Las mujeres no abortan; los hombres no lloran

Escribo este texto no solo como militante del derecho de todos los cuerpos gestantes a abortar; sino también como un intento más de sanación en torno a mis abortos y los de mis compañeras.

El poder hegemónico patriarcal, ha instalado las prácticas  del aborto en la ilegalidad, en la clandestinidad. Esto agrava enormemente la situación, ya que agudiza en muchos casos lo dramático del hecho. Y termina siendo funcional a su estructura, que ordena y acomoda cada cuerpo en su ¨lugar¨.

Las mujeres en Argentina, no solo abortamos en la clandestinidad, sino que generalmente también lo hacemos solas, aturdidas de culpas que nos zumban al oído, en riesgo de ser penalizadas, deseosas de no morir en el intento, escondidas, dolientes, sangrantes, niñas.

Sin el abrazo que contenga, mal vistas y muchas veces habiendo sido abusadas y/o forzadas a una relación sexual con sus parejas u otros; varones familiares mayores. Incluso inducidas a una relación sexual que se sustancia en modelos ¨impuestos¨, donde como dice Carla Lonzi, “Negándole la libertad de abortar, el varón transforma su abuso en culpabilidad de la mujer¨[1]¨.

Así sin saber si te vas a despertar de la anestesia (cuando la hubo), si las pastillas las tomaste en el tiempo adecuado de gestación; dudando, también de hacerlo, en algunos casos el aborto, en la mayoría de las que hemos transitado la experiencia, es incierto. Y su carácter clandestino lo convierte, aún más, en traumático y lo llena de fantasmas.

Somos las mujeres/cuerpos gestantes las que, atrapadas por los cánones, las creencias y las leyes del patriarcado, dolemos doblemente: dolemos por responsabilizarnos de no llevar adelante esa maternidad, y dolemos por ser señaladas culpables y únicas responsables.

Esta escritura me transporta a un momento en donde tomé la decisión de abortar, la sensación  que me ha dejado es como si ¨el tiempo se parara¨. Ese es el sentimiento que he cargado. Al tener que concentrarme en ir a hacerme un aborto, todas mis energías estaban allí, en intentar no morir, o mejor dicho, sobrevivir fue el sentimiento que me invadió.  Parar el mundo por un tiempo impreciso, ese es el sentir. No recuerdo cómo me levanté, cómo seguí en silencio, bien callada para que nadie se enterara.

Porque es eso de lo que en realidad quiero hablar, del aborto como práctica ¨clandestina¨, oculta, miserable y culposa. De la manipulación de nuestros cuerpos en lugares ocultos, con olor a formol y sonido a metales resonando.

Las opciones que se nos presentaban antes del misoprostol[2] eran extremas y rara vez acompañadas. Era la vergüenza, la humillación y la clandestinidad. Aunque algunas prácticas clandestinas suelen ser del orden de la resistencia, el aborto también lo es en ciertos términos; pero merece sacarse el velo.

El aborto es una práctica habitual y necesaria; es un botón de emergencia que debemos poder activar sin miedos. Correr el telón y hablarlo, para que se pueda transformar en una política pública.

Nos exceden los relatos y testimonios que nos cuentan en voz baja. Historias que están instaladas en las sombras de las mujeres; como malditos acontecimientos que conviene olvidar, aunque no se logra del todo.  Voces que resuenan como las de nuestras ancestras, las que parían en sus casas y tal vez sabían cómo abortar solas en sus baños. Estarán las que eran acompañadas por otras, las que probaron con múltiples elementos de una tecnología rudimentaria, para poder llegar al útero y producirse un aborto.

Están las que hoy en el presente también así lo intentan, y algunas veces llegan sangrando a los centros de salud. Sangramos todas, algunas más que otras. Este sangrado constante que acompaña nuestros cuerpos, seguramente expresa la disonancia y también el poder que fue ocultado. La sangre emana y chorrea mientras nos transformamos. Vamos mutando en resistencia.

Frida Khalo se inventó unas alas para poder trascender su cuerpo débil y herido. Me pregunto: ¿cuántas de nosotras nos hemos construido alas para salir del lugar donde nos han colocado?, ¿cuántas de esas alas se nos han roto, y las volvimos a hacer volar?

Estar escribiendo nuestra propia historia y hacernos preguntas sobre nuestra sexualidad, cuestionar las imposiciones y en definitiva respirar aires (aunque sean intermitentes) de libertad, nos instala en otro lugar. Un lugar ¨entre¨, que deshabilita el mandato, el modelo, el canon; que durante siglos ha confinado a nuestros cuerpos como receptáculo reproductor. Imposibilitado el goce, apartándonos a roles ¨de mujeres¨; con todo lo cuestionable que sustenta pronunciar acciones tanto ¨femeninas¨ como ¨masculinas¨.

