a dar testimonio. Sabés que hay un chico que cantó el rap Vuelen alto mis guerreros, que lo improvisaron. Es más grande que Gonzalo, y me dice “¿sabés quién me enseñó a rapear a mí? Gonzalo.

Fotografía: Nadia Bascopé

El accionar de la policía amedrentando jóvenes se hizo extensivo ahora a quienes están pidiendo justicia. A las custodias apostadas en el frente de algunas de las casas de los familiares, se suman las típicas pasadas de los patrulleros. Yanina revela que “pasan mucho” por la casa y por afuera también, como le ocurrió a su madre: “un día iba con mi sobrinita caminando y un patrullero le hizo un zigzag como que la iba a chocar, esas cosas generaron un poco de miedo.” Fabián apoya: “Acá no pasaban nunca ahora pasan continuamente. Y despacito”. Hugo Suárez admite: “Tuvimos miedo, sí. Nos asustamos, cualquier auto que pasaba yo estaba atento a mirar. También tuvimos las primeras semanas, yo no dejaba a los chicos salir a ningún lado”. Gladys fue de las que recibieron amenazas: “Ellos pasan, miran, observan todos los movimientos.”

Algunos otros detalles generan dudas en los familiares, como expone Fabián, abuelo de Camila: “Justo donde empiezan los tiros vive en frente la hermana de la intendenta, que trabaja en el municipio también”. “Escucharon todos los vecinos y ella no”, completa Yanina. Sandra Mayol, la intendenta de Monte, y su hermana Sonia, Secretaria de Administración, acompañaron a los familiares al hospital y nunca dijeron nada contra la versión policial, hasta que se cayó.

“Con respecto a la municipalidad, sí tuve contacto los primeros días con la intendenta, es mi patrona. Después no me ha llamado, el resto tampoco. Yo siento desinterés”. Susana, la mamá de Gonzalo, estuvo junto con otros familiares en La Plata en la reunión con María Eugenia Vidal y Cristian Ritondo, en la que la gobernadora se comprometió a ocuparse del asunto. Yanina no quiso estar en esa reunión: “no veo respuestas de ningún tipo tampoco, en ningún lado, porque no veo que salgan a hablar del tema. No sé qué les habrán dicho ellos a los familiares, nunca lo hablé. Para figurar nomás, porque después nunca hablaron”.

Uno de los detenidos es el ex secretario de seguridad, Claudio Martínez. La elección de su reemplazo parece un mensaje para todo Monte, lo cual suma oscuridad al accionar de la intendenta Mayol: “en reemplazo del Secretario de Seguridad Martínez puso a una ex policía, que defiende policías siempre, porque es abogada, y que a la vez es familiar de uno de los imputados. Le mandamos una carta por parte de la Comisión, que firmamos todos los familiares, pidiéndole que la saque, y nunca recibimos respuesta”.

Fotografía: Nadia Bascopé

IV

Monte es de esos pueblos en los que, pese al crecimiento sostenido que viene teniendo en su población, se sigue percibiendo el espíritu de que todes se conocen con todes. Alexis Rodríguez tiene 27 años y trabaja de seguridad privada. Hasta hace poco menos de un mes, trabajaba en el Centro de Monitoreo municipal. Aunque buscó confidencialidad, fue Sonia Mayol quien develó públicamente su identidad. Luego de filtrar las imágenes, Alexis fue suspendido, y al reincorporarlo le ofrecieron un turno incompatible con su segundo trabajo. “El abogado municipal me dijo que lo hacían para preservarme“, declaró. Por el fuerte reclamo de la comunidad, se le devolvió su horario regular, aunque el ambiente laboral terminó por empujarlo a renunciar. Casi no tuvo contacto por parte de funcionarios: “Ellos se enojaron más porque no sabían de la foto esa y fueron a hacer presencia como para acompañar a las familias a la marcha”, señaló Alexis en referencia a la que se hizo el día siguiente al hecho.

“Sólo hablé con el abogado municipal y con Hugo Medus (Secretario de Gabinete de Monte). Estuvimos charlando y me dijo que lo que ella (por Sonia Mayol) había hecho estaba mal, que tenemos confidencialidad, etcétera. Y lo que le respondí, es que lo único que considero mal es que rompí la cadena de mando, porque lo hice sin consultar al jefe, pero sospechaba del jefe, y contrato de confidencialidad no existe, no tenemos. Entonces, me castigaron a mí, ¿por qué?”

Alexis Rodríguez. Fotografía: Nadia Bascopé

Alexis es vecino de la familia de Danilo. Se define como un hombre callado, reservado, no muy sociable. Envió las imágenes sin querer que se conozca su identidad, y ahora se encuentra con una visibilidad que lo incomoda sobremanera. Sin embargo, ha asistido a todas las marchas que pudo, siempre “en un costadito”. Alexis también conocía por el boca en boca relatos de violencia policial contra les pibes en Monte.

“Creo que la gente no se va a olvidar esto, es una mancha que no se borra nunca más. Que no vuelvan más, es lo único que quiero. Lejos del poder, esa gente. La excusa de la intendenta ante todo hecho que hubo en monte fue ‘me mintieron’. No solamente en este caso. O era muy ingenua o estaba prendida en todas. Entonces de ningunas de las dos formas sirve para estar en el poder. Así que a esa gente yo la prefiero fuera del poder”.

