La Salada: entre la explotación textil y la generación de empleo.

Jorge Castillo, dueño de La Salada.
Fernando Paludi

Fernando Paludi

Redactor at Corriendo La Voz
Casi sociólogo, Menottista y musicalizador ocasional. Redactor en #CorriendoLaVoz
Fernando Paludi

En un operativo llevado a cabo por la Gendarmería y la Policía Bonaerense fue detenido Jorge Castillo, más conocido como “el Rey de La Salada” y se realizaron un total de 57 allanamientos en Lomas de Zamora.  Todo sucedió en una situación épica, como en una escena de la serie Pablo Escobar, donde el sujeto en cuestión resistió a escopetazos. El titular y principal accionista de la feria Punta Mogote, de La Salada; Jorge Castillo, fue detenido en el marco de una acusación por asociación ilícita. Este hecho marca una situación muy peculiar que tiene una serie de actores y escenarios que definen a una política económica argentina que no podemos dejar de analizar.

Jorge Castillo viene del radicalismo y fue el enviado de Guillermo Moreno, como el gran emprendedor a Angola. Por lo que la detención del “Rey de la salada” está directamente ligada a sus vinculaciones con el gobierno anterior; el pago de coimas, los arreglos con las fuerzas policiales y el poder judicial, que fue condición necesaria para su existencia. Este tipo de negocios tiene una magnitud monumental, involucrando situaciones internacionales y por sobre todas las cosas, envuelve una enorme explotación de mano de obra esclava. Articula modalidades de utilización de trabajo femenino doméstico con pequeños talleres que no se caracterizan por contratar trabajo registrado.

Para mantener esta clandestinidad es necesaria a la policía y al aparato político, hace falta este sector que está a mitad de camino entre legalidad e ilegalidad. Pero no podemos dejarlo como un simple hecho de corrupción con una serie de vinculaciones políticas porque no solo estaríamos minimizando el hecho como un policial sino que estaríamos yendo detrás de la noticia sin el análisis correspondiente de una situación particular que hace que este tipo de mercado sea naturalizado.  Este tipo de escenario creó una nueva realidad económica y un nuevo modo de producir.

Citamos al vínculo político y a la trata de personas. Lo paradójico es que Guillermo Moreno es aliado político en las próximas elecciones de Gustavo Vera, quien realizó las primeras denuncias contra La Salada a gran escala, y a su vez se anuncian como referentes del Papa en Argentina, “el representante de Dios en la tierra” que hace congresos mundiales contra la trata, problemática en la que está involucrado este gran mercado. Pero hay algo que no escandaliza a nadie: los miles de costureros que nutren a la enorme feria, y puestos de venta ambulante en general, a costa de una vida miserable y condiciones de explotación laboral extremas. Cosiendo quien sabe cuántas horas por día, malcomidos, sin pausas, viviendo hacinados en los propios talleres. Estos trabajadores producen la ropa que luego es vendida no solo en La Salada sino también en comercios en los que resulta imposible el acceso a muchas familias, que no se encuentran en condiciones de pagar por una prenda a precio normal de Shopping”.

Todos sabemos cómo funciona La Salada. Es un caso opuesto de otros mercados ilegales, se trata de actividades económicas ilícitas socialmente aceptadas por lo que la mediación del Estado es notoria. La Salada no escapa de una problemática que sufre la industria textil, según información suministrada por la Fundación La Alameda más de 100 marcas han sido denunciadas por utilizar mano de obra esclava y trabajo infantil en talleres clandestinos. Todas ellas marcas conocidas como Soho, Kosiuko, Montagne, Cheeky y Awada (de la esposa de Macri y su familia), entre otras. Aunque es difícil tener datos precisos, se estima que hay alrededor de 5.000 talleres clandestinos en la Ciudad de Buenos Aires y 15.000 en el Gran Buenos Aires.

Vista nocturna de La Salada.

La Industria Textil nace a fines de siglo XIX con la inmigración europea. Fue una de las pocas industrias que se desarrollan en la Argentina, ya que el país era netamente agroexportador con actividad industrial complementaria al sector. La crisis financiera de 1930 hizo que los países desarrollados se orienten hacia políticas netamente proteccionistas cerrando sus economías, por lo que Argentina realiza la primera industrialización por sustitución de importaciones, haciendo crecer aún más al mercado de la confección.

En 1943, se adopta una política abiertamente favorable al desarrollo industrial profundizando el modelo, lo que podemos definir como la segunda industrialización por sustitución de importaciones. Se produce en el país una verdadera revolución que genera que la producción industrial se convierta en  una actividad central y dinámica de la economía hasta 1976, cuando se produce el golpe militar, luego del cual comienza un drástico proceso de desindustrialización causando el quiebre del modelo de sustitución de importaciones. Son los años de cambio de paradigma económico, de declive del modelo keynesiano a nivel global.

En los 70’, el capitalismo traslada la producción que tiene mucho contenido de mano de obra a los países donde la clase obrera es más endeble y con salarios mucho más bajos. En un movimiento de “orientalización” de la economía mundial, traslada al capital a explotar fuerzas de trabajo con más intensidad y, por lo tanto, con más ganancias. Reubicando la industria textil en el sudeste asiático o en China. En una Argentina manejada por generales que golpeaban en cuanto detectaban una amenaza al poder de una burguesía rica que explotaba obreros y peones, la industria textil la paso verdaderamente muy mal.

En 1991, bajo el gobierno de Carlos Menem y con la conducción económica de Domingo Felipe Cavallo, se llevó a cabo el golpe mortal al sector industrial: el tristemente célebre 1 a 1, un peso es un dólar; la Convertibilidad. Al sector textil se le hizo imposible competir con las importaciones de Asia y Brasil.

