#Literatura Las cosas que perdimos en el fuego

Gabriela Krause
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Gabriela Krause

Editora at Géneros
Periodista | Escritora | Editora de Géneros y Breve Eternidad | Poeta | Feminista | En mis ratos libres sueño con armar una banda disidente.
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El género al que podríamos calificar como “terror”, en la literatura, suele ser abarcativo. Desde cuentos, relatos y novelas gráficos, con elementos sobrenaturales y personajes siniestros hasta la cotidianidad y los miedos realistas, hay una amplia gama de variedad, aunque no siempre bien lograda. Las cosas que perdimos en el fuego (anagrama 2016) de Mariana Enríquez, nos acerca a un terror placentero: el terror irremediable de lo cotidiano.

El terror en lo periférico

No es casual el miedo que nos acerca Mariana Enríquez. Es realista, porque tiene que ver con los peligros, temores y destinos que surgen desde la pobreza. Sus escenarios son barrios pobres, pueblos, villas y pasajes del conurbano. Son muy argentinos, pobres y variados. Sus cuentos son una radiografía de los pormenores de la vida cotidiana en lugares difíciles, con ciertos elementos que pudieran ser sobrenaturales pero se quedan en el medio: como incomprobables, como dejando un reguero de dudas en las posibles retinas lectoras de su ficción.

Lo cotidiano y lo cliché

Lo interesante de esta conjunción de cuentos es que, si bien todos son individuales y podrían funcionar a la perfección como unidades, plantean universos similares y recursos narrativos que van desde lo cotidiano – un paseo turístico, un par de años de consumo de drogas entre adolescentes, un hotel en funcionamiento con un empleado recién echado, el barrio de constitución por la madrugada, una pareja que ya no se soporta – hasta lo cliché del terror: una casa abandonada, la leyenda del Petiso orejudo reapareciendo, una criatura siniestra acechando en la casa del vecino, fantasmas japoneses, una joven a la que es imposible retomarle el rastro, mutantes e iglesias profanadas. Todos los cuentos, en su orden prefijado y contextualizados, dan un sentido a una obra mayor. Y nos recuerdan, línea por línea, que no hace falta inventar mundos nuevos para obligar al lector a dormir con la luz prendida.

Lo interesante es que esos elementos terroríficos, por más cliché que resulten, no dejan de ser propios de una cultura, parte del gran mapa que conforma la gran periferia argentina. Los rituales satánicos vienen de religiones afrobrasileñas, el muchacho aparecido no es otro que el Petiso Orejudo, la paranoia generada por la deep web, un mal viaje de ácido lisérgico, las mujeres se incendian porque los hombres las matan, los mutantes nacen por la culpa conjunta de la contaminación del riachuelo y la contaminación de los organismos policiales y su propensión al gatillo fácil.

El cuerpo que perdimos en el fuego

Hay otra constante en la lectura de estos doce relatos: el cuerpo. La noción del cuerpo, la violencia hacia los cuerpos. Los cuerpos que desaparecen, que mutan, que se incendian, que se mueren de hambre, que se intoxican, que matan, que reivindican una nueva forma de belleza. La mayoría de los personajes protagonistas son femeninos, y ésto, sin resultar una especie de subrayado del género de la autora, parece tener que ver con la realidad. Los cuerpos violentados de las mujeres toman por una vez las riendas de la narración: son dueños de contar su historia.

Cuento tras cuento, nos adentramos en una cruel exploración de las distintas violencias. La mayoría de ellas, hacia los cuerpos. Muchas de ellas, de hombres hacia mujeres: la total falta de empatía y el mandoneo por parte de los novios/esposos de “tela de araña” y “el patio del vecino”; el asesino serial que no tiene una idea de la violencia que ejerce (Pablito clavó un clavito), la violencia sistemática desde el Estado, vestido de fuerzas de seguridad en “bajo el agua negra” y “tela de araña”; la heteronorma en “la hostería”; las imposiciones de belleza que rigen sobre las mujeres en “nada de carne sobre nosotras” y después todas las violencias en una sola, poderosa y determinante: el último cuento, “las cosas que perdimos en el fuego”, la resignificación de una nueva quema de brujas esta vez comandada por las mujeres que están hartas.