En definitiva, salir de la clandestinidad para dejar al descubierto nuestras decisiones y poder transitar un aborto menos culposo y dramático podrá ser un portal que inicie caminos emancipatorios. Sosteniendo sobre nuestros cuerpos siglos de persecuciones, hostigamientos y violencias. Como subraya Silvia Federici:

¨La caza de brujas, que literalmente demonizó cualquier forma de control de natalidad y de sexualidad no procreativa, al mismo tiempo que acusaba a las mujeres de sacrificar niños al demonio¨[3]. Mujeres acusadas de infanticidio, perseguidas por pretender inferir en sus cuerpos ante un embarazo no deseado, culpadas y condenadas a morir de distintas formas; fue una práctica habitual y no lejana que ha quedado documentada he impregnada en nuestros cuerpos.

Hoy  la condena continúa, y sigue operando por los enormes antecedentes que, como dije antes, están presentes aunque parezcan tiempos lejanos. Porque es la herida de nuestra historia que sangra y necesitamos curar.

Somos hijas de una enorme cultura que nos cae sobre nuestros cuerpos como un tsunami, nos arrastra y revuelca. Allí encontramos representadas las persecuciones y opresiones, como en la obra de Francisco de Goya El aquelarre[4], donde observamos una ronda de mujeres (brujas) , de distintas edades que le entregan niños al macho cabrío que se sitúa en el centro con su gran tamaño. En esta escena nocturna quedan claros los atributos que se le designan a cada uno. Ellas asesinan a sus niños para alimentar al diablo, en definitiva no sólo se las condena como asesinas, sino también como partícipes de rituales que ¨alimentaban¨ el mal. La escena es perfecta para ir reconstruyendo un inconsciente colectivo que se nutre en ciertas medidas de estos rasgos de la cultura. Cómo se sella nuestro pacto con el diablo, satanás, el mal, la oscuridad en un ritual pagano que, en definitiva, podría estar representando prácticas del aborto. Aunque lo que el cuadro muestra son niños y no fetos o embriones, para cierto imaginario no es tan lejano, las mujeres que hemos practicado abortos, hemos matado a nuestros hijos.

Algo que entiendo es muy importante poder extirpar a modo de medicina para nuestra sociedad actual. Sin entrar en cantidades de argumentos que se sustancian desde la ciencia como de la ética, en relación a interpretar cuando se trata de un embrión y cuando estamos hablando de una persona. Pero sí pretendo observar no solo esta pintura del siglo XVIII, sino también la imagen de los partidarios opositores al aborto legal, que sacan a manifestarse por las calles a un enorme bebé. Haciendo una errónea representación de un embrión, no solo por su morfología sino también utilizando la estrategia de un cambio de escala feroz, ya que en los periodos que las mayorías de las mujeres realizan abortos los embriones oscilan entre los 3cm y 8cm ( variando por el tiempo de gestación ).

Es necesario poder imaginarnos otras posibilidades de trascender nuestras decisiones, que sean el comienzo de la emancipación de nuestros cuerpos. O lograr el giro que saque a nuestros cuerpos del lugar de disputas del patriarcado; para instalarlo en un espacio social más igualitario de derechos. Intentando entender  las complejidades en el entramado de disputas sociales entre las condiciones de género, colonialidad, raza y clase.

Poder disponer libremente de las decisiones sobre nuestros cuerpos nos habilita la posibilidad de ir construyendo otros relatos histórico/políticos en relación con nosotras. Que en definitiva impactan como tantas pensadoras lo proponen en todes los miembros de la sociedad: mujeres, varones y todas las diversidades sexuales posibles o imaginables.

¿Qué componentes biológicos y/o culturales nos unen con otras mujeres ?

Podemos pensar que nuestra capacidad de procrear, nuestros úteros nos unen en ese aspecto (no menor), con otras mujeres. También podemos establecer otros vínculos entre nosotras, que muchos de ellos son culturales. Como pueden ser los territorios, los vínculos familiares y afectivos, generacionales, etc.

Esto para nada implica un colectivo uniforme; a pesar que incluso  compartamos más de un vínculo. Me refiero a tratar de entender la complejidad que se nos presenta cuando decimos ¨mujeres¨ y cuando decimos ¨varones¨. Habiendo estudiado distintas perspectivas teóricas, adhiero a formular que esta división poco tiene que ver con la particularidad de cada mujer o varón. Es decir, que la pureza del género es errada, y ha servido para conformar una suerte de orden forzado de nuestra sociedad para poner en funcionamiento los ¨límites¨.

Esta división basada en lo biológico ha permitido establecer vínculos que no siempre sostienen los mismos intereses, luchas o sentires.