A partir de esos 90’, la industria textil buscó un renacimiento intentando abaratar costos, desarrollando una tercerización para lograr condiciones similares a las asiáticas (bajos salarios, largas jornadas laborales, tercerización, trabajo a domicilio y el pago a destajo). Comienza a asociarse la industria textil con la trata, con la inmigración clandestina y talleres con condiciones laborales extremas lindantes con la esclavitud. Con estos modos, renace la industria de la confección como única manera de competir con la asiática. Así se reúne población sobrante de toda América Latina, principalmente Bolivia, Paraguay y Perú. Es decir los obreros baratos de Argentina se van a buscar a países vecinos, hay que traerlos en condiciones de marginalidad y clandestinidad para poder forzarlos a la explotación. No es ninguna casualidad que los comienzos de la feria La Salada datan de 1991, con un primer auge a fines de esta infame década.

Hoy, la industria textil tiene un alto índice de trabajo que proviene del sector informal. La tercerización en este sector llega a tal punto que la mayoría de las marcas concentran solo algunas tareas, como el diseño, la imagen, la comercialización y tercerizan la mayor parte de la producción (corte, costura, armado, estampado, bordado) en talleres clandestinos, que a su vez, en algunos casos, contratan a talleres más chicos o trabajadores a domicilio. Esta realidad también se trasladó a la clase obrera argentina, es decir La Salada es una muestra de la caída de la clase obrera argentina a niveles de condiciones asiáticas.

Hasta el secretario general de La Asociación Obrera Textil (AOT), Jorge Lobais, calculo que en el sector “hay alrededor de 100.000 trabajadores en negro“. Los dirigentes de la Cámara Industrial Argentina y de Indumentaria (CIAI) reconocen que alrededor del 78% son trabajadores no registrados, también el sindicato del vestido (SOIVA) estima una cifra de por lo menos el 80%. Esto es posible gracias a la presencia de una gran masa de trabajadores argentinos y migrantes que alternan su vida entre el desempleo y la superexplotación, un ejército de reserva disponible que tiene esa única alternativa para sobrevivir. Los pobres costureros sostienen un mercado que hace ricos a unos pocos.

La Salada es un símbolo de la transformación de la economía argentina, de su metamorfosis social, de la marginalidad creciente, de la creación de un submundo donde hay otras leyes, donde gobiernan otros, donde hay un estado paralelo que no es más que el espejo del mismo Estado. Son las formas que adopta para sostener a “las saladas”, a las barras bravas, a la trata, a la droga. Siguiendo la definición del sociólogo italiano Diego Gambetta, la mafia es una empresa dedicada a la venta de una mercancía muy valiosa: La protección privada. Por lo que el Estado, analizando la situación de La Salada, actuó como una mafia al vender y promover este tipo de mercados. De ningún modo se garantizaba en La Salada un tipo de protección legítima. Pero no debemos pensar que reina el caos y la anomia profunda, todo lo contrario, hay un conjuntos de normas que moldean un orden clandestino, lo que no implica que no haya habido asesinatos o ajustes de cuentas que quedan ahí dentro. La distribución del poder dentro de la feria es muy distinta a la que se articula por fuera, Jorge Castillo es poderoso en ese ámbito y afuera es un simple nuevo rico que jugó a ser mediático por un determinado tiempo. 

Jorge Castillo y familia.

Tampoco hay que dejar de considerar que si bien La Salada funciona por el negocio textil, el dinero grande se recauda en el ejercicio inmobiliario, alquilar los puestos, que son muchos, no se sabe cuántos porque en la feria nada nunca está del todo claro. Además de pagos “extras” que tienen que realizar todos los puesteros (seguridad, pago de marca, estacionamiento, expensas). Todas recaudaciones que no se saben hacia dónde van y ni quienes son los que participan. Todo este entramado hace que La Salada sea un negociado gigantesco.

Esta estructura nos muestra una economía que debe mantenerse así, perpetrando tasas de explotación abrumadoras para maximizar ganancias y obtener competitividad. Todo esto construye un mundo marginal y produce una política mafiosa. A su vez, La Salada ocupa mano de obra barata (sueldos no controlados ni horarios y mucho menos impuestos o seguridad social). Mayores ventas, más gente ocupada, menos caos social que puede provocar una población desocupada que potencialmente puede ser un peligro. Si este mundo marginal se corta, pasaríamos por una situación intrincada donde todo un sector pobre no podría acceder a la compra de vestimenta en lo que se llaman Saladitas. La “feria más grande de Sudamérica” es un lugar que cumple un rol social colosal, miles de personas trabajan gracias a este negocio, desde lo que producen hasta los que compran para vender en sus barrios y en el interior pasando por los cientos de miles de personas que se visten gracias a este lugar. Un claro ejemplo que no existe trabajo registrado para todos y todas.

La duda es si el “Rey de la Salada” está preso porque quieren limpiar todo este entramado o simplemente es un cambio de mando en este negocio gigante porque este tributa para otro. Lamentablemente, quien escribe marca la segunda opción como la correcta, pareciera que se rompió alguna cadena de complicidad. Esta realidad social de “capitalismo salvaje”, donde un sector ínfimo acumula riquezas formidables, mientras gran parte de la masa trabajadora se ve despojada de todo y expuesta a condiciones laborales deplorables y todo sostenido por actividades mafiosas desde el propio Estado. Esto no es una falla del sistema, sino que figura en el propio manual del modo de producción capitalista. Todo es mercancía, incluidas las personas. “Es el capitalismo, estúpido”.

 

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