Los hombres de mundo también matan

Cecilia Chiaramello

Cecilia Chiaramello

Comunicadora Social. 25 años. Mi abuela me dijo que no estudie periodismo. No la escuche.
Hablo sin S porque soy de Santa Fe. Escribo, leo, miro series y tomo tereré porque sino me aburro. No sé esperar los segundos entre capítulos de Netflix. Soy fan de la gente y me río con ruido.
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Nos están matando. No son locos, no están enfermos, son nuestros hijos sanos, nuestros victimarios. La locura disculpa y acá no hay nada que perdonar. Vivas nos queremos. Proponemos un breve repaso por uno de los femicidios más tristemente célebres del 2015.  Rever su tratamiento mediático y la utilización de determinados conceptos, deja al descubierto prácticas discursivas que el periodismo debe dejar atrás. Definitivamente.

El demonio en casa

El Martindale Country Club de Pilar tiene un bar, un salón de té, una sala de juegos, caballerizas y un sendero ecuestre de 15 kilómetros. Cuenta con 8 canchas de tenis, 5 de polo, dos canchas de golf de 18 hoyos y 9 de hoyos par. También, piletas de natación, 5 canchas de fútbol, hockey y 4 de paddle. El sistema de seguridad y el estricto control de acceso hacen de este country un oasis de tranquilidad. Allí, en esa superficie idílica de  310 hectáreas, vivía un femicida.

El 21 de Agosto de 2015 Fernando Farré vestía un impermeable Moncler y una camisa Hugo Boss. Ese día asesinó a Claudia Schafer. Antes de encerrarla en el vestidor tomó dos cuchillos Euro Home Premier. Después la mató frente a los gritos desesperados de los abogados, su suegra y su madre.

El Facebook de Farré destila champagne. Fotos con famosos internacionales como París Hilton o Kate Moss, y contactos con lo más alto del jet set nacional. De las estrellas de cabotaje ninguna emitió una palabra. Como si Claudia no hubiera existido. Como si no la hubieran visto.
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A Farré lo conocemos por el perfil que los medios pintaron de él. Tipo familiero, poliglota, universitario, amante del fútbol, y los viajes. Se desempeño en las áreas de marketing de empresas multinacionales como Carrefour Argentina, Banco Santander, Coca Cola Argentina, L’Oreal, Wines of Argentina, Avon y su último trabajo, en la cosmética COTY.

Tal vez, referirnos a la figura “grandes medios”, siempre efectiva por cierto, es una forma de no personalizar quién dice qué. Igualmente, en un mundo digital e hiper medial es válido preguntarnos por los hábitos de consumo de las audiencias ¿sólo consumen los mensajes de los grandes medios? Y en relación a esto ¿los portales digitales, son meros repetidores de un gran discurso hegemónico  o construyen su propia idea de noticiabilidad?

Para intentar un mínimo esbozo de respuesta, un ejercicio contundente es recurrir al buscador más famoso. Así al ingresar la frase “quién es Fernando Farré”, los primeros resultados varían desde los estudios y trabajos del empresario hasta repasos por su trayectoria profesional y fotos con reconocidos personajes. Incluso redes sociales como LinkedIn y Facebook retratan a Farré antes del mes de Agosto.

 Sin embargo, el mismo ejercicio de búsqueda con el nombre de la víctima arroja otros resultados. Retazos de su denuncia, testimonios en off de sus amigas, detalles de la autopsia, y el insoportable “Quizás quisiste decir: quien es Claudia  Schiffer”.

¿Qué sabemos de ella? Claudia trabajaba como secretaria y veinte días antes de su asesinato denunció a su marido y padre de sus hijos en la Oficina de Violencia Doméstica de la Corte Suprema. También sabemos que se defendió, porque sus manos presentaron cortes. Era mamá de una nena y dos nenes. Nada más. No conocemos qué idiomas hablaba, qué deportes practicaba, cómo era su curriculum vitae. No sabemos si le gustaba viajar. Cómo le gustaba vestirse. Qué música escuchaba, de qué se reía. Qué películas veía.  Para la Justicia, Claudia es un expediente y el resultado de 8 hematomas y 74 heridas de arma blanca.

¿Por qué  tanto los grandes medios como ciertos portales de noticias de menor trascendencia insisten en la descripción de Farré? ¿Asombra qué una persona de sus orígenes sociales y su condición económica sea femicida? Por las dudas, los ricos tampoco piden permiso para matar.

