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Gabriela Krause

Editora at Géneros
Periodista | Editora de Géneros | Poeta | Feminista | En mis ratos libres sueño con armar una banda disidente | Autora de Alikal & Misoprostol: caja de herramientas para sobrevivir al machismo.
Gabriela Krause
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Las mujeres de Cambiemos despiertan reacciones variadas desde la oposición a su gobierno, que ya está culminando su último año de mandato. Durante cuatro años, hemos asistido a dos cuestiones que se desprenden de la figura femenina dentro del partido: por un lado, sabemos que el sólo hecho de tener mujeres en el gobierno no alcanza para llegar con el feminismo al poder. Por otro lado, sabemos que no es necesario insultarlas desde la misoginia, entendiendo que aparte de ser mujeres son seres humanos cómplices del aparato que nos ajusta y que nos oprime. Pero igual lo hacemos.

Los últimos días, nos hemos topado por todas las redes sociales con personas random -de todos los géneros-, incluso feministas o «progres» llamando a Elisa Carrió «gorda» o «loca» por su forma de manejarse en las redes sociales y de reírse del pueblo desde las ironías y las formas más vulgares. Una podría decir que hay un montón de motivos a la vista para despreciar a esta mujer, con argumentos y todo, pero sin importar esto, la gente elige llamarla gorda o llamarla loca, como si eso tuviera algo mínimo que ver con sus acciones, con su modo de operar, con su lenguaje y con sus incidencias en las medidas brutales que toma y ha tomado este gobierno a lo largo de estos cuatro años.

Patricia Bullrich es la responsable política de la desaparición seguida de muerte de Santiago Maldonado y así y todo, a cada paso -en falso- que da, la respuesta siempre es una sola, unificada: «vieja borracha«.

Lo mismo, con variados ejemplos para cada una de ellas, pasa, por ejemplo, con Gabriela Michetti, Juliana Awada, Laura Alonso, y una larga lista.

¿La mitad de las personas que nos ajustan son doblemente condenadas por ser mujeres?

No he leído comentarios en contra de los hombres por su salud psíquica o su aspecto físico, o sus hábitos salubres o insalubres ni nada por el estilo. Tal vez los ojos azules de nuestro presidente y la cara de guasón de nuestro Jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Dos ejemplos jocosos aislados, que ni siquiera juzgan esos aspectos, sino que sólo los nombran. Nada de gordefobia, nada de condena a la sexualidad, o a las discapacidades, o alusivo a la falta de salud mental, nada de nada. Nada de dobles juicios: Larreta es esto porque hizo esto. Marcos Peña es esto porque dijo esto. Se condenan desde el pueblo más progre las decisiones, los hechos, los datos duros. No se les condena la individualidad ni la privacidad, ni siquiera a los denunciados por abuso sexual públicamente. Son hombres. A nadie le importa que sean hombres. Nacieron hombres, no es una condición. Pero al parecer, ser mujer sí lo es: es una condición que nos imprime en el cuerpo la culpa, y nos condena a una eternidad de ser juzgadas doblemente cada vez.

No sólo pasa con las mujeres de Cambiemos, las periodistas de la televisión, aparte de ser las mejores tienen que estar siempre bien vestidas, con ropa nueva y decentemente peinadas, tienen que gustarle al público, como las actrices, que si son gordas sólo hacen papeles de gordas, y si son flacas le gustan a la gente, pueden hacer de todo. Cuántas tiras, series y películas enteras llenas de mujeres lindas haciendo cosas, siendo buenas y siendo malas, y un par de gordas nada más haciendo de gordas, nunca protagonistas de una gran y de final feliz y perdices historia de amor. Los gordos, en cambio, hacen todo: hacen de garcas y de buenos, de mafiosos y de víctimas, de hombres haciendo cosas de hombre.

Nos pasa a nosotras, también, cuando no cumplimos con todos los requisitos para ser lindas porque tenemos los dientes chuecos, o una panza que no es chata, o los rulos con frizz, o una cara rara, un defecto genético, distintas a la norma en el accionar, tenemos vicios, lo que fuera. Nos pasa a todas, cuando intentamos ocuparnos de lo que queremos ocuparnos y aparte de medirnos como profesionales, artistas o trabajadoras nos miran la apariencia, y aparte de todo quieren que seamos las mejores. No podemos darlos el lujo de ser mediocres ni desequilibradas. No podemos darnos el lujo de no estar en un top. El hombre sin ser sobresaliente puede llegar a cualquier lado. Nosotras, no. Debemos ser las mejores, y ejemplares. Si no lo somos, sufrimos la consecuencia de ser despreciadas no por nuestras imperfecciones profesionales sino por nuestra belleza o fealdad. Por nuestra locura. Por nuestra afición al escabio.

Vivimos en esa condena y, por supuesto, desde esa condena nos miramos al espejo y nos exigimos y nos lapidamos por no ver lo que la sociedad espera de nosotras que seamos. Nos lleva años de laburo interior y teoría feminista y amigas -sobre todo amigas- para entender que no importa lo que la sociedad espera de nosotras que seamos sino cuánto nos acercamos de hecho a lo que nosotras queramos ser. Aunque queramos ser un desastre, podemos darlos el lujo de serlo. No tenemos que ser perfectas. No tenemos que ser las mejores. Y todo esto suena re lindo, por supuesto, pero igual nuestro jefe nos mira las tetas y el editor que nos publica nos desliza como un chiste que igual nos podría coger. Podemos practicar el amor propio y recordarnos al espejo que no importa todo eso pero ahí vendrá a imponerse cada vez que nos mandemos una cagada y nos digan «gorda».

Si no queremos esto, no podemos estar señalando a Carrió por su peso, a Vidal por si coge o no, a Bullrich por ser borracha. Si no queremos esto, debemos señalarlas diciendo que nos gobiernan con hambre, que nos gobiernan sin empatía, que nos gobiernan ajustando, reprimiendo, cagándosenos de risa en la cara. Pero no por gordas: por empresarias de derecha, por millonarias con odio de clase, por ser el brazo necesario que hace funcionar el eje que nos mata de a miles a diario.

Es fácil decirse al espejo que no importa lo que el mundo piensa de nosotras mientras juzgamos a otra por no acomodarse a lo que el mundo espera de ella. Si somos consecuentes con la ideología que tanto enarbolamos, tenemos que saber que no es la misoginia el lugar desde donde pararse para desmerecer a otra mujer. Porque si no, perdemos. Y el espejo se volverá en nuestra contra en cuanto nos descuidemos la próxima vez.

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