En el enorme proceso de transformación que nos encontramos hoy, siento que es urgente practicar giros en nuestras formas establecidas, para poder salir o superar la dualidad que nos ha marcado caminos en donde nos estamos disputando distintos poderes.

Me refiero a esos micro-poderes que conjugan un cotidiano donde cada une debe jugar bien su rol y no salirse de allí. Poder poner en discusión hoy los moldes de cómo se debe criar para todes los géneros es haber girado en cierta medida el eje. En definitiva el fin de estas luchas debería de impactar en los cuerpos de las mujeres, para no ser más objeto de maltratos, disputas y sumisiones por parte de los varones. Pero el impacto tiene que revotar en los cuerpos de todes (sin distinciones de género). Si las mujeres hemos sido y somos receptáculo de los fracasos y castigos, hoy nuestro cuerpo debería de emanar ciertas ansias emancipadoras que puedan intervenir también en los cuerpos de los varones. Sin desconocer la gran historia de las luchas feministas que se han sucedido a lo largo de los años y las diferencias que en ellas también encontramos.

Me llama la atención como aún se escucha en boca de muches: ¨Los hombres no lloran¨. Se cuenta que el origen de esta imposición que ha formado ciertas características masculinas tiene origen en el pueblo judío. Cuando eran sometidos como esclavos de Egipto, su llanto no les era permitido a pesar de su condición. Lo notable es que sólo pudieron hacerlo cuando muere el faraón y todo el pueblo sale a llorar su muerte. Es decir, que el pueblo judío sostuvo sus emociones en post de un orgullo u honor, que sólo pudo manifestarse cuando el resto de la sociedad así lo hizo. Queda claro que más allá de este posible origen, tanto a varones como mujeres los llantos se nos limitan a ciertos momentos o rituales, al menos en la cultura occidental en la que estamos parados hoy. Pero no podemos llorar siempre que lo sentimos y, en menor medida los varones; ya que el llanto podría enunciar algún tipo de debilidad para este esquema de cultura.

Entiendo que acá podemos encontrar un punto en donde tanto los varones como las mujeres ven cortados sus deseos, sentimientos expresiones; y seguramente ese llanto pasa a ser clandestino o practicarse en los hábitos privados.

Mientras los varones se van conformando sin poder expresar su dolor y disconformidad;  las mujeres lloran, sangran y gritan. Pero también esconden debajo de la cama sus abortos y orgasmos; revolviendo el caldo del patriarcado (siendo parte necesaria de este sistema patriarcal).

Me interroga esta posible hipótesis que se sustancia a partir de observar, analizar y discutir sobre los gestos femeninos y masculinos. Algo que si bien como me refería antes, no corresponde específica o necesariamente al orden biológico, sino a un género conformado por el canon patriarcal.

Entonces digo, si los hombres no lloran y las mujeres no abortan. Pero, sí, lo hacemos clandestinamente. Nunca poniendo en equivalencia ese sufrimiento de cada mujer que aborta con el varón que no puede llorar. Sino como una forma de interrogarnos sobre esos tabús que arrastramos como pesadas piedras que nos impiden poder convivir en términos más igualitarios con respecto a derechos.

¿Qué mecanismos podríamos destrabar para desinstalar estas hipócritas normativas que llevan tiempos remotos instaladas en los cuerpos?

Seguramente sea tiempo de desterrar el aborto como práctica ¨clandestina¨, oculta, miserable y culposa (como dije antes ). Como también toda expresión, que como el llanto queda oculto y recluido a lo privado. Por ser del orden de la vergüenza para la condición de género del varón, por ejemplo. Y poder trabajar en la raíz de los roles tanto ¨femeninos¨ como ¨masculinos¨.

[1] Carla Lonzi: ¨Escupamos sobre Hegel¨, Rivolta Feminale, Editorial ¨Tinta Limón ¨, 2017.

[2] Misoprostol: medicación indicada y utilizada para la interrupción de embarazos.

[3] Silvia Federici, ¨Calibán y la bruja¨, Editorial: Tinta Limón, 2015.

[4] Francisco de Goya; El aquelarre, 1797-1798 (Museo Lázaro Galdiano, Madrid)

Por María Laura Vázquez

*Artista visual, fotógrafa, docente. Técnica fotógrafa (Escuela Panamericana de Arte, 1992), técnica en dirección de fotografía y cámara (S.I.C.A.) Profesora adjunta de la carrera Diseño de Imagen y sonido de la F.A.D.U, UBA, cátedra Pucheta de la materia “Dirección de fotografía”. Es profesora en la Escuela Argentina de Fotografía en la materia ¨Posproducción¨.

Texto publicado en el libro Feminismos Insurgentes, Milena Caserola, 2019.