María Magdalena Moreira: un ruido de viento

Foto: R.L.

María del mar Rodríguez

Escribo. Estudiante de teatro. Bailo en los semáforos. Amores: el feminismo, los fideos y el mate amargo.
María del mar Rodríguez

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María Madgalena Moreira sonreía en una foto. Tenía 16 años y se parecía a cualquier piba de nuestros barrios. ¿Por qué hablar en pasado? ¿Por qué decimos “sonreía”, ”tenía” 16 años?
Porque es otra piba a la que mataron.

Otra vez, hablando de una piba y en pasado. Pero ella no vivía en Buenos Aires, ni en ninguno de nuestros barrios. María Madgalena era (otra vez, “era”, pasado) Wichí y vivía en la Comunidad de Miraflores en el Chaco. Su hermano, Ariel Sánchez es miembro del Consejo Territorial Del Impenetrable y lleva adelante una lucha por la tierra. Ahora, también, por su hermana.

Foto: R.L.

En un primer comunicado, nos dijeron:
“¿Se paralizarán las calles?
No.
¿Será noticia de primera plana?
No.
¿Se la llorará, se la pensará, se la sentirá dolor?
No.
No, porque es aborigen y wichi, porque cuando oscura es tu piel, oscura parece será tu muerte, tu dolor, tu historia“.

Leímos eso, acá, a tantos kilómetros de esas tierras y con el alma revuelta, sabemos que tienen razón. Porque cuando matan a una piba de un barrio, sabemos lo mismo: todo eso que no pasará, esas calles que no se cortarán, esos medios que no la nombrarán.

Lo vivimos con Santiago Maldonado: después de gobiernos y añares de matanza mapuche, supimos de ella cuando mataron a un blanco de Buenos Aires. Su muerte no fue en vano, ni lo será: nos hizo entender la matanza silenciosa que se ejerce con las naciones que pelean por sus territorios. Pero si Santiago no hubiera sido blanco, nadie lo habría buscado, y si María fuera blanca, porteña, hoy sería tapa en todos los medios que no la nombran, incluidos, lamentablemente, los medios auto reivindicados feministas.

Foto: R.L.

Y queremos abrazar la foto de María Madgalena, esa historia en la que el recorrido y la falta de respuestas son las mismas: ella había recibido amenazas de su ex, Facundo Narcizo, en abril de este año. Él la había maltratado de las formas más violentas: “Le pegaba, la humillaba, se sentaba sobre su cabeza y le sacaba fotos”, relata su hermano Ariel, quien no sólo nombra la violencia de este femicida, sino de las instituciones. Porque pedir ayuda puede ser un riesgo, un vacío, un silencio. Si lo sabremos, cómo cuesta pedir ayuda, tomar esa decisión, para que después, como en el caso de María, la policía se burle, o ignore las denuncias que ya desde el 2 de agosto venían haciendo porque esta joven estaba toda golpeada.

“Ni su cara ni sus moretones lograron que los fiscales ni la fuerza de seguridad actuaran”, insiste Ariel en su relato, publicado por La Garganta Poderosa.

María estuvo 8 días desaparecida. Su cuerpo apareció enterrado en el patio trasero de la casa de su ex. “Ahora que la mató, está imputado y detenido por el Servicio Penitenciario de Castelli”. Ahora, dice Ariel, otro hermano que tuvo que salir a contar el relato de la historia de una piba más que se nos lleva este patriarcado y por más que haya voces de antemano, papeles de denuncias, ya no alcanza.

Foto: R.L.

Pero estas tierras de Miraflores no son sólo silencio ni lágrimas adentro de sus casas. Después de una asamblea con distintas organizaciones, avisaron en un comunicado que si no había respuesta, tomarían medidas.

Y las tomaron: acamparon en la comisaría con el pedido de la destitución del cuerpo policial, consiguieron desplazar al comisario Walter López, tomaron la Municipalidad y desplazaron al Intendente Néstor Amarilla, y también el hospital por malversación de la directora, la poca atención y el descuido, intervinieron el Juzgado de Paz para que las comunidades tengan más participación en las decisiones.

Así se ven las calles de Miraflores: llenas de gente haciendo escuchar su voz con su presencia, con la fuerza de la organización y el dolor.

Foto: R.L.

Nos llegan fotos de compañeros y compañeras de allá: bajo el sol, en las puertas de las instituciones, banderas whipala y personas de todas las edades, un video de una mujer que camina, marcha, junto a muchas personas más y con la tristeza de su voz que se quiebra dice, nos dice:

“Quería decirles a todas las compañeras que están viendo este video, que estamos pidiendo justicia para nuestra comunidad que haya un valor para nuestras vidas, para nosotras, como mujeres, mamás aborígenes”.

Y la mujer, mientras habla, no deja de caminar. Sigue adelante, mientras al lado pasan personas, niñas, niños, con botellas de plástico que golpean en sus manos para hacer ruido. “Porque somos mamás y nos duele”, dice y no deja de caminar. 

“Acá estamos. Con mis compañeras, mis hermanas, y las primas de María, estamos pidiendo justicia”, y sus ojos entristecen un poco más. Pero el video termina y ella sigue caminando, con el resto, hacia adelante. Demostrando que un pueblo quieto es un pueblo que no puede ni soñar con la justicia, si es que existe. Demostrando que un pueblo que camina es un pueblo despierto, vivo.

Foto: R.L.

Otra mujer con su voz en la calle. Otra piba que ya no está. Y acá, a tantos kilómetros de distancia, juntamos las voces para nombrar María Madgalena Moreira, para que no sea sólo una brisa, un eco, que deje de ser verdad que no se la nombra por pobre por mujer y por Wichi. Que deje de ser esa la realidad. Que nosotras, bonaerenses, estaremos pidiendo justicia por ella. Y soñando con un mundo donde no falte ninguna mujer de este Estado plurinacional. Y acá hacemos hincapié en que lo que no se nombra, se omite. Y le escribimos a María reivindicándola como Wichi porque Wichi es. Y nombramos el Estado plurinacional porque naciones tiene. Y la hacemos viento, a María, nombrándola. Un viento fuerte de esos que hacen mucho ruido.

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