Llegó la hora de desmitificar el romanticismo que rodea a la maternidad

Gabriela Krause
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Editora at Géneros
Periodista | Editora de Géneros | Poeta | Feminista | En mis ratos libres sueño con armar una banda disidente | Autora de Alikal & Misoprostol: caja de herramientas para sobrevivir al machismo.
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Cuatro mujeres de Arizona, Estados Unidos, comparten una foto de sus cuerpos posparto. Son cuerpos reales, cuerpos que atravesaron un embarazo, un parto y todo lo que viene después. En las redes sociales de Bethanie García, la madre que subió la foto a Instagram, los comentarios comienzan negativos y se tornan, de a poco, positivos y de apoyo. En el Twitter de Clarín, que publicó una nota al respecto, los comentarios se empecinan en criticar la supuesta «obesidad mórbida» de las recientes madres. ¿Será que la maternidad es, a la vez, romantización y relato? ¿Tabú y panfleto?

«La maternidad será deseada o no será»

En el marco de la ferviente militancia y el constante debate por el proyecto de ley de IVE (interrupción voluntaria del embarazo), hay una frase que constantemente circula entre los círculos de militancia feminista: la maternidad será deseada o no será. Es una frase fuerte, potente. Es una frase que representa lo que anhela más que nada el movimiento que puja por el aborto: la libertad de las mujeres y todas las identidades gestantes. Pero para lograr esta frase materializada, para lograr alcanzar ese momento en el que podamos hablar de maternidad y ligarla junto con el deseo, hace falta, también, romper mitos y empezar a hacer circular información. Porque resulta que la maternidad no es un cuento de hadas ni mucho menos, y resulta que después del embarazo, y del parto y del postparto viene la crianza, y resulta que ahora no sólo se trata de cómo quedan los cuerpos después de parir sino de cómo quedan las mentes y las voluntades, y si bien estamos transitando una era en la que, gracias a las mujeres que empiezan a contar sus verdades, la maternidad comienza a bajar de su sacralizado pedestal, también es verdad que la generación más joven que lucha por estos derechos todavía carga con la presión social de la maternidad obligada: debemos ser madres, ese es nuestro faro. Debemos serlo porque somos mujeres. Y a veces confundimos el deber con el querer, o a veces no está a nuestro alcance interrumpir un embarazo no deseado, o no queremos pasar por el proceso de un aborto. Pero a veces pasa otra cosa: lo deseamos con todas nuestras fuerzas, lo buscamos, tenemos une hije producto de todo el deseo del mundo, y sin embargo, nada es como se había previsto, leído o contado.

Mitos y tabúes de la maternidad

Yo no soy madre. Tengo veinticinco años, creo que algún día quiero serlo, y cuento con un montón de información con la que probablemente mi madre y mis abuelas no contaron. También tengo amigas madres que me cuentan con crudeza sus relatos sobre el dolor, la soledad, los cambios en el cuerpo, la vida de golpe abnegada hacia el bienestar o el mero existir de otro ser humano que depende de una.

Nos dicen que nuestras vidas deben empezar a regirse a través del deseo de otre: nuestre hije. Nos dicen que debemos organizar todo en pos de ese deseo. Pero ¿qué pasa con los propios deseos? Si la maternidad es deseada, ¿ese es el último de los lujos que podemos darnos? ¿El de elegir ser madres? ¿Después, sólo podemos vivir nuestras vidas como espectadoras, a través de la vida de otres?

A las mujeres de la foto, se las critica por su cuerpo. Nuevamente, les paladines de la salud que no saben nada en realidad de ella, nos comentan que son cuerpos obesos, cuerpos enfermos. Les paladines de la estética, por otro lado, nos comentan que son cuerpos horribles. Y, por otro lado, hay madres que dicen: esto no es así.

¿A quién quieren evangelizar?