Farré: el otro perfil

Mientras esperaba que Claudia se presente en Martindale para retirar sus pertenencias, Fernando le preparó un tecito a su madre y otro a su abogada. Después, en plena faena, dobló los cuchillos y rompió la punta de uno de ellos.

Las pericias psicológicas dan cuenta de sus rasgos narcisistas, egocéntricos, psicopáticos y paranoides. Farré no presenta desestructuración psicótica. El gran ejecutivo asesinó a la madre de sus hijos con dos cuchillos de 20 cm de hoja. Su primera declaración fue la excusa machista por excelencia; culpar a la mujer. La degolló porque “ella le dijo que era un pobre tipo”. La mató en plenos trámites de divorcio y división de bienes. Un pobre tipo.

En nuestro país, la Ley 26.485 de Protección Integral a las Mujeres, más allá de sus alcances  y eficacia, define  la violencia contra la mujer como:

“toda conducta, acción u omisión que de manera directa o indirecta, tanto en el ámbito público como en el privado, basada en una relación desigual de poder, afecte su vida, libertad, dignidad, integridad física, psicológica, sexual, económica o patrimonial, así como también su seguridad personal”. Esta definición alcanza a aquellas conductas o acciones “perpetradas desde el Estado o por sus agentes”

Durante años, Farré humilló a Claudia, le pegó, la trató de loca, de compradora compulsiva, de mala madre, de infiel, de tener un sueldo miserable, de inestable, de gorda, de incapaz. La saña de las heridas post mortem, los intentos de su defensa por declararlo inimputable y de recurrir a la figura de la emoción violenta, no salvaron a Farré del título eterno que lo etiqueta: femicida. La Justicia lo acusó de homicidio doblemente calificado por el vínculo, y se encuentra preso en el Penal de San Martin esperando el juicio oral.

Las empleadas domésticas declararon en la causa, que el “gran Management” se dirigía a ellas como mugrientas y muertas de hambre. No está de más recordarlo. Farré no es un loco. Es un cuerdo, muy cuerdo.

Entonces, insistir en la personalidad amable del asesino, en su lado familiar, en su costado más humano ¿es un intento de buscar una justificación?

En la búsqueda de respuestas a este interrogante, asoman varias teorías y líneas de pensamiento. Curiosamente una de ellas atrasa dos siglos.

Así y de manera incomoda, la escuela positivista italiana con Lombroso y Garofalo a la cabeza se cuela por las rendijas del discurso mediático. En síntesis, estos médicos fieles al método experimental inductivo, establecieron una clasificación delictiva dependiente de las taras genéticas de las personas. Entre muchas otras características, las protuberancias en la frente, los pómulos salientes y los ojos achinados delataban a un delincuente en  potencia o en acto. El accionar delictivo, era considerado una especie de legado maldito, una herencia imposible de esquivar.  Esta teoría biológica de la criminalidad, ignoraba en pleno siglo XIX la relación entre la conducta humana y las normas y leyes sociales. Es decir, el comportamiento criminal era sólo una expresión biológica de los instintos.

En el Crimen del Country, los rasgos genéticos criminales planteados por Lombroso y compañía, parecen materializarse en rasgos socio-económicos. De este modo, la cuna de oro de Fernando, su cuenta bancaria abultada, su foto con Lady Gaga, y su camisa Hermes, sentencian que un tipo de su clase no puede matar. O peor aún, que si mata lo hace por una razón. Describirlo únicamente como un padre de familia, trabajador, niño prodigio del marketing, hombre viajado y conocedor,  es una pretensión de instaurar la duda sobre su culpabilidad.

Por lo tanto, reproducir ciertas aristas de este discurso en pleno siglo XXI, además de ser un escándalo, es peligroso. Así, Sergio Opatowski, el padrastro de Ángeles Rawson, tenía cara de asesino y el pobre portero era un perejil, con ojitos de perro mojado.  De igual modo, Farré es el empresario encantador que inmerso en un inusual brote de locura  mató a la mamá de sus hijos. 

Claramente es una descripción positivista, que delinea la justificación, que persigue  su inocencia, que roza la hipótesis de la emoción violenta. Es un obvio deseo de posicionarlo como víctima de una fuerza superior que le nubló la conciencia  y lo obligó a matar.  Analicemos algunos ejemplos en la prensa gráfica y online.