Su tío era Julio Bacigalupo, el Secretario de Seguridad anterior a Claudio Martínez. Según relata, la gestión de Martínez habilitó una serie de irregularidades en la relación entre la policía y el Centro de Monitoreo que antes no existían. “Él mantenía al margen lo que es comisaría y monitoreo. Comisaría no tenía acceso, salvo por pedido escrito. Si era urgente, los operadores llamábamos por el teléfono personal para comunicarnos con mi tío para ver si lo autorizaba. Una vez que no estuvo más, el que venga de comisaría que necesite ver algo, que pase”.

V

Alexis Rodríguez también sufrió la pausa del 20 de mayo. Sale lo menos posible de su casa. Empezó a asistir a la psicóloga, por primera vez, como muchos de les familiares. “¿Por qué molesta la presencia de Alexis?”, se pregunta Susana, la mamá de Gonzalo, que le agradeció personalmente su actitud. “Se lo voy a agradecer toda la vida”. Yanina Zarsoso publicó en Facebook un pedido a la municipalidad para que lo reincorporen. Los lazos entre familiares y vecines parecen ir más allá de los afectos personales previos: se trata de lazos de una comunidad que dijo basta, que no claudicará ni ante las amenazas, ni ante los manoseos de los medios de comunicación. Esos lazos son lo que mueven Monte, a contramano del detenimiento de las rutinas cotidianas inaugurado por la violencia policial. Es también, la conciencia que brota del dolor, que sabe de una metodología policial que no es novedosa, pero que encuentra en estos días la venia de las máximas autoridades para aplicarla sin miramientos.

Emanuel Suárez, hermano de Aníbal. Fotografía: Nadia Bascopé

Esa comunidad se plantó también ante las miradas estigmatizantes de extraños y ajenos. Entre ellas, las que sufrió la familia de Aníbal. “El mismo lunes salieron a hablar en la radio que Aníbal hizo el accidente, que Aníbal fue el culpable…”, recordó Hugo Suárez. “Que un misionero indocumentado vino y mató a los chicos”, completó Emanuel. Tío y hermano pusieron en palabras la mirada prejuiciosa de quienes no conocieron a Aníbal, y de quienes no son del pueblo. Una mirada que no es la de las familias. “Los familiares sí están, estamos siempre juntos, bien acompañados, pero hay gente que quiere, como dicen, hacer leña del árbol caído. Porque hay mucha gente que está metiendo la cuchara donde no tienen que meter”, advirtió Hugo, que contó del velatorio que le hicieron en Concepción de la Sierra, que habla de Aníbal y su familia: “Salió todo el pueblo a la casa de mi hermana, que es una casa chica además”.

“La gente de Capital es muy cruel a veces con los comentarios. Qué hacía, dónde estaba la madre, por qué su hijo, acá mi hijo… Viste que son todos padres perfectos. Y yo no soy una madre perfecta, pero yo a mi hijo en el pueblo en el que vivimos le di toda la libertad”. Susana habla de Gonzalo, que sonríe desde una remera que tiene impresa la frase “Vuelen alto mis guerreros”. Trabaja hace 34 años en la municipalidad, aunque desde la masacre no volvió a trabajar. Con los movimientos de la causa, las movilizaciones y la presencia de organizaciones, se mantiene en movimiento: “Mi mente está tan ocupada, a veces, en todo esto, el tema de la causa que, bueno, no es que me olvide, sino que estoy permanentemente con ese trabajo, ese tema.” Cuenta que está casi siempre trabajando con su abogada y prefiere abogada y prefiere hablar más con sus amigas con una psicóloga: “desde las 5 de la mañana que pasó esto hasta ahora no me han dejado sola”.

Juan Carlos Sansone y Gladys Ruizdía, padres de Danilo, junto a algunes de sus hermanes. Fotografía: Nadia Bascopé

Como en la mayoría de los casos de violencia institucional, las organizaciones sociales también han estado presentes en Monte para acompañar a las familias, que se han sentido contenidas desde el primer momento: “El primero que se acercó a mí fue Ismael Jalil, que es un groso, el primero que me acompañó a hablar con el fiscal, el que fue a ver las cámaras la primera vez, él me dio mucha seguridad. Y después la Comisión Provincial por la Memoria, que son los primeros abogados que no sólo en materia legal sino como humanos me contienen todo el tiempo, me mandan siempre psicólogos, están en todo, yo les mando mensajes para todo, los molesto, les hincho, están en todo”, reconoce Yanina. “Lo mismo que traerme a Norita, traerme ayer a Pérez Esquivel. Mi casa es re chiquita, re humilde, y verlos ahí es como que me siento re apoyada”. El Centro de estudios legales y sociales (CELS) también se encuentra acompañando a familiares.

“Que esto no vuelva a pasar, porque hoy es la vida de mi hijo, mañana puede ser mi sobrino, pasado puede ser un tío, un amigo, un pariente, un abuelo, me entendés. Y hoy nos toca pasar por esta desgracia a nosotros”. Casi sin buscarlo, Gladys Ruizdía da cuenta de un accionar sistemático de las fuerzas de seguridad, que tienen en la bonaerense uno de sus máximos exponentes históricos, pero que se replica en todo el país. “Yo quiero que se haga justicia. Que los asesinos paguen. Que paguen con todo el peso de ley lo que tienen que pagar. Pero que la ley, que sea de igualdad, que sean iguales, como nosotros. Que las leyes sean todas iguales, que no porque ellos tengan una placa, o porque tengan un estudio más que el nuestro tengan prioridades. Que la ley sea igual, para todos igual”. Una proclama conocida, que vuelve a aparecer en Monte, pero que es la demanda de cientos de familiares y amigues víctimas de la violencia policial, de la violencia institucional, del gatillo fácil.

Comenta

Print Friendly, PDF & Email