Esto es mentira, dicen. Yo tuve tres hijos por parto natural y no quedé así, dicen. No tengan miedo, mujeres, dicen. Como si mostrar cuerpos naturales fuera una campaña en pos del detrimento de la maternidad. ¿Cuántas publicidades, cuántos testimonios, cuántas modelos viviendo un posparto perfecto con cuerpos perfectamente hegemónicos que rozan la anorexia nos han bombardeado a lo largo de nuestras vidas? ¿Y quién habla de la salud de una madre cuando se nota a leguas que no come, que se ejercita, que se sobreesfuerza para cumplir con los cánones estéticos establecidos por la sociedad que la mira como a través de una lupa? ¿Realmente una foto al natural de cuatro mujeres viene a hacer tambalear la romantización de la maternidad? ¿Y por qué? ¿Por miedo a la gordura? ¿De verdad estas mujeres, ya madres, se creen con el deber de informar que no seremos gordas para que tengamos hijes en paz? ¿Es ese el nivel de gordefobia imperante? Peor aún: ¿realmente creen que el peor de los miedos de una futura madre debiera ser el de las secuelas en un cuerpo que podría dejar de ser perfecto? ¿No hay otras cuestiones por las que preocuparse?

Maternar al natural

Estos últimos días, con la productora audiovisual Ahora que sí nos ven, espacio que conformo, lanzamos una convocatoria: llamamos a madres que quieran contar sus historias en una serie documental, a través de capítulos que atraviesen temáticas como la sexualidad, la soledad, la maternidad en la adolescencia, la maternidad trans, la feminización de la pobreza y otras.

Más de 70 mujeres se han inscripto en sólo una semana. Para hacerlo, sólo deben llenar un formulario. La última pregunta es optativa, pero la responden todas: ¿por qué te interesa formar parte de este documental?

Las respuestas, que podrían ser variadas, apuntan a lo mismo: a la necesidad de romper con los tabúes de la maternidad, la necesidad de dejar de romantizarla, la necesidad de contarle a las futuras madres lo que es, en realidad, maternar.

¿Y por qué es tan importante contarle esto a las futuras madres? Porque no se puede elegir plenamente si no se tiene conciencia respecto de la decisión que se está tomando. Decir «quiero ser madre» debería alcanzar para que la maternidad sea, finalmente, deseada. Pero ¿podemos hablar de deseo cuando falta información? ¿Podemos hablar de deseo cuando la carga de la presión social es todavía inmensa?

La ESI, la aplicación educacional por la que más pedimos, una ley de educación sexual integral que enseñe a pequeñes, jóvenes y adultes distintas cuestiones de la sexualidad, la identidad de géneros, el abuso sexual, los límites, etcétera. ¿Por qué nos parece tan importante? La respuesta es la misma que con la visibilización de las problemáticas de la maternidad: sin recursos, sin información, la elección no existe, es accesoria.

En estos términos, y clarificando el ejemplo con la lucha por las relaciones sexuales consentidas podemos hablar de lo mismo. Sin información, la maternidad es consentida. El deseo real, al que aspiramos, es uno que existe aún a pesar de conocer la realidad de lo que tocará vivir desde ese momento en adelante. Como la sexualidad, que debe ser deseada aparte de consentida porque sino falta un elemento, la maternidad necesita convertirse en algo que se conozca, que se desee igual, y de lo que se pueda hablar.

La madre cuida a sus hijes, ¿y quién cuida a la madre? 

Los relatos son hermosos: les hijes son lo más maravilloso que una madre puede tener. No se impone de igual manera que la figura del padre, que muchas veces se borra de la escena. Pero para la madre, ah, para la madre les hijes son todo. Por elles, la vida. Por elles, el mundo. Entonces, la madre se convierte en el ente necesario para la supervivencia de estas nuevas personitas, ¿no? Y a la madre, ¿quién la cuida?

Círculos de amigas que no tienen hijes y por eso se cierran o se alejan, parejas que las abandonan en pleno embarazo o en plena crianza, parejas que aún sin abandono no son capaces ni de cambiar un pañal, niñes que se salen de control, que no son lo que se esperaba, miedos, angustias, familias que se posicionan en contra por el motivo que fuera. Maternar en soledad muchas veces va más allá de si se tiene o no gente alrededor mientras se realizan tareas de cuidado, de crianza, de mantención. Maternar en soledad es algo que incluso puede suceder estando rodeada de afectos que pueden, tal vez, no comprender las necesidades de la madre porque nunca se dijeron en voz alta. La madre es vista, según la óptica social, como una especie de súper heroína contemporánea: ella puede todo, ella hace todo, ella quiere hacer todo lo que hace, ella está presente para que las cosas funcionen bien. ¿Por qué necesitaría que la cuiden? Es madre. ¿Por qué necesitaría que la ayuden? Es madre. Deseó une hije, ahora que se haga cargo. Y el deseo posterior, el individual, chau. Sin espacio.

