#Literatura Distopías: Ray Bradbury y Farenheit 451

    Juan Pablo Paz
    Redes:

    Juan Pablo Paz

    Redactor at Corriendo La Voz
    Redactor en Corriendo la voz | Periodista | Contacto: juanpablo@corriendolavoz.com.ar
    Juan Pablo Paz
    Redes:

    Latest posts by Juan Pablo Paz (see all)

    Con Farenheit 451 se completa la trilogía de distopías que mejor pintan el ajetreado -a veces calamitoso, otras tantas esplendoroso y largo, sobre todo largo- S. XX. Sin embargo en Bradbury hay otras cuestiones que se prestan al análisis: el progreso como factor determinante.

    Sinopsis

    Guy Montag es el protagonista de esta distopía, quien tiene un trabajo muy particular: es bombero de un cuartel que, paradójicamente, se encarga de generar incendios con el fin de quemar libros, puesto que leer está prohibido por ley. Es esta prohibición una ecuación muy simple donde, una vez despejada la incógnita de la lectura, nos queda una sociedad alejada del conocimiento y la curiosidad. Leer nos conduce a pensar, a interpelar lo leído y a poner blanco sobre negro y viceversa. Porque leer, también, nos impide ser ingenuos, crédulos y acríticos, es entonces que al prohibir la lectura se corta de raíz cualquier ánimo discordante.

    15310566_1218138614938547_1482307676_n¿A qué temperatura se queman los libros? ¿Existe un fuego capaz de borrar todo rastro en el hombre de creatividad, de curiosidad, incluso de memoria? A 451 grados en la escala Farenheit (Farenheit 451), esa es la temperatura justa. Esa fue la respuesta de Bradbury. Pero, ¿Por qué era tan peligroso leer un libro?:

    “¿Se da cuenta, ahora, de por qué los libros son odiados y temidos? Muestran los poros del rostro de la vida. La gente comodona sólo desea caras de luna llena, sin poros, sin pelo, inexpresivas. Vivimos en una época en que las flores tratan de vivir de flores, en lugar de crecer gracias a la lluvia y al negro estiércol. Incluso los fuegos artificiales, pese a su belleza, proceden de la química de la tierra. Y, sin embargo, pensamos que podemos crecer, alimentándonos con flores y fuegos artificiales, sin completar el ciclo, de regreso a la realidad”

    Antecedentes reales de la ficción

    El 10 de mayo de 1933 un grupo de estudiantes y profesores pertenecientes al partido nazi realizaron una quema pública de libros en la Plaza de la Ópera en Berlín y en otras ciudades universitarias. Este hecho se llevó a cabo en el marco de las acciones contra el espíritu anti-alemán.

    Si bien Farenheit 451 se publica por primera vez en 1953, la quema de libros, lamentablemente, fue un recurso muy utilizado por los gobiernos a los cuales les convenía desinformar y prevenir la circulación de conocimiento. Argentina no fue la excepción.    

    La dictadura argentina del ’76, también tuvo su propia quema de libros. En la mañana del 30 de agosto de 1980, en un terreno baldío de Sarandí, se perdió un millón y medio de libros, publicados por el Centro Editor de América Latina. Como siempre en estos casos, nuestra dictadura nos deja en lo más alto de la Escuela de las Américas.

    En el prefacio del libro tratado en esta nota publicado en 1993 el propio autor nos cuenta el porqué de Farenheit 451:

    “¿Qué despertó mi inspiración? ¿Fue necesario todo un sistema de raíces de influencia, sí, que me impulsaran a tirarme de cabeza a la máquina de escribir y a salir chorreando de hipérboles, metáforas y símiles sobre fuego, imprentas y papiros? Por supuesto: Hitler había quemado libros en Alemania en 1934, y se hablaba de los cerilleros y yesqueros de Stalin. Y además, mucho antes, hubo una caza de brujas en Salem en 1680, en la que mi diez veces tatarabuela Mary Bradbury fue condenada pero escapó a la hoguera. Y sobre todo fue mi formación romántica en la mitología romana, griega y egipcia, que empezó cuando yo tenía tres años. Sí, cuando yo tenía tres años, tres, sacaron a Tut de su tumba y lo mostraron en el suplemento semanal de los periódicos envuelto en toda una panoplia de oro, ¡y me pregunté qué sería aquello y se lo pregunté a mis padres!
    De modo que era inevitable que acabara oyendo o leyendo sobre los tres incendios de la biblioteca de Alejandría; dos accidentales, y el otro intencionado. Tenía nueve años cuando me enteré y me eché a llorar. Porque, como niño extraño, yo ya era habitante de los altos áticos y los sótanos encantados de la biblioteca Carnegie de Waukegan, Illinois”

    15328188_1218138628271879_741272632_n

    En ese mismo prefacio, Bradbury nos cuenta sobre las peripecias que pasó para que alguien publicara su novela. El clima de censura y temor ya estaba instalado en la sociedad norteamericana de finales de los ´40. La ironía y el sarcasmo atraviesan la historia universal: fue Hugh Hefner quien compró el manuscrito de Farenheit 451 por cuatrocientos cincuenta dólares. Sí, la revista era Playboy, que en palabras del mismo Bradbury llegó para “escandalizar y mejorar el mundo”. 

    En las últimas décadas se ha puesto de manifiesto la connivencia entre el poder político y el uso de la prensa amiga en función de fines específicos: ya sea para apuntar un enemigo interno o externo, para incentivar a la especulación, para agudizar la otredad en las gigantes ciudades e inocularnos el miedo al otro. No obstante, fueron Orwell, Huxley y Bradbury los encargados de advertir este sistema de medios de comunicación que terminó de perfeccionarse y definir su ubicuidad en el S. XX.

    Estos libros de ciencia ficción nos han presentado futuros sombríos, sociedades controladas las 24 horas del día todos los días, donde la incultura y la comodidad son los factores comunes. Estos autores nos contaron sus miedos, el camino futuro de su presente vertiginoso. Hoy somos testigos y quizás contribuyentes de esas líneas tan bien desarrolladas. Podemos decir, casi con seguridad, que quién sufrió más sobre sus escritos haya sido Bradbury, puesto que falleció en 2012. Si bien es cierto que la quema de libros, como hemos visto más  arriba, fue algo anterior a Farenheit y luego se continuó, tanto 1984 como Un mundo feliz no llegaron a convertirse en hecho para sus autores. De todos modos, de aquel prefacio de 1993, Bradbury nos regala algo de esperanza.

    “No todo está perdido, por supuesto. Todavía estamos a tiempo si evaluamos adecuadamente y por igual a profesores, alumnos y padres, si hacemos de la calidad una responsabilidad compartida, si nos aseguramos de que al cumplir los seis años cualquier niño en cualquier país puede disponer de una biblioteca y aprender casi por osmosis; entonces las cifras de drogados, bandas callejeras, violaciones y asesinatos se reducirán casi a cero. Pero el Bombero jefe en la mitad de la novela lo explica todo, y predice los anuncios televisivos de un minuto, con tres imágenes por segundo, un bombardeo sin tregua. Escúchenlo, comprendan lo que quiere decir, y entonces vayan a sentarse con su hijo, abran un libro y vuelvan la página”

    Comenta