Levanten la Sesión que el pueblo delibera en la Calle

Nacho Yuchark para La Vaca
Gustavo Escobar

Gustavo Escobar

Redactor at Género
Licenciado en Comunicación Social | Docente | Comunicador Popular | Vegeta | Risas con Tío Grandpa.
Gustavo Escobar

“No creo que seamos parientes muy cercanos,
pero si usted es capaz de temblar de indignación
cada vez que se comete una injusticia en el mundo,
somos compañeros, que es más importante”

Che Guevara

Hace 16 años tomé el mismo el colectivo que me llevó casi al mismo lugar pero la intención, la intención sí era la misma: hacer algo para revertir el presente. Hacer carne las ideas que fueron calando en mi pensar. Ponerle el cuerpo ante tanta injusticia. Como hace 16 años, no lo dudé. Salí a la calle. Como lo hicieron miles de compañeras y compañeros  a lo largo de la historia de los pueblos oprimidos que un día dicen basta.

El colectivo en que viajaba no pudo continuar su recorrido, el tránsito ya estaba bloqueado y era dificultoso llegar al centro. Esta vez, el escenario era la Plaza de los Dos Congresos, en donde se intentaba avanzar desmesuradamente (como es clásico en los modelos neoliberales) sobre los derechos del pueblo. Su futuro y su presente, por demás desencantador, estaba en pleno juego, y el país quedaba prácticamente a merced de la rosca política del palacio. Pero esta vez las cosas no salieron tan bien como querían y ansiaban. Ni las vallas, ni militarizar la zona, ni el uso intimidatorio de todas las fuerzas de represión que puedan lanzar a la calle frenaron el descontento del pueblo y las columnas fueron llegando y acercándose cada vez más por todas las arterias de la Capital Federal.

La receta: Miedo en partes considerables

El miedo es su receta, su única posibilidad. Generar miedo para poder avanzar. Por eso ese Parlamento militarizado. Por eso esos seres robotizados (y lobotomizados) casi lanzando espuma por la boca con ansias de golpear y sed de sangre y represión. Del otro lado, en la plaza y en las calles… el pueblo, sus banderas, sus luchas (muchas perdidas, pero nunca olvidadas), sus anhelos, su rabia y su bronca.

Hasta acá llegaste, neoliberalismo. Tu mentira tiene que acabar. La pelea puede ser desigual, pero si se afirma con convicción, la victoria, aunque cueste, llega.

Avenida Entre Ríos y Adolfo Alsina. A cien metros y pico se discute el futuro de miles de argentinas y argentinos y el camión hidrante arroja la rabia de no poder frenar el descontento popular. De un lado, las convicciones. Del otro lado, el manual del fascismo ilustrado en su máxima expresión. Y las corridas, los gritos, los gases por doquier… Y los tiros, metralla de tiros que se escuchan. Se retrocede, se agrupa, se reorganiza y se asiste a quienes el gas corroe las gargantas y seca los lagrimales. Y a volver, levantar más alto las banderas, unirse en la lucha con otros espacios y sectores. Y avanzar un poco, resistir mucho. Pero no dejar de hacer notar el reclamo. La molestia, la rabia de todos los derechos que nos quieren quitar. En un momento me detengo y miro a mi alrededor: los mismos balcones, las mismas vallas, el mismo punto exacto en donde hace 16 años gritábamos que se vayan todos y la respuesta era la misma: reprimir, silenciar el grito liberador del pueblo. El pueblo molesta al neoliberalismo y la respuesta siempre va a ser represión, violencia y muerte. Real o simbólica, pero muerte al fin. El neoliberalismo necesita de la muerte como combustible para hacer andar la sanguinaria máquina del capitalismo más salvaje.

Corridas por las calles laterales: el ambiente se torna asfixiante. Están de estreno en algunas cosas parece (después nos enteramos que hasta usaron gas vencido). Llegamos a la plaza, las columnas avanzan. Se escucha la noticia del levantamiento de la sesión. La respuesta es automática: ante la alegría del pueblo, los cánticos de resistencia y hasta la entonación del himno. Una oleada de gas pimienta y balas de goma anuncia que la plaza debe quedar despejada. Sin importar cómo se da la orden, automáticamente se ejecuta. Nuevamente, se resiste. Ingresan nuevas columnas (recambio para tomar agua y descansar). Se pueden ver organizaciones sociales, partidos políticos, sindicatos, independientes, el abanico es amplísimo y eso es un punto de vital importancia para entender el por qué de este freno al avance de un gobierno que se creía omnipotente luego del resultado electoral. La unidad en la lucha demostró cuál es el camino, el único, para dar vuelta este escenario desfavorecedor para las mayorías.

Saludos, abrazos, mensajes de WhatsApp. Dándonos aliento, avisando que estamos bien, indicando puntos de encuentro. Todo eso bajo el fuerte sol de diciembre en la plaza que tiene como indicación dos congresos pero en realidad tiene uno solo, que históricamente le dio la espalda al pueblo. Es más, le dio directamente el culo, para eternamente cagarse en la voluntad popular. Pero esta vez fue distinto y lo saben. Y por eso la furia represiva de las y los uniformados. Por eso la cacería final. El salir a levantar al que sea para que aprendan.  Por eso la necesaria invisibilidad de los medios hegemónicos de comunicación para des-informar. Porque saben cómo sigue este teatro. Los personajes han eliminado la cuarta pared. Se los ve descarnados, y se le notan las ataduras de quienes en verdad los manipulan. Por eso esa respuesta y la obsesión por culpar al sector kirchnerista, a sus diputados y diputadas, o tildar de violentos a quienes se manifestaban en la calle.

Puede ser que el kichnerismo tenga responsabilidad, pero en el hecho de resignificar (con sus pro y sus contra) la idea de hacer política y por eso ante la demanda de sus propias bases esas personas que llegaron al recinto salieron a bancar la parada en la calle. Como también lo hicieron los y las legisladores de la izquierda. Hacer con el cuerpo lo que dicen hacer con palabras. Ni más ni menos que eso es la política. Y ante el neoliberalismo, la respuesta es unidad en la lucha.

Parar para tomar aire, nunca detenerse

Entre las varias corridas que vivencié en la jornada del jueves, entré a la casa de las madres de plaza de mayo para reponer energía, tomar agua y descansar. La balacera y la correntada de gases eran fuerte. Me senté y recordé la imagen que había visto hacía 16 años y que estaba viendo y viviendo de nuevo. Lloré. De bronca, de impotencia, de angustia por sentir que otra vez nos ganaba el egoísmo, el odio desclasado de festejar que al otro le vaya mal; que ganara la industria del consumo y la egolatría por sobre el compañerismo y el soñar juntas, juntos. Pero levanté la mirada y al ver donde estaba, entendí que no me podía permitir eso.

Si estas madres la pelearon en las peores de las tormentas y aún hoy siguen dando ejemplo, ¿cómo me voy a sentir vencido? Y salimos de nuevo a la plaza.  A gritar, a bancar a los y las miles que día a día dan pelea. Cuando salía empezaban los festejos porque la sesión se levantaba. Hay un indicio de victoria que quedó marcado este jueves. Nos pegaron, nos reprimieron, nos tiraron gases y todo lo que tenían a su alcance para sembrar temor y terror. No les salió. Aún seguimos resistiendo.

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