Maternar bajo la lupa

Que si son gordas, que si salen, que si tienen una vida propia, que si dejan que el padre se encargue de las tareas de cuidado, que si no les gusta cocinar, que si no tienen ganas de jugar, que si no están todo el tiempo felices, que si tienen ojeras, que las decisiones que toman, que las decisiones que no toman. Todo lo que hacen las madres está bajo la lupa de otras personas que no son, justamente, quienes viven su día a día. La madre es siempre juzgada si se corre, aunque fuera por un rato, de su rol de madre. Es juzgada por no ser perfecta, por no estar todo el tiempo lista para todo. Es juzgada por tener una vida social.
Ser madre bajo una lupa -social, cultural, familiar- es también parte de lo que podemos definir como esa gran imposición que cargamos las mujeres. Nadie mira para otro lado: todes quieren decirle a la madre cómo tiene que ser, cómo tiene que actuar, cómo tiene que sentir. Otras madres miran con reprobación. Padres que no saben lo que es serlo, opinan. Gente sin hijes dice esto está mal. Y las madres, viviendo, surfeando una ola de críticas mientras surfean otra ola, la de hacer todo lo posible, porque ni siquiera tienen el derecho de hacer todo lo que quieren, sino todo lo que pueden.

¿Alguna vez se preguntaron algo respecto a las cosas que una madre no puede y no debe decir? 

Ana Paula Grandinetti, de 22 años, madre de un niño, comenzó con estas palabras una serie de posteos respecto de la maternidad y las cosas que una madre no puede o no debe decir: «No tengo ganas de jugar a esconderme de los dinosaurios. Pero si lo digo soy desalmada. Ser mamá es verte obligada a hacer banda de cosas que no tenes ni una puta gana de hacer y no tener derecho a quejarte.«

Después de eso, fue postulando, una a una, frases que la gente se horrorizaría de escuchar: «ser mamá no es maravilloso«; «me arrepiento de ser mamá«; «mi hijo mayor es mi favorito«; «cuando mi hijo nació, no lo amaba«; «mi hija me cae mal«.

Todo esto, con una pregunta de encabezado: «¿cómo puede una frase tan simple ser tan incómoda e indignante?»

Para culminar, compartió la siguiente reflexión:

«No juzgar y acompañar»

Para que podamos, como dice Ana, no juzgar y acompañar a las madres, hace falta que también quienes no lo somos accedamos a la información real de cómo se siente una mamá. Hace falta que entendamos que la maternidad no es un ente inamovible, sino que puede ser diferente en cada cuerpo, en cada experiencia, en cada momento de la vida, en cada identidad. Hace falta que más mujeres relaten sus historias y que más personas, de todos los géneros, con o sin deseos de maternar, se animen a leer estos testimonios dejando atrás la carga de las imposiciones y entendiendo, por fin, que las mujeres son personas y no súper-heroínas de películas. No hay Mr. Músculo que las ayude a limpiar la casa mientras hacen la comida y juegan con les nenes a esconderse de los dinosaurios. No hay instituciones que las acompañen si tienen dudas o miedos o están cansadas. No hay comprensión real en el entorno porque no hay visibilización consciente de lo que la maternidad implica. Entonces, tenemos dos tareas: animarlas, dejarlas hablar. Y escucharlas. Sin esto, no hay deseo posible. Sin esto, la maternidad arrepentida nos sobrevivirá, seguirá sucediendo, y habrá millones de deseos anulados esparcidos por el mundo, productos de la romantización de un suceso que cuenta con muchas más problemáticas que las que cuentan las modelos, las famosas, o la publicidad convencional.

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