Lo que más miedo da es lo que puede pasar

Los elementos terroríficos en las piezas ficcionales de Enríquez funcionan muy bien. Sobre todo, las cosas que pueden pasar. En un cuento en donde el gatillo fácil deja dos muertos de los cuales uno revive para convertir toda una villa al satanismo, no asusta tanto el adolescente que ha revivido como el policía capaz de tirarlos a él y a su amigo al agua más muerta del país. Asusta más tras la desaparición de un novio violento y controlador, pensar en su reaparición e imaginar la vuelta a la opresión. Todo está bien logrado, pero es el realismo descarnado lo que maravilla: exagerando la realidad social mediante elementos sobrenaturales, lo que hace es denunciar la realidad más cruda, porque no podemos evitar, como lectores, sentir el terror y quedarnos pensando en cuánto de eso realmente podría pasar.En doce relatos, se entremezclan fantasmas del pasado y del presente, creencias y rituales casi folklóricos, monstruos, casas abandonadas y misteriosas, malos viajes de LSD, seres mutantes y mutilados y asesinos en serie reaparecidos como espectros inofensivos. Entre todo eso, la violencia, la desidia, la pobreza, el abandono, la locura, el hambre, la inagotable sed de ser flaca y hermosa. Todo un elenco de elementos, personajes y escenarios crudos y sangrientos no aptos para lectores sensibles, ajenos a la realidad contextual.

La realidad como recurso terrorífico

Tratar el terror con naturalidad es un logro. No generar en el lector sorpresa o asombro, incluso escepticismo o desconcierto pero así y todo introducirlo en los elementos anteriormente mencionados, es tal vez el mejor acierto de Enríquez. Eso, y los finales casi abiertos. Relato tras relato, pasan las letras y dejan interrogantes. Ninguno de los cuentos deja a quien se sumerge en ellos indiferente, aunque el libro también funcione, todo el tiempo, como un gran espejo a lo que somos y a lo que es nuestro país vapuleado. Y es verdad que hay que ser valiente para hacerle frente a nuestros temores más profundos, sobre todo cuando hay un coterráneo que lo hizo por nosotros. Por ello, el libro juega en estas páginas a cruzar ida y vuelta varias veces las fronteras entre lo fantasmagórico, la fantasía, el terror y las debilidades humanas, los trastornos, los miedos cotidianos y las tradiciones.

Es destacable la reproducción de la estructura misógina de una sociedad y la crítica solapada a las instituciones tocadas por lo enfermizo que vivimos como naturales, como el barrio, la familia, la pareja o la clase social. Una amplia variedad de ofertas de hombres grises o agresivos camina por el papel con la frente en alta: todos son reconocibles y verosímiles en la realidad palpable.

La oscuridad frente a las llamas

No todos los escenarios planteados en el libro son oscuros per se, pero la atmósfera carente de luminosidad se mantiene durante todas sus páginas. Incluso a plena luz del día uno imagina una oscuridad envolvente que va más allá de la mera descripción o no de la luz del día. Las hogueras de mujeres ardiendo, por ejemplo, también se nos presentan así: se pueden imaginar como si el fuego fuera negro, y las mujeres quedaran negras, y todo fuera negro salvo la ropa de quienes inmolan su belleza por orgullo, por convicción, para pedir basta de quemarnos y para decir nosotras somos lindas como se nos canta.

La sangre, un palito de helado de frutilla

El terror de Mariana Enríquez no provoca chillidos: se mete en la sangre, la estruja y la congela sin posibilidad de derretirse. Ni la cercanía al fuego, esa constante. Mariana Enríquez no hace temblar: hace vibrar. Es la vibración que genera la empatía, la impotencia y finalmente la frustración. Lo que cuenta es horrible y hermoso, vaya logro pintoresco.

 

Las cosas que perdimos en el fuego

No es porque sea el último cuento y el que da nombre al libro este apartado. Es por la crudeza frente a la que no se puede callar.

Si bien todos los relatos interpelan, resultan dolorosos y provocan temor, Las cosas que perdimos en el fuego tiene un plus: una crueldad devastadora, asombrosa y contundente. Imagino postular este cuento como lectura obligatoria para las próximas generaciones. Hay algo demasiado explícito en inventar un mundo donde las mujeres, cansadas de ser quemadas por sus parejas, deciden tomar la iniciativa y quemarse a si mismas para ganarles de antemano. La sororidad, esa palabra que nos define como mujeres empáticas y compañeras, se redefine para cobrar más fuerza que nunca en estas líneas: es por una mujer que apareció a contar su historia quemada en el subte que las mujeres deciden actuar. Se han dado cuenta de que si van todas quemadas, la nueva belleza será esa, la de la piel chamuscada. Y crean hospitales clandestinos, salen por la calle y se cagan en los hombres. ¿Cómo van a temerles si ellas ya hicieron, solas pero hermanadas, lo que ellos antaño amenazaban con hacer?

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