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Patricia López

Docente de inglés en varios niveles educativos. Curiosa por naturaleza. Amante de la literatura, la cocina y las plantas. Escucha de radio desde niña. Lectora incansable. Trabajadora docente en lucha por la educación pública.
Patricia López
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El Encuentro Plurinacional reúne cientos de miles de mujeres, lesbianas, trans, travestis, bisexualas y no binaries. Las niñas que acompañan a sus madres y abuelas, las jóvenes y adultas que van desde hace muchos años formando parte de sindicatos, organizaciones sociales, oenegés, agrupaciones de partidos políticos, de mujeres originarias, de disidencias sexuales, grupos de artesanas, artistas, músicas, científicas y un amplísimo etcétera. También estamos las otras, que asistimos por primera vez sabiendo que, de seguro, de ahora en más se irán sumando otros encuentros.

Pero también están muches otres que por diversos motivos no quieren o no pueden estar en esta masiva reunión  y que sin embargo, la conocen, la siguen y la sienten propia o al menos saben o intuyen que en ella se discuten temas que nos afectan en el día a día de cada una de nosotres.

En La Plata, ya sea durante el intervalo entre talleres, o a lo largo de la marcha, podían encontrarse mujeres mirando –y algunas aplaudiendo y vivando-  desde los comercios, los balcones, las ventanas de casas y departamentos, las veredas. Siendo testigas mudas o cuestionadoras, distantes o deseosas de pertenecer un poco, aunque sea desde la postura de espectadoras.

También las hubo y mucho de las otras; las que se acercaban a preguntar entre curiosas y desafiantes como las que me encontré el domingo mientras caminaba sola por la ciudad. Dejé el Taller de Ecofeminismo al mediodía y caminé alrededor de veinte cuadras para llegar a Plaza San Martín, que estallaba de artesanes ofreciendo sus mercaderías en medio de reuniones, discursos y canciones.

Al volver, me desorienté y encaré a un par de señoras de entre 60 y 70 años que aparentaban ser de la zona. Les pregunté para donde tomar para volver a la zona del bosque. Entonces, la más locuaz, haciéndose la desentendida de mi pañuelo de la campaña en la mochila y mi tocado al tono en el pelo, me preguntó: “¿Vos sos una de las que vinieron a ese encuentro?” Ante mi afirmativa, ahí nomás empezó el interrogatorio.

Lo inició con un “mi amiga dice que vinieron a romper todo”; le respondí que se esperaban hasta 500 mil asistentes al encuentro, y que si cien personas hacían algún disturbio, no sería significativo. Entonces quiso saber qué habíamos ido a hacer ahí y le conté que estábamos participando de talleres, de sexualidad, de tercera edad, de ecología, de infancias, de educación sexual y muchísimos otros temas; que había muchos hechos culturales desarrollándose así como charlas y conversatorios.

A este punto empezó a interpelar a su acompañante, que a la sazón resultó ser “la amiga” que disparó sus preguntas. Esta se sintió avergonzada y empezó a negar que ella hubiese dicho exactamente eso. La primera arremetió con un “dale, no lo niegues porque vos hace rato que decías que tenías miedo porque venían a romper todo”. La increpada tartamudeaba sus justificaciones mientras la otra preguntaba si era la primera vez que se hacía en La Plata. Le respondí que no, que ya se había hecho uno en el año 2001, y que ahí estaba la ciudad, vivita y coleando, que había sobrevivido a aquel otro encuentro y que lo mismo haría en esta oportunidad. Entonces las invité a que se acerquen a cualquier plaza de la ciudad y que vieran con qué alegría y tranquilidad se celebraban estos cientos de miles de mujeres, entre música, cantos, coreografías, discursos y aromas a comida por todas partes.

La señora curiosa me agradeció el que le haya informado de tantas cosas y la señora miedosa y ahora avergonzada, apenas murmuró un saludo. Yo seguí mi camino de regreso a la zona de los talleres, ya orientada y sonriendo para mis adentros. Ese había sido mi momento de “¡mujer, escucha: únete a la lucha!”. En el mejor de los casos quizá se fueron con algún bosquejo de respuesta o con algún otro interrogante un poco más profundo y menos básicos que los iniciales.

Pero a pesar de la multitud de mujeres y disidencias hubo mucho de les otres que pesaron por su ausencia al  Encuentro  -material y simbólicamente- por desconocimiento, por prejuicio y por miedo a ser parte de algo más grande que su propia indiferencia. Las que aún piensan que a ellas no les toca el machismo, que total están bien, que ellas son femeninas pero no feministas, que para qué seguir luchando si total ya tenemos los mismos derechos que los hombres; que ellas sí quieren a sus maridos/parejas/padres/hijos varones, no como esas feminazis resentidas enemigas de los hombres; que ellas tienen cosas más importantes que hacer que irse tres días a perder tiempo haciendo quien sabe qué.

A todas esas que nos miran desde lejos, le damos tiempo y las esperamos para cuando ellas también se empiecen, nos empiecen a preguntar qué vinimos las mujeres a hacer acá.

Fotogalería: Camila Szczygiel y Agustina Fernandez

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