#LadoNerd Totoro: el cumpleaños del vecino más famoso de Japón

Florencia Martinez

Florencia Martinez

Redactora at Corriendo La Voz
23. Periodista. Estudiante de Comunicación Social en la UNLaM. Amante de la comida. Compradora compulsiva de libros. Eterna cinéfila. Vincent Vega sigue vivo.
Florencia Martinez

El 16 de abril de 1988, llegaba a la pantalla grande una película animada que en un principio no causaría mucha conmoción pero que terminaría atrapando a los espectadores de todo el mundo. A 30 años de su estreno, rememoramos el film escrito y dirigido por Hayao Miyazaki que representa en la actualidad un ícono de la cultura contemporánea.

To-to-ro. ¿Te llamas Totoro? Totoro, seguro que sí”. Con esa ingenuidad y amabilidad propia de los niños, Mei conoce al gigantesco y carismático espíritu del bosque -cuyo nombre significa trol en japonés- que, lejos de espantarla, atrae una curiosidad que no tarda en evolucionar en amistad. La historia, cargada de fantasía pero también de mucha realidad, calentó los corazones de niños y adultos alrededor del globo y hoy en día se consolida como uno de los clásicos imperdibles infantiles -y no tan infantiles.

Tan representativa resultó la película que el estudio que la produjo, Ghibli -fundado en 1985-, no tardó en elegir a la criatura ficticia como su logo. La caricatura, que pareciera ser una mezcla entre un conejo, un gato y un oso, se constituyó con el transcurrir de los años en una figura distintiva de la mano de la dupla creativa que la llevó al cine: la de Miyazaki e Isao Takahata, quien falleció el pasado 5 de abril a los 82 años.

Reconocido emblema, la cinta ganó importantes premios en Japón -como el Kinema Junpo Award y el Mainichi Film Award-, y fue incluida en el segundo lugar en una lista realizada por la revista Empire que reconocía las 50 mejores películas infantiles de todos los tiempos.

Si las relaciones de parentesco, la calidez de lo cotidiano y el bosque mágico propuestos por Tonari no Totoro -traducida al español como Mi vecino Totoro– siguen vigentes tantos años después, debemos preguntarnos dónde se encuentra su infalibilidad. ¿Se debe el éxito de la película tan sólo a la encantadora criatura a la que referencia su título, o encontramos en ella una profundidad que va más allá de lo estéticamente cautivador?

La importancia de la familia

El valor que indudablemente adquiere un rol protagónico en el film de Miyazaki es el de la unión y el amor familiar. Lo vemos así a partir del momento en el que, en algún año de la década de los ’50, Tatsuo Kusakabe (Shigesato Itoi) se muda al campo con sus hijas Mei (Chika Sakamoto) y Satsuki (Norijo Hidaka) para poder estar cerca del hospital en donde está internada la madre de las niñas, Yasuko (Sumi Shimamoto). A pesar del dolor que implica la enfermedad, el cariño que comparten los hace salir adelante.

Una cuestión particularmente fascinante del clásico animado japonés es cómo propone a adultos que no limitan la felicidad de sus hijas en ningún sentido, sino que, por el contrario, les siguen la corriente cuando les revelan los aspectos mágicos de la trama. Sucede, por ejemplo, cuando las pequeñas están explorando su nuevo hogar y se encuentran con Makkuro Kurosuke seres fantásticos relacionados con el polvo-, y le cuentan a su padre la experiencia que acaban de vivir. El adulto, lejos de mostrarse desinteresado o cínico, les comenta que son espíritus muy reales.

Es cierto que en la cultura japonesa lo místico está más normalizado, pero aún así nos resulta una muestra de amor indudable por parte del hombre que no considere a la fábula infantil como simplemente eso. El juego, la imaginación y la fantasía se hacen presentes a lo largo y ancho del largometraje.

La abuela de la casa vecina les afirma a las niñas que pueden ver a las criaturas mágicas debido a su inocencia

Otro punto fundamental se encuentra en la relación de las hermanas, que se presenta como una sumamente estrecha. De hecho, la verdadera aventura no empieza cuando Mei, la menor, conoce a Totoro, sino cuando Satsuki también lo hace y se entabla entre los tres una bella amistad. Y lo que es más: la última mitad de la película se centra en la búsqueda de la más pequeña, quien se escapa para ir a ver a su madre al hospital, y es el trabajo en equipo de Satsuki, Totoro y el Gatobús lo que les permite hallarla en medio de la zona rural.

Con la familia reunida al final del film, Totoro reivindica continuamente su premisa: las relaciones y la magia de la infancia son cuestiones trascendentales.

El origen de nuestro vecino favorito

Hoy por hoy, los fanáticos saben muy bien que Miyazaki tomó algunos aspectos de su propia infancia para escribir la historia. El director también tuvo una madre enferma de tuberculosis, y tuvo que soportar que estuviera lejos durante nueve años en un hospital… un caso idéntico al de las niñas en Mi vecino Totoro. Sin embargo, lejos de presentarnos un mensaje trágico, el creador nos propone un relato cargado de esperanza.

En lo que respecta al optimismo es que esta película se diferencia con claridad de la producción de Takahata, La tumba de las luciérnagas. Este film, estrenado el mismo día que el de Miyazaki -de hecho se proyectaron en la misma función, una después de la otra, debido a la inseguridad de sus creadores sobre las posibles repercusiones en el público-, también se consagró como un clásico de la animación, aunque ya planteaba una temática de guerra mucho más conmovedora que Totoro. 

“La tumba de las luciérnagas” narra las vidas de dos huérfanos durante la Segunda Guerra Mundial

Como el día y la noche, ambas obras contraponen los estilos de un par de autores que, lejos de seguir caminos diferentes tras haberse conocido en 1959, se asociaron para fundar Studio Ghibli, considerado como uno de los más importantes espacios de elaboración de ficción animada en el mundo actual.

Un tortuoso camino

A pesar del éxito actual de Mi vecino Totoro, estaríamos errados al afirmar que la película tuvo un gran recibimiento inmediato. Por el contrario, no tuvo buenos números de taquilla y llevó al recién surgido Ghibli al borde de la quiebra. Fue gracias al merchandising y a la distribución internacional del largometraje que el mismo empezó a tener ganancias y se consagró como la obra popular que hoy conocemos.

Y es que, ¿no son los peluches de Totoro los muñecos más adorables del mercado? La visión de Takahata y Miyazaki los ayudaron a salir de su endeudamiento y salvaron el estudio. Y algo muy similar ocurrió cuando, en 1993, Fox Video estrenó la cinta en VHS en Estados Unidos, momento en el que el oso-gato-conejo fantástico alcanzó su masividad fuera de Japón. Los críticos norteamericanos recibieron muy bien la película -de hecho, The New York Times la definió como “una bella y artística obra maestra”. 

Volviendo a la pregunta inicial planteada en nuestro artículo, si Mi vecino Totoro se mantiene en el podio de films infantiles imperdibles a treinta años de su estreno, ésto no se debe únicamente a la adorable criatura que la protagoniza -aunque no negamos que es una figura destacada. Las estrategias de marketing que desarrolló el estudio que la produjo, los valores que representa y la innegable sonrisa que le deja dibujada al espectador luego de verla conforman un conjunto que hacen de ésta algo más que una película.

Totoro es familia, es unión, es arte y cultura. Es un clásico que jamás nos cansaremos de revisitar.

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