Liliana y la eternidad

    Blas Martin

    Redactor at Corriendo La Voz
    Bahiense, daltónico y tesista: tres dolencias crónicas. Docente y comunicador.
    Blas Martin

    Hace un año, la escritora santafesina Liliana Bodoc dejaba la vida corporal, para vivir para siempre en sus libros, en los universos que creaba en cada cuento y cada historia de fantasía, que construyó con pilares en la imaginación de niños, jóvenes y no tan jóvenes. Aquí, un homenaje desde los pueblos de los Confines.

    Las aldeas de Los Confines se confundían en un mismo saludo al Sol. Había amanecido hacía pocos momentos y el viento acercaba los aromas del bosque. Los husihuilkes cargaban sus morrales con lo que había de abundancia, para cumplir el ritual previo a cada temporada de lluvias: en el Valle de los antepasados, cada aldea ofrecería a otra lo que en unas latitudes escaseaba y en otras no. La guerra final contra Misáianes, hijo de la desobediencia, engendrado por la Muerte desde su saliva, había terminado muchos soles atrás. El zapallo había recobrado su dulzor, el bosque su fortaleza aunque contaba con las cicatrices del fuego, el Nogal volvía a tener su color y su fuerza, brindando sombra a los caminos que conducían del bosque a la casa de la vieja Kush. Sentados en ronda, los husihuilkes se mezclaban con los zitzahay que la guerra había mezclado en los Confines, dejaban las diferencias que las aldeas tenían entre sí para celebrar la cosecha, la lluvia que rodeaba los últimos soles del invierno, la fortaleza que las Tierras Fértiles gozaban luego de mucho tiempo. Hacia un año que La Creadora había emprendido un largo viaje como un largo sueño, el último, de regreso a la madre. Sentados en ronda, los pueblos de los Confines contaron historias, cantaron canciones y recordaron a los que se habían marchado.

    Desde el monte, lejos para las piernas pero no para la vista de un brujo con aspecto de cabra, Kupuka salió de su cueva donde todavía ofrendaba el silencio que salvó a las almas de las voces del Odio eterno. Desde lo alto, podía ver cómo se sumaban a la ronda del Valle de los antepasados las almas de Wilkilén, la inocente, la Destrenzada que abrazaba a un resplandeciente Dulkancellin, sentado a la derecha de Kume, quien conversaba con Minché, otro luminoso guerrero husihuilke. Frente a ellos, vieja Kush convidaba entre historias su legendario pan de maíz a Liliana, madre de madres, que escuchaba atenta lo que la anciana narraba.

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