El diario Perfil el 21/08/2015 titula “Perfil de Fernando Farré, un femicida de apariencia contradictoria” ¿Dónde reside la contradicción? El ABC de la personalidad  del violento de género es la amabilidad en sociedad y la monstruosidad puertas adentro.

Por su parte, el  27/08/2015 la revista Gente utiliza el concepto de locura para describir el corolario de la situación e incluye la presencia de un amante como posible explicación.   

 “Él sospechaba que ella tenía un amante. Hasta lo tenía identificado en una foto. Pero parecía no preocuparle demasiado. No parecía un celoso, más bien un obsesivo con la plata, los chicos, la imagen y quién se quedaba con qué y quién perdía plata. Después llegaría la locura.”

En esta misma línea encontramos el caso de Diario Veloz. Esta nota publicada el 31 de Agosto pasado, intenta descifrar el entramado oculto del crimen amparándose en el “si bien nada justifica la muerte de nadie”.

La frase “nada justifica la muerte de nadie” resalta una verdad obvia pero no inocente. El caso de Martindale  es un femicidio de manual,  es decir un crimen donde la víctima es asesinada por su condición de género. Esta categorización, no excluye, ni niega la relevancia social de otros crímenes, al contrario. Sólo resalta que los femicidios son crímenes por odio al género. Por supuesto que  nada justifica la muerte de nadie, pero si ese concepto es utilizado para igualar un crimen de otras características con un femicidio, es un concepto por lo menos incompleto.

Esta lógica es la misma que se observa en infinidad de publicaciones en redes sociales en las que el reclamo #NiUnaMenos,  es acompañado por  fotografías de animales al grito de #NiUnoMenos. Nadie niega la legitimidad del derecho a la dignidad animal, pero esa lucha no es parte de un movimiento que, entre otras cosas, implora que dejen de matar mujeres.

Imaginemos un corte de ruta por una protesta de inundados. Pensemos si esa misma movilización fuera utilizada para pedir basta de huracanes, basta de terremotos, basta de olas de calor, basta de contaminación fabril.  Si bien el ejemplo es una exageración, es útil para entender, cuál es la  protesta de base y cuáles las consignas que no compatibilizan con la esencia de la manifestación inicial.

Por otra parte, esta nota hace gala del paradigma machista al “encontrar” el móvil del femicidio frases como “Espiar a parejas o ex parejas siempre trae el riesgo de lo que ocurrió hace días. Celos, enajenación y locura” demuestran lo que el periodista hace a lo largo de todo el relato.  

 Incluso para esta publicación online, Claudia fue la responsable de encender la mecha “El día del encuentro fatal, un breve diálogo, o una pregunta de Farré a su ex, fue el desencadenante de la locura.”

 Entonces la trama secreta es Farré engañado/Claudia culpable/ Farré preso de la locura/ Farré la mata.

“Claudia Schaefer reconoció su vínculo con el bodeguero y a Fernando se le desencadenó la locura y el final ya es conocido por todos.” SE LE DESENCADENÓ LA LOCURA. Como si asesinar a alguien es algo que le sucede a un hombre, y no algo que hace. Regla de tres simple para explicar una compleja problemática social, arraigada en lo más profundo de nuestra educación. Los celos, el engaño, y un Farré enajenado son para DiarioVeloz, la letra chica del crimen. Una re-victimización permanente de la víctima. De Claudia, obviamente.

Finalmente  y del mismo modo  que Google encuentra noticias sobre quién es Farré y no encuentra ni una sobre quién fue Claudia, las pericias  psiquiátricas arrojan este resultado. El asesino: “no exterioriza angustia ni arrepentimiento”

El tamaño del medio, no dispensa responsabilidades. Un gran diario, un portal de noticias, un semanario, o una revista poseen la misma responsabilidad: no naturalizar los femicidios, no caer en la justificación banal y espantosa ligada a la locura, y tratar mediáticamente con la misma vara a los femicidas ricos como a los que no lo son. Además de respetar a la Justicia, es necesario visibilizar y ponerle nombres a las víctimas, contarnos quiénes fueron, y porque ya no son más. Instaurar en la opinión pública que el largo de la pollera no es causal de nada. Que los femicidas no son locos. La única locura es remarcar en el año 2016 que la víctima del femicidio es la mujer, y no el asesino